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Hipócritas de fiesta
Por Dina Fernández - Guatemala, 26 de diciembre de 2005

En Estados Unidos intentan criminalizar al migrante y erigir murallas para evitar que pasen.

Desde hace un par de semanas, mientras millones de familias latinoamericanas suspiran con nostalgia por estas fiestas de fin de año que volverían a pasar lejos y separadas, una recua de gritones hipócritas en Estados Unidos intenta hacerle la vida aún más dura a los migrantes.

Ni siquiera porque estamos en Navidad y Año Nuevo y debería aflorarle lo cristiano a los conservadores gringos que tanto presumen de serlo, estos “amigos” del Norte pueden darle tregua a la gente que con la fuerza de sus brazos ha contribuido tanto a la pujanza de la economía norteamericana.

Con la excusa de la guerra contra el terrorismo, la Cámara de Representantes en Estados Unidos ha estado debatiendo cómo endurecer las leyes migratorias —al punto de que intentan penalizar cual delincuentes a los extranjeros sin visa, residencia o permiso de trabajo— cuando en el fondo esa pantomima de persecución, que afecta especialmente a los hispanos, no es más que la encarnación misma de la crueldad y el doble estándar.

En los barrios latinos de Los Ángeles, Nueva York o Chicago hay esquinas donde diariamente se paran decenas de “mojados”, a la espera de contratistas. No se esconden ni se ocultan: abiertamente llegan a esos puntos para que lleguen a contratarlos. ¿Estarían ahí si de verdad no los quisieran las autoridades, la sociedad?

Los hombres y las mujeres que dejan su patria y su hogar para irse a Estados Unidos, sólo piden una cosa —trabajo— y están dispuestos a romperse la espalda por quien se las ofrezca.

Hace apenas un siglo, Estados Unidos era “la tierra de la oportunidad”, el país donde cualquiera que estuviera dispuesto a respetar la ley y trabajar duro podía hacer fortuna. Con esa promesa, esa nación atrajo a irlandeses, italianos y polacos, entre otros, que llegaron como lo hacen hoy los latinoamericanos, huyendo de la miseria que imperaba en sus países de origen.

No me extrañaría que entre quienes hoy demandan que se erija una “gran muralla” o una nueva “cortina de hierro” a lo largo de la frontera sur de Estados Unidos, haya descendientes de migrantes que hoy no serían nadie ni tendrían ese poder que tanto se presta a abusar, si en el pasado las puertas del coloso del Norte no hubieran estado abiertas para tantos trabajadores tenaces y llenos de sueños.

A sus ancestros, que por lo general eran blancos y rubios, las autoridades gringas los recibían en Ellis Island, frente a la estatua de la Libertad, y luego de verles la lengua y escucharles los pulmones, por aquello de la tuberculosis, los dejaban entrar para que fueran a ganarse el pan.

Cómo cambian las cosas. Ahora, a los latinoamericanos de piel cobriza quieren hasta cazarlos en la frontera los “rangers” de Texas, como si fueran animales. Pretenden negarles todos los derechos que tuvieron los migrantes en el pasado —por lo menos que sus hijos nacidos en suelo norteamericano accedan inmediatamente a la ciudadanía— los cuales son precisamente los incentivos para atraer a una inmigración deseosa de hacerse un futuro y abrazar su país de adopción.

En Estados Unidos deberían agradecer la calidad de migrantes que les llegan de Guatemala, de El Salvador, del Caribe, de México, de Ecuador, de Colombia y cada vez más de Venezuela.

Son personas pacíficas y dedicadas, que a pesar de que muchos los tratan como seres humanos de segunda o tercera clase, están agradecidas con Estados Unidos, al punto de que algunos se inscriben en su ejército, van a pelear sus guerras y cuando los matan, les entregan póstumamente la “ciudadanía honoraria”.

Qué diferencia con el problema que tienen los europeos —por ejemplo en Francia— donde los migrantes sí van a escupirles la cara.

Fuente: www.prensalibre.com


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