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Caminamos... avanzamos...
Por Dania M. Rodríguez Martínez - Guatemala, 20 de febrero de 2007

Una buena parte de la sociedad guatemalteca , hombres e incluso mujeres, consideran que hablar de manera particular sobre el asesinato de mujeres está de más, no es necesario y querer dar nombre a una situación que según su “entender” pasa en toda sociedad es incluso ridículo, para ellos el “feminicidio”, no existe, porque incluso señalan que, en términos de cantidad, es mayor el número de hombres que son asesinados con relación a las mujeres, en todo caso dicen, habría que hablarse entonces también de que existe un masculinicidio .

Sin embargo, el término “feminicidio”, no surge simplemente de querer hacer femenino el término homicidio, su significado obviamente tiene otras implicaciones mucho más profundas.

El asesinato de mujeres va más allá de lo que dicen las estadísticas, el feminicidio implica todos los factores sociales alrededor de éstos asesinatos, todo lo que cada uno de ellos refleja más allá del hecho concreto de la muerte: violencia excesiva, saña, tortura, desprecio, violación sexual.

Actualmente, mucho se ha escrito sobre la situación de las mujeres en todos los ámbitos: de opresión, desigualdad, discriminación, racismo, violencia, etcétera, y efectivamente ahora, a diferencia de hace una década, es un tema de discusión, de análisis, de generación de propuestas y de institucionalidades, sin embargo, no se ha pasado de las buenas intenciones.

Que sea un tema presente y de consideración casi permanente en diversos planteamientos, es un avance en si mismo, pero es necesario que ese avance sea percibido en el diario vivir de las mujeres.

Y esto es quizás de los retos más complejos, cuando nuestra sociedad ha sido formada sobre la base de preceptos que favorecen que las condiciones de desigualdad, discriminación y violencia hacia las mujeres continúen reproduciéndose.

Que tanto hombres y mujeres, trasciendan las lógicas elementales, de lo que ocurre a diario en los ámbitos privado y público y que no se vea de manera critica, es uno de los retos.

Pero casi todo a nuestro alrededor está diseñado, de tal manera, para que hombres y mujeres invisibilicen actitudes machistas, discriminatorias, racistas: la música, los medios de información y comunicación masiva y todo lo que de ellos deviene, los dirigentes, las instituciones, la legislación, las relaciones expresadas en términos de lo político, laboral, de pareja, religioso... ¿cómo lograr no verse imbuido y arrastrado en esa vorágine?

Sin embargo, se sigue caminando, celebrando pequeños triunfos, dando dos pasos, retrocediendo uno y volviendo a dar dos más...

La necesaria base de la transformación - que la sociedad debiera tener sobre la visión respecto de las mujeres, que el feminicidio, que sí existe y es totalmente valido hablar de él, y que debe ser erradicado - son y serán las mismas mujeres y hombres, y si no ¿quién?

El Estado, efectivamente, como garante de los derechos fundamentales de la sociedad a la cual se debe, tiene la obligación de dotar de institucionalidad, legislación apropiada, políticas públicas, recursos, que propicien esos cambios. Pero todo ello es dirigido y diseñado por hombres y mujeres. Debe ser entonces un proceso de dos vías.

Experiencias de avances en el tema de género se pueden ver en países vecinos como México, en donde después de procesos intensos de análisis, discusión, cabildeo, negociación entre partidos políticos, organizaciones de la sociedad civil, dieron origen a la Ley General de Acceso de las Mujeres a una vida libre de violencia y que fuera recientemente aprobada en el Congreso y ahora en espera de culminar con los proceso posteriores para su concreción.

Ley que no lo resuelve todo, pero que desatará otros procesos importantes en otros ámbitos. Pero volvemos a lo mismo, son las mujeres y hombres los que finalmente dan vida o muerte a los procesos de transformación de toda sociedad.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1145 - 190207


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