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Éxitos, logros
Por Evelyn Blanck - Guatemala, 8 de abril de 2005

Es un gozo, un privilegio, tener la oportunidad de reelaborar o recrear la historia; sobre todo en países como el nuestro, donde incluso la historia oficial está escondida en muchos archivos, cuando se tiene la suerte de que haya sido consignada por alguien.

Para un o una historiadora, los vacíos históricos representan una catástrofe mayúscula. Surge la necesidad de interpretar o especular sobre los posibles hechos, aunque siempre queda ese sentimiento de insatisfacción ante la ausencia de documentos o evidencias que permitan establecer a ciencia cierta lo sucedido.

Esto me ha llevado a reflexionar muchas veces respecto de nuestra responsabilidad como periodistas, de registrar de la manera más completa y detallada los hechos según los conozcamos. Las crónicas minuciosas constituyen un verdadero plato para quienes reelaboran la historia.

Para las y los escritores, en cambio, los vacíos históricos representan una oportunidad y hasta una fuente de inspiración. Cuentan con los hechos ya establecidos, que generalmente para mentes tan prolíficas constituyen una abierta exposición al embrujo, pero además, ven la oportunidad de reinventar lo que falta.

En ocasiones sucede que la historia queda oficialmente bien consignada. En esos casos, quienes redactan relatos históricos trabajan en el territorio donde pocos historiadores entran: el de los pensamientos más íntimos de las y los protagonistas, a quienes, por lo general, humanizan, en esa tarea de recrear o reinventar.

Por estas razones, esperaba mucho la publicación de la nueva obra literaria de don Francisco Pérez de Antón, "Los hijos del incienso y de la pólvora", una novela histórica ambientada en la Antigua Guatemala de 1,700. Hacía bastantes meses don Paco me había contado que trabaja en ella y me había compartido el placer que le significaba escudriñar en la historia. Siente uno sana envidia.

Comencé a leerla, esperando poder recrear esas imágenes que brindaba el escritor en la Antigua de hoy, muy querida. Pero su trabajo de investigación ha sido tan exitoso, que si bien uno concluye que muchas cosas no han cambiado, porque al final de cuentas la historia es también un proceso con improntas, es cierto que la obra nos sumerge en un mundo marcadamente distinto por las circunstancias de la época.

Al final, reflexiona uno, eso no resulta raro, porque los guatemaltecos desconocemos nuestra historia, y de ahí parte quizá uno de los grandes aportes de la obra, en el ámbito local: mostrarnos esa otra Guatemala que nos marca, pero que es desconocida; hacernos caminar por sus calles; mostrarnos, con rostros y atuendos, a sus personajes; poder pasar a la par de sus edificaciones.

Junto a esta virtud, "Los hijos del incienso y la pólvora" cuenta con la de una trama seductora, que aúna los reclamos del pasado con los del presente: La protagonista principal es una mujer que se rebela de la manera más definitiva ante las cadenas impuestas socialmente a las mujeres. También cuenta, está de más decir, con unos personajes bien logrados y una excelente narrativa.

Mi recorrido por las páginas del libro duró dos días, pero la impresión prevalece. Esta es una recomendación no sólo para que la lea, sino para que la disfrute.

Reconocimiento: A la Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú, a sus acompañantes y a sus asistentes legales, por el logro que significa haber sentado un precedente jurídico en un caso de discriminación por etnia, en Guatemala.

Fuente: www.sigloxxi.com


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