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Las cruzadas evangélicas
Por Eduardo Blandón - Guatemala, 29 de junio de 2005

La cruzada de Billy Graham en la ciudad de Nueva York revela, según me parece, la necesidad de espiritualidad del hombre contemporáneo. Es evidente, y así lo atestigua también “The New York Times”, que el hombre “posmoderno” y consumista tiene una gran necesidad de Dios y lo expresa asistiendo a cualquier cantidad de iglesias.

La información del diario newyorkino es contundente: los creyentes en Nueva York aumentan en número cada vez más sorprendente y las iglesias y “mega iglesias” se siguen construyendo y no se dan abasto. Y hay para todos los gustos en ese “mélange” poblacional. Incluso un censo realizado para conocer las diferentes denominaciones que existen en esa ciudad tuvo dificultades debido a la variopinta versión de los seguidores de Cristo.

Algo le está pasando a la gente que ha sabido combinar el bienestar, el escepticismo y la tolerancia con la fe en Dios. Los creyentes se dejan seducir por cualquiera que se les pare enfrente y les hable de Dios, no importa si éste tiene cara de loco, les pida el diezmo o sea un anciano de ochenta y seis años y enfermo de Parkinson, como Billy Graham.

Lo que parece privar en el corazón del hombre es una necesidad absoluta de Dios, una sequedad y aridez de vida en la que no queda otra que volver a las iglesias y cantar aleluyas. Lo que urge no es tanto salvar el alma después de la muerte como salvarse aquí y ahora en este “valle de lágrimas”. Lo del cielo es una ganancia extra porque lo más importante es encontrar motivos para vivir, un horizonte y una brújula que le diga al hombre de hoy qué hacer y cómo entender la vida.

Para eso están los predicadores, los Graham y los “Cash Luna” para enseñarles a sus ovejas despistadas “el camino”, a partir, según ellos, del texto sagrado. Así, los evangelistas se han transformado en referente importante en la sociedad. Son consultados por políticos, artistas, empresarios y gente también de la alta alcurnia para discernir sobre lo más conveniente en la vida. Es evidente, sin embargo, que estos pastores compiten también con los adivinadores: los astrólogos y los expertos en el tarot, por ejemplo, y con religiones astrales y raras como la cienciología.

La religión católica parece decirle poco o nada al hombre del presente siglo que busca, aparentemente, una relación más estrecha y cercana con Dios. El catolicismo se ha quedado a la zaga porque parece que los pastores han aprendido hablar más y mejor que los curas, a veces quizá perdidos en el mundo hiperuránico de la filosofía todavía medieval. Los “shows” dominicales, las payasadas en los templos y el exigir una entrega radical a Dios (aceptarlo en su corazón como su salvador personal) han sabido rendir mejores frutos. Una vez embobados y alienados por la sangre de Cristo (esa que ofrecen los pastores) no queda otra que entregarse -con todos los bienes que también hay que compartir con el predicador- de cuerpo entero a Dios, sin condiciones.

Algo le está pasando al hombre posmoderno que vuelve sus ojos nuevamente hacia Dios y deja de ser él mismo con tal de encontrar salvación. ¿Qué le estará pasando? Me asusta tanta estupidez.

Fuente: www.lahora.com.gt


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