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Hubo genocidio
Por Enrique Álvarez - Guatemala, 14 de mayo de 2013

Es indudable que mucho trecho hace falta transitar en Guatemala para tener una democracia real, funcional y participativa (como se enunció en el proceso de paz finalizado en Diciembre de 1996). El principal reto que tenemos que enfrentar es luchar para construir una verdadera democracia. Sin embargo no podemos ignorar las taras que todavía tenemos que arrastrar, y que fueron construidas desde la invasión que organizara y financiara el Gobierno de Dwight Eisenhower y Richard Nixon en 1954, que terminó con la Primavera Democrática de 1944-1954, y cuyo principal daño es una aberrante ideologización anticomunista, a través de la cual se ha estigmatizado todo lo que pueda oler a luchas económicas, sociales o políticas, incluso culturales.

Las derechas guatemaltecas, que parecieran disputarse entre sí el privilegio de ser las más conservadoras, dicen abrazar la democracia, pero para ellas sólo es democrático el resultado si les beneficia, todo lo demás no importa. Nada tiene que ver si esas derechas tienen o no educación superior (la mayoría la tiene), las posiciones excesivamente ideologizadas que mantienen, que expresan abierta y reiteradamente en múltiples medios de prensa de que disponen, están más allá de toda racionalidad. La única lógica que permiten identificar con sus actitudes es la defensa de un status quo que están decididos a mantener sin cambios, pase lo que pase.

En ese marco, la justicia es justa si falla en el marco de lo que ellas definen como justicia, la historia es verdadera si la escriben ellos y está de acuerdo a lo que prefieren creer, no importa la compleja y cruda realidad de este país que revienta en la cara de todo aquel que quiera verla, marcada por la desigualdad, el racismo, la exclusión, la prepotencia y el machismo, todos exacerbados.
Los miles de cadáveres asesinados, descubiertos en gran cantidad de cementerios clandestinos diseminados en todo el país, varios de ellos en lugares en que funcionaron bases o destacamentos militares, que incluyen a personas ancianas e incluso a bebés recién nacidos y otros aún no nacidos, los cientos de testigos, los desgarradores testimonios de las mujeres torturadas, violadas y ultrajadas, no tienen ningún valor frente a la firme decisión de defender lo indefendible.

Para estas derechas, las personas cobardemente masacradas (incluyendo a los bebes), sus aldeas y cosechas quemadas y los cientos de miles que tuvieron que huir a las montañas eran guerrilleros o base social de la guerrilla. La racionalidad de los argumentos no parece preocuparles, cuando se les pregunta cómo podía ser base social de la guerrilla un niño que estaba en el vientre de su madre o el que apenas tenía unos meses de haber nacido, simplemente ignoran la pregunta y buscan confundir con las respuestas.

El cierre de filas de diversas expresiones de la derecha que se ha producido con el juicio a los generales Ríos Montt y Rodríguez Sánchez, ex Jefe de Estado de facto y Director de la Inteligencia Militar entre 1982 y 1983 - por la inclemente persecución a la población de la etnia ixil, pueblo maya que habita en el Departamento de Quiché, y que produjo más de mil setecientas personas muertas en unos dieciocho meses - solamente evidencia una realidad que ha estado vigente por más de cincuenta años: el nivel de conservadurismo ideológico de grandes sectores de población que, contradictoriamente, reniegan de la vigencia de las ideologías.

En ese marco, el juicio no provoca esas reacciones y actitudes racistas que siempre han existido, lo mismo que ese rechazo a la justicia si no les satisface, esas amenazas veladas y abiertas que vemos todos los días, en contra de las víctimas, de las organizaciones de derechos humanos que les apoyan, en contra de la izquierda revolucionaria y de la enormemente digna Juez Yasmín Barrios, que preside el Tribunal Primero A de Mayor Riesgo, acompañada por la Juez Patricia Bustamante y el Juez Pablo Xitumul. Todas esas reacciones son producto del poder ejercido durante décadas en beneficio de unos pocos, desmedro de muchas personas.

En cualquier país que pretenda ser democrático el fallo de un Tribunal es acatado y respetado, sin que eso signifique que no se puedan utilizar todos los recursos legales que la ley les permita. Pero esa pretensión de deslegitimar un juicio que para todo el mundo que quiere ver está sólidamente sustentado e incluso llegar a exigir públicamente y por todos los medios posibles a la máxima instancia de justicia que violente lo que dictara el pasado 10 de Mayo (Día de la Madre en Guatemala) el Tribunal referido, es la máxima expresión de la intolerancia y la prepotencia.

Si se lee bien y detenidamente, los grupos de derecha que rechazan la condena por genocidio por la que fuera justamente condenado el ex dictador Ríos Montt, no están pidiendo justicia, están exigiendo mantener la impunidad que vergonzosamente ha existido durante décadas en Guatemala.

De ese tamaño son los obstáculos que estamos obligados a superar para construir una democracia auténtica en Guatemala. No tenemos más alternativa que enfrentar este reto estratégico; para ello necesitamos más y más ciudadanía activa, consciente de sus responsabilidades con la democracia y dispuestas a superar estos atavismos decimonónicos.

Fuente: www.i-dem.org


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