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Llovió sobre mojado
Por Evelyn Blanck - Guatemala, 14 de octubre de 2005
eblanck@sigloxxi.com

Un reconocimiento a todas las personas que han mostrado y seguirán mostrando su solidaridad.

J. de Dios vive en Rabinal. Cuando oyó lo del deslave que sepultó el caserío Panabaj tomó una dotación de agua purificada y se fue para Sololá a ver cómo estaban sus parientes. Lo que vio y vivió lo dejó profundamente molesto: la ayuda simplemente no fluía más allá de los centros urbanos, la gente en las comunidades aisladas no tenía otra opción que tomar agua de los ríos, contaminados como están.

Fue testigo de la desigualdad de las actuaciones de funcionarios municipales. Reconoció como muy meritorias las actuaciones del alcalde de Santiago Atitlán. Sin embargo, lo indignaron las actitudes de jefes ediles de otros poblados alrededor del lago, sitios muy turísticos, quienes parecían no entender el sufrimiento y las urgencias de los damnificados.

Lo asaltó una sensación de frustración al saber que algo de tanta importancia, como el traslado de la ayuda humanitaria, podía tornarse tan poco controlado, tan poco sistematizado, tan arbitrario, tan dependiente de las voluntades personales de cada autoridad edil.

Cuando llegó a una de las regiones aisladas y afectadas se entristeció porque el agua que llevaba se esfumó como una gota de agua en el desierto. A eso se sumó el pesar de haber sido asaltado cuando caminaba por una de las veredas en territorio sololateco. Experimentó en carne propia el pillaje que se ha desatado en todo el país junto con el duelo por los difuntos.

Esa vivencia le permitió identificarse con aquellos que abandonaron sus casas inundadas, regresaron a verlas y, aún parcialmente anegadas, las encontraron vacías.

Vio muchas cosas, vio llover sobre mojado, pero, aun cuando indignado, su ánimo no decayó. Ahora, de vuelta en Rabinal, organiza un grupo de voluntarios de por lo menos unas diez personas, con la idea de volver a Sololá y apoyar a quienes lo necesitan.

Ha habido estos días muchas historias de valor, de fraternidad, de solidaridad, pero no puedo dejar de pensar en esa actitud de asistencialismo que también nos ahoga. "Hermanos, unámonos, superemos la tragedia", dicen los mensajes por la televisión, por la radio, casi negando esa realidad de que en Guatemala la tragedia no es coyuntural, sino permanente. No es posible que la solidaridad sólo salga del clóset una corta temporada al año.

Más allá de condolernos por los miles de damnificados, tenemos que dejar, como país, de producir áreas vulnerables: alto a deforestación, supervisión efectiva sobre el manejo de suelos y cuencas hidrográficas; es necesario tomar la decisión de respetar el derecho de todas las personas de habitar sitios más seguros.

Los fenómenos climáticos cíclicos continuarán produciéndose. No obstante, como sociedad, a las mujeres y a los hombres nos compete utilizar el raciocinio con que hemos sido dotados, para que tengamos oportunidades iguales de supervivencia en este planeta fascinante.

Un reconocimiento a todas las personas que han mostrado y seguirán mostrando su solidaridad; un llamado para que esta actitud temporal se convierta en una práctica política permanente, que rija las actuaciones sociales.

Fuente: www.sigloxxi.com


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