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El arte del copy-paste
Por Eduardo Blandón - Guatemala, 1 de septiembre de 2005

Los profesores dicen sentirse escandalizados por tanto "copy-paste" por parte de los estudiantes, se les acusa de haraganes, faltos de creatividad, tramposos, defraudadores y otras bellezas más. Mala onda, dicen los maestros, los patojos con esa costumbre se autoengañan y no contribuyen para nada en su propia formación. Y es cierto, pero vivimos en tiempos en que trampear lejos de ser algo indigno es celebrado y en ocasiones premiado por la sociedad.

La costumbre está medio generalizada y los orígenes se remontan, seguramente, desde la aparición del primer hombre sobre la tierra. La predisposición a copiar viene incorporada en nuestra naturaleza, en todo caso Dios debe ser el culpable de que el primer impulso sea no el hecho de ser originales, sino copiar. Y la prueba es que el niño es una copia de su padre: imita su voz, su caminado, sus palabras, sus poses y hasta sus estupideces (sin que ellos sean conscientes, por supuesto).

Con la adolescencia, nos rebelamos a la naturaleza y buscamos la autonomía, ser nosotros mismos. Lo hacemos poniéndonos en las antípodas de nuestros padres. Sin embargo, nunca logramos despojarnos de ser una copia de ellos, es una especie de maldición (o fortuna, como cada uno lo decida).

Al llegar a la escuela no hacemos sino continuar obedientes al grito de la naturaleza: copiar, imitar. Queremos imitar a nuestros cuates, al profesor, al director, a quien sea. Eso es así.

Cuando se llega a ser profesionales, logro que alcanzamos con una que otra trampa también: copiando exámenes, deberes, trabajos, etc., continuamos con esas viejas mañas. Así tenemos a diputados que se "fusilan" leyes de otros países para hacerlas pasar como originales, genialidades propias, iluminaciones extraordinarias que Dios otorga a sus favoritos. Periodistas que bajan textos enteros o mal traducidos del Internet (yo no puedo ser la excepción). Profesores que sólo son perfectos transmisores de ideas, sin la más mínima modificación. Arquitectos que sólo saben imitar (y mal imitar). En fin, hay de todo.

Las monjas quieren ser Madre Teresa de Calcuta, los curas San Francisco de Asís, las jóvenes Britney Spears, los patojos Brad Pitt. Nadie quiere ser original porque serlo trae poco provecho. Las figuras son muestras de garantía de éxito. Quien copia no se equivoca, va con pie seguro. ¿Quién puede discutir una cita de Descartes, una declaración de Kant o una deducción de Santo Tomás? Casi nadie. Además, qué bello es ver artículos con frases de esos personajes.

Otra ventaja del "copy-paste" es el ahorro enorme de tiempo. Ya todo está dicho, por qué dárselas de original: nihil novum sub sole. Copiar es signo de efectividad, sobre todo cuando se sabe hacer con pericia, cuando se puede ocultar que eso ha sido dicho infinidad de veces, cuando se puede presentar como original. Eso cuesta, debería de valorarse.

Copiar cada vez goza de más adeptos. Convenzámonos, es algo que está de moda. Ahora se pueden copiar hasta novelas enteras, música, poesías... Todo está a la mano, saquémosle provecho.

Fuente: www.lahora.com.gt - 310805


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