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Los subversivos cristianos
Por Eduardo Blandón - Guatemala, 9 y 14 de febrero de 2005

La Iglesia por vocación está llamada a ser "signo de contradicción". Está acostumbrada a serlo y nada parece que la hará cambiar. El ejemplo de Cristo, el hombre que por naturaleza fue anti sistema, crítico y firme, la impulsa a no tener miedo, a levantar la frente y mirar a los ojos. No puede ser diferente y debe abrazar la condena.

Esta "condena" es llevada con alegría aún sabiendo los riesgos que se corren. La muerte no espanta al cristiano; está acostumbrado a vivir en las catacumbas, escondido y marginado, glorificando a Dios, dando testimonio de su nombre y pagando con su vida la fidelidad a su palabra. Nada hay más dichoso para él que "ser perseguido por la justicia" para poder así ser llamado hijo de Dios.

Las persecuciones están en los términos de referencia del cristiano, en su plan de vida. El seguidor de Cristo es un bicho raro que ama el dolor, se entrega a él con alegría por su sentido redentor. No son masoquistas, no sufren por sufrir, porque sientan placer en esto, sino que a la luz de Cristo éste cobra un sentido extraordinario. Se enchufan con el hombre apaleado por antonomasia y participan de los dolores que sufrió el Justo. Es una filosofía "sui generis", inexplicable para el hombre de todos los tiempos.

"He venido a prenderle fuego al mundo" dijo Cristo y necesito que ustedes me ayuden sugirió a sus seguidores. Los cristianos son también por vocación incendiarios, piromaniáticos, son una peste para cualquier imperio y pensándolo bien hay razones "justas" para perseguirlos. Son molestos, estorban y quizá hasta demasiado críticos. No se puede vivir con ellos sino haciéndolos que olviden su pretendida vocación.

Ese es el secreto: drogarlos y distraerlos para que no piensen más en morir crucificados. Enseñarles que "hay otro mundo", más mundos y mejores. No discutir con ellos y proponerles temas más interesantes y menos trágicos. Esconder los crucifijos y ver el lado amable del buen judío muerto a edad juvenil. Recordar sus fiestas, las bodas de Canaán, su entrada triunfal a Jerusalén, su alegría de estar entre los niños, el amor con que sus ojos miraban a los jóvenes, sus delicadezas con sus amigos, es necesario hacer más digerible a Jesús.

A veces funciona el truco. Basta invitar a algunos cristianos a sentarse con los ricos y se olvidan de su vocación. "Qué lindo es estar aquí, hagamos tres tiendas", piensan. Se sienten felices y dichosos, alejados de la condena de ser signos de contradicción. Sólo es una pequeña licencia, se dispensan, luego continuaré luchando por el Reino. ¿Luchar? ¿Por qué debo luchar? Empiezan a dudar. ¿No es el Evangelio del Amor el que predicó mi maestro? Se cuestionan. Y algunos terminan durmiendo arrullados en el regazo de los poderosos. Con canciones de cuna, aire acondicionado y su pepe en la boquita.

Ésta ha sido una tentación perenne para los cristianos. Y Cristo mismo tuvo que superar esa prueba. "Te daré todas las riquezas del mundo si te postras y me adoras", le dijeron un día y quizá hasta la pensó mil veces. Habrá visto desfilar en su mente la dicha que proporciona el dinero, viajes, servicios, placeres, comodidades y la satisfacción que proporciona ser considerado como un hombre exitoso. Pero renunció a esas cosas. No sabemos si con cierta pena secreta en su corazón porque al final era hombre y algún atractivo quizá haya experimentado hacia los bienes terrenos.

O sea, el cristiano ha recibido un ejemplo en Cristo y está llamado a cumplirlo. No hacerlo revelaría traición a su palabra y denotaría no querer imitar a ese hombre que llamó a "ser como Él": "Sean perfectos como mi Padre es perfecto". ¿Qué hay de raro, entonces ver el empeño de los cristianos en Guatemala por cumplir su palabra? ¿De qué se extraña el bisoño o el ingenuo cuando ve a uno de esos dementes cristianos imitadores de Cristo? ¿Qué esperaban de él? ¿Bendiciones, bautizos y piñatas?

Los obispos que se oponen a la minería no hacen sino cumplir la voluntad (algunos quizá a regañadientes y pensando en cómo justificar un Evangelio más pacífico y "tolerante") de quien los llamó. Somos siervos inútiles, pensarán, el más pequeños de todos en el Reino porque cumplimos lo que debemos cumplir, nada extraordinario. Hacemos lo que por más de dos mil años han hecho los imitadores de Cristo. Nada fuera de lo común

El novicio en las cosas del Evangelio se maravilla porque le parece el lenguaje de los obispos demasiado violento, muy lejos del lenguaje de amor del Redentor. Quisieran ver a un Cristo taumaturgo, curador de enfermos, predicador infatigable, milagrero y penitente. Huyen del Cristo comprometido con los pobres, del hombre intolerable con los mentirosos, los comerciantes del templo y los hipócritas. Quisieran un Evangelio más "light", "ad hoc" a la tecnología y al posmodernismo.

Los obispos y los cristianos se muestran firmes ante las injusticias porque si callan quizá hasta las piedras hablarían. No pueden callar, estar condenados. No pueden esconderse en la boca de ninguna ballena porque serían traídos de regreso. Tienen que ver el crucifijo, tomar aliento y seguir adelante. Sin olvidar, por supuesto, otros empeños, como celebrar los sacramentos y ser siempre afectuosos con todos. Mansos, pero no mensos. Mansos como palomas y astutos como serpientes.

Centro América ha sido semillero de mártires, hombres y mujeres apegados al Evangelio que no tuvieron pena ante la muerte. En Guatemala es fácil recordar a los catequistas que regaron la tierra con su sangre, a los curas y hasta a un obispo. Monseñor Gerardi es el icono y modelo de los cristianos de los últimos tiempos. En El Salvador está Monseñor Romero y también mucha gente de buena voluntad que trabajó por hacer realidad las palabras del maestro. Y lo mismo en otros lugares del área.

¿Incómodos, no? Así son. En Nicaragua Monseñor Obando y Bravo siempre ha sido un hombre difícil. Somoza le llamó "Comandante Miguel", en burla y afrenta por su supuesto apoyo a los guerrilleros del Frente Sandinista. Los Sandinistas lo llamaron "contrarrevolucionario" y "pro imperialista". Y Bolaños le llama, cosas del destino, "Pro Sandinista", de nuevo. ¿Afán de protagonismo? ¿Ya se acostumbró al "box"? Signo de contradicción le llaman algunos.

En Nicaragua hubo cristianos radicales, curas que no tuvieron pena y agarraron las armas para participar en lo que un día alguien llamó "guerra justa". Franciscanos, Hermanos de la Salle, Jesuitas y muchas órdenes religiosas femeninas fueron firmes y no se amilanaron ante el mal ni la injusticia de la dictadura. El pueblo los sintió cercanos y los amó.

Era bello en esos años de revolución ver la transformación de la iconografía cristiana. Cristo ya no era el hombre judío crucificado, sino el campesino con sombrero colgado en medio de una montaña. El cura ya no era dibujado con la clásica sotana, alejado del pueblo, con su alzacuello elegante e impecable ni con una pinta de europeo de ojos azules, sino como el hombre "común y corriente", cercano al pueblo, capaz de un lenguaje sencillo, pero profundo. El hombre que invitaba a la salvación, pero no a la que está más allá de la vida, en el cielo, sino la que empieza "aquí y ahora".

Es posible que algunos hayan errado en el camino. Se volvieron militantes sandinistas y dejaron el hábito por abrazar una bandera. Pero la mayor parte se dice lo hizo con buena voluntad, ilusionados por trabajar por la transformación del mundo. Algunos quizá decepcionados también por una Iglesia que parecía no querer luchar, sino acomodarse, la vieja tentación, para tomarse un recreo, respirar o simplemente renunciar a los ideales.

¿Fueron así todos los obispos? No, claro que no. En la viña del Señor hay de todo. Hubo algunos que se acomodaron y siguen hasta hoy muy tranquilos. Algunos incluso, como Abelardo Mata, han sido tan allegados a Arnoldo Alemán por ejemplo que parecieran dar la vida por ese hombre "justo e inocente". ¿Cuál fue el secreto de Alemán? Darle pisto a la Iglesia, chinchinearlos y adormecerlos. Les hizo una universidad y santo remedio. El mismo Obando y Bravo parece tener un secreto afecto hacia el "gordomán", como le llaman en ese país.

Monseñor Ramazzini es todo un icono en Guatemala. Quizá sea el hombre más comprometido con su pueblo, el pastor ideal de estas partes del mundo. Inteligente, pero no arrogante; afectuoso y lleno de caridad con todos, pero firme y valiente; predicador infatigable, pero no escondido bajo del altar. Ha estado a la altura de los tiempos y de las exigencias que se le piden. Un hombre extraordinario, peligroso, explosivo y a quien hay que controlar. Es un tipo que si se descuida puede ser el origen de grandes cosas: manifestaciones, enfrentamientos y hasta revoluciones.

Es un tipo que si no lo callan dará mucho de qué hablar. De hecho ya le tienen miedo los finqueros y poderosos de ese sector. Están apenados porque el cura les salió subversivo, comunista y fanático de la teología de la liberación. Todo un marxista anacrónico. Qué escándalo, dicen, los ricos, en lugar de predicar el amor, predica la violencia. Pero lo pagará caro, confiesan secretamente, nadie de esa catadura ha podido subsistir en este país.

De modo que Monseñor Ramazzini debe poner su barba en remojo. Ya se le puso precio a su cabeza y total, después de animarse con un Obispo, Monseñor Gerardi, otro no es nada fuera de este mundo. No son ni difíciles de matar. Habitualmente viven solos y son confiados en exceso. Fácil para una muerte natural, como la que iba a sufrir el actual presidente de Ucrania.

De cualquier manera, la muerte es un honor para el cristiano y no una angustia. Es la meta segura de quienes deciden tomar la cruz y seguir a Cristo. Al final, con toda honestidad, ¿Qué podrá apartar del amor de Dios a estos hombres? ¿Las adversidades, las amenazas, la muerte? Parece que nada. Son duros de doblegar.

Fuente: www.lahora.com.gt


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