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Otra vez papá
Por Eduardo Blandón - Guatemala, 16 de febrero de 2005

Si los dioses se ponen a mi favor y no interfieren con mis proyectos personales próximamente seré, otra vez, papá. Me apresuro porque con la firma del Tratado de Libre Mercado (TLC) las cosas se pondrán mejores y quiero que nazca durante este gobierno para que él también gane algo porque con "Berger ganamos todos".

Inicialmente pensé ponerle por nombre Efraín, por puro capricho, pero posteriormente dada la oposición rotunda de mi esposa, me he decidido por el de Óscar Alfonso (por Óscar Berger y Alfonso Portillo). Hay que pensar en nombres de gente exitosa y que faciliten a la memoria su recuerdo.

Los niños nunca estuvieron en mis términos de referencia, pero después de haber traído al mundo el primero, no quiero parar. Uno, dos, tres niños son pocos para mí, en realidad quisiera unos nueve. Incluso he pensado hacerme del Opus Dei para tener una justificación digna de todo crédito, noble, consistente y de acuerdo con el viejo dogma. Pero mi esposa dubita, no se hace a la idea de pasar pariendo seguido, nueve o diez años. Es mucho desgaste, me dice. El dinero no es su excusa, sino la pérdida de su belleza por tanto "desgaste".

Creo que tendré que conformarme con dos y llevar a mi esposa pronto a APROFAM. Tan deseosos están de operar a la humanidad que recibirán con alegría a mi mujer. Ellos disfrutan operando a la población. Los niños son una especie de maldición bajada del cielo. Claro que con justificaciones melifluas: tengan sólo los hijos que puedan mantener. No sea irresponsable, predican como curas.

Mi hijo nacerá en mayo y las preparaciones han empezado desde hace meses. Los suegros están ahorrando, mis padres se pondrán de viaje y mi hijo sin saber que muy pronto será desterrado del trono se ha dejado contagiar de la alegría. Mi casa es una bulla perenne y no se habla sino de parir. Qué bello otro hijo, dicen las visitas. "Si pudiera tener más, los tendría", expresan la mayoría (aunque no sé con cuánta sinceridad).

Francisco Javier, el primogénito, está contento. No sabe que el nacimiento de Óscar Alfonso le traerá infortunios. Nunca más será el único centro de atención de esta casa y sentirá muy pronto, como lo sentí yo por su nacimiento, el desplazamiento. Los dos seremos un par de desterrados, desplazados internos dentro de la propia familia. Aquellos pechos nunca más serán de él, como nunca más fueron los míos por su culpa. Seremos un par de destetados en busca de un suplemento. Dura tarea nos toca a los hombres.

Con todo, estamos contentos. Vemos crecer (mi hijo y yo) la enorme panza de Nancy y esperamos que Dios lo traiga sanito y salvo. Desde pequeño lo educaremos con las técnicas espartanas para que aprenda a soportar la vida. Ya el mismo nombre, "Óscar Alfonso", es parte del entrenamiento de sobrevivencia en este valle de lágrimas. Hay que apresurarse a educarlos con rigor ahora que todavía se puede porque "días vendrán" en que los diputados aprueben leyes que incluso castiguen a los padres por poner nombres, según ellos, inapropiados.

Fuente: www.lahora.com.gt


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