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Filóchofo en el filo
Por Eddy Alfaro Barillas - Guatemala, 18 de noviembre de 2004

En la edición anterior de La Hora Política leí un texto firmado por hombres y mujeres que llevan varios años de escribir en las páginas editoriales de la prensa guatemalteca. Se solidarizaban con José Manuel Chacón (Filóchofo), a quien le cerraron el espacio de opinión que tenía en un matutino.

Algo de eso había leído en una edición anterior de este suplemento que se perfila como el espacio de debate que habrá de hacer la diferencia cuando reaparezcan los suplementos políticos de coyuntura electoral. Ojalá siga permitiendo el pluralismo, como debe de ser, y no se convierta en un órgano propagandístico encubierto al servicio de la oligarquía política que ostenta el poder.

Pero cuando aquella vez leí una desgarradora y melancólica carta del propio Filóchofo denunciando la forma en que fue separado del matutino al que sirvió durante un par de años, no hice otra cosa que reafirmar mi opinión acerca de las empresas periodísticas y de las gentes que las dirigen. Me pareció un colmo que este caricaturista tuviese que aceptar primero que le rebajaran su magro salario, luego ofrecer su trabajo gratuitamente implorando clemencia para que le dejaran su espacio de opinión y que a pesar de todo el director del medio le negara ese derecho. Ambas posturas me parecen humillantes. La del trabajador (más aún si se trata de un "intelectual"), por servil; la del empleador, por ruin.

Como empresas, a los medios de comunicación lo que les interesa es el lucro, la ganancia. Esto, hasta la persona más humilde y analfabeta lo sabe. En consecuencia, las empresas tienen el derecho de hacer todo lo que económicamente les beneficie. Es decir, pueden contratar y despedir a los trabajadores que les convenga. Esto, hasta la persona más culta lo sabe. Entonces, ¿cuál es el problema? ¿La libertad de expresión?

Yo creo que sólo en la literatura o en el arte uno puede expresarse libremente. En el periodismo eso no es posible, por lo que dije en el párrafo anterior y porque en los sistemas colonialistas, como en el caso de Guatemala, la "libertad" la concede la clase económica que detenta el poder. Es decir, la clase dominante. De ahí que los medios de comunicación defiendan a capa y espada la "libertad de expresión", que no es otra cosa que la libertad de empresa "concedida" por esa clase dominante de la que forman parte.

Cuando a cierta "gente de prensa" le tocan un pelo -por decirlo en un lenguaje vulgar y obsceno-, el caso se transforma en un asunto de Estado. Esto, empero, no es condenable. Pero cuando a un mortal e insignificante ciudadano le atropellan su dignidad e incluso sus sueños y esperanzas, el asunto pasa inadvertido. Esto, sin embargo, ni siquiera es motivo de conversación.

Según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, toda persona tiene derecho de expresarse libremente, lo que significa que no sólo ciertas gentes de prensa. Y lo digo no porque esté atacando a José Manuel Chacón. De ningún modo. Lo digo porque su caso, como el de muchos otros, entre los que me incluyo -pero sin victimizarme, que es un acto despreciable-, no ha sido tratado como asunto de Estado.

Hay una ambigüedad perversa en ese asunto de la "defensa de la libertad de expresión". Y eso no me extraña. Lo extraño en Guatemala sería que hubiese coherencia en el tema.

Ahora viene a mi mente un caso que me sigue indignando profundamente, y es el de la niña Gabriela Portillo Morataya. En ningún medio de comunicación se dijo que esta criatura era víctima de una tortura psicológica por parte de una "maestra" que delante de sus compañeritas de clase le trataba como "la hija de un sinvergüenza, de un ladrón que andaba huyendo". ¿Acaso indignó eso a los medios de comunicación? Por el contrario, casi al unísono divulgaron la noticia de que "a la maestra le estaban coartando la libertad de expresión". A eso redujeron la dignidad de una niña. No les importó que ella, la criatura, fuese la víctima. Por el contrario, hicieron víctima a la victimaria. ¿Acaso Gabriela Portillo Morataya merecía semejante atropello tan sólo por ser la hija de un ex presidente que, paradójicamente, fue absolutamente respetuoso de la libertad de expresión?

He mencionado este caso como una forma de reivindicar a Gabrielita, motivado también por la ternura que me inspira la niñez de todas las latitudes del mundo. Y su caso me ha servido además como ejemplo para ilustrar las injusticias que en nombre de la libertad de expresión se cometen contra miles, quizá millones de compatriotas, al negarles acceso a los medios de comunicación social y al tratarles, cuando es el caso, de una manera impune, cobarde e infame.

En un artículo que publicó La Hora semanas atrás, dije que nos hallábamos en la ruta hacia una dictadura mediática, que es igual o peor que las dictaduras militares-oligárquicas que destruyeron esta sociedad hasta convertirla en rebaño de seres indiferentes, cínicos, oportunistas y descaradamente perversos.

La libertad de expresión en esta sociedad no es más que una farsa, una obra teatral donde el público aplaude cada vez que los actores se burlan de él. Ese público, la sociedad en general, terminó aceptando el masoquismo como una suerte de filosofía salvadora frente a su propia debacle. Su conformismo ha llegado al extremo de aceptar incluso pagar el triple por una función de ese teatro donde el poder se burla de su condición insignificante y por ello desechable.

Esta situación, terrible y esperpéntica, ha sido, irónicamente, auspiciada también por "intelectuales" que sirven de comparsas a los intereses de la clase dominante. Ahí les vemos cerrar filas con el poder cuando les ha convenido y luego llorar como cobardes cuando ese poder les da la espalda. La victimización es el refugio de los mediocres.

Espacios como La Hora Política despiertan cierta esperanza para ir reconstruyendo, sobre los escombros de la sociedad, los espacios necesarios para tomar respiro y recobrar la dignidad que hemos perdido o que hemos entregado, gratuitamente, al dominio colonialista.

Pero esa reconstrucción debe hacerse de manera inteligente y reconociendo nuestras posiciones de desventaja frente al monopolio de la expresión.

Está bien que reivindiquemos a Filóchofo, pero no pidiendo ni mucho menos exigiendo que se le reinstale en un espacio donde le desprecian, donde no le valoran, donde le consideran como un ser insignificante y desechable en consecuencia. Se le puede reivindicar aportándole mensualmente una cantidad de dinero con la que pueda cubrir sus necesidades elementales de vivienda, alimentación, vestuario y calzado, o creando un medio de comunicación alternativa donde se exprese libre y cotidianamente.

Ahora que digo esto recuerdo que hace unos tres años, en la Bodeguita del Centro, me encontré con Filóchofo y luego de saludarlo le extendí un ejemplar de mi revista VozUrbana, que recién habíamos comenzado a publicar con Carlos Rafael Soto (que en paz descanse), Huberto Estrada-Soberanis, Franz Galich, Sergio Barrios, Fredy Valiente, Ana María Ardón, Edmundo Aridjis y otros intelectuales guatemaltecos, mexicanos y nicaragüenses que se fueron sumando en el camino y que aportaron incluso infraestructura, como el jurista Mario Estrada Ortiz, en cuyas oficinas operamos.

En ese momento le expliqué a Filóchofo que se trataba de un espacio alternativo, que no teníamos dinero, que no nos estaba apoyando ni la cooperación internacional ni el gobierno ni mucho menos la iniciativa privada, que se trataba de un esfuerzo por mantener un espacio independiente que diera cabida a temas que la gran prensa jamás incluirá en sus agendas y que al mismo tiempo sirviera para dar a conocer obras de artistas marginados en los espacios culturales tradicionales.

En concreto, le pedí que colaborara y que se sumara al proyecto. Me respondió que con mucho gusto y me dio un número telefónico que jamás contestó. Opté por usar un correo y por medio de un recordado amigo, ya viejecito él, le mandé decir de nuevo que colaborara. No le interesó en definitiva y creo que su decisión fue la correcta: para qué iba a colaborar con un proyecto que podía fracasar en la tercera o cuarta edición. Pero no fue así. VozUrbana lleva 27 ediciones, a pesar de la dolorosa pérdida de uno de sus fundadores e impulsores, Carlos Rafael Soto, y de las limitaciones económicas de rigor.

A pesar de aquella negativa, mi admiración, respeto y cariño hacia Filóchofo no cambió ni cambiará. Por el contrario, estuvo bueno que no participara en la revista, porque con el tiempo fue adaptando su discurso a los cánones de la corrección política y yo abomino de las falsas poses porque no me inspiran confianza. No quiero decir que él sea falso ni que me inspire desconfianza. Lo que quiero decir es que me gustaba más cuando se sentía libre para crear. Pero eso es otra cosa. Lo cierto es que su expulsión del medio en el que trabajaba me motiva a patentizarle mi solidaridad y decirle que no se aflija ni se humille ante quienes lo único que poseen en la vida es una gran ambición por el dinero y el poder.

Sólo eso y nada más.

Fuente: www.lahora.com.gt


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