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El Patojo
Por Ernesto Che Guevara - Guatemala, 8 de octubre de 2007

Hace algunos días, al referirse a los acontecimientos de Guatemala, el cable traía la noticia de la muerte de algunos patriotas y entre ellos, la de Julio Roberto Cáceres Valle.

En este afanoso oficio de revolucionario, en medio de luchas de clases que convulsionan el continente entero, la muerte es un accidente frecuente. Pero la muerte de un amigo, el compañero de horas difíciles y de sueños de horas mejores, es siempre doloroso para quien recibe la noticia y Julio Roberto fue un gran amigo. Era de muy pequeña estatura, de físico más bien endeble; por ello lo llamabamos el patojo, modismo guatemalteco que significa pequeño, niño.

El patojo, en México había visto nacer el proyecto de la revolución, se habia ofrecido como voluntario, además, pero Fidel no quiso traer más extranjeros a esta empresa de liberación nacional en la cual me tocó el honor de participar.

A los pocos días de triunfar la revolución, vendió sus pocas cosas y con una maleta se presentó ante mi, trabajó en varios lugares de la administración pública y llegó a ser el primer jefe de personal del Departamento de Industrialización del INRA, pero nunca estaba contento con su trabajo. El Patojo buscaba algo distinto, buscaba la liberación de su pais; como en todos nosotros, una profunda transformación se había producido en él, el muchacho azorado que abandonaba Guatemala sin explicarse bien la derrota, hasta el revolucionrario consciente que era ahora.

La primera vez que nos vimos fué en el tren, huyendo de Guatemala, un par de meses después de la caída de Arbenz; íbamos hasta Tapachula de donde deberíamos llegar a México. El Patojo era varios años menor que yo, pero enseguida entablamos una amistad que fue duradera. Hicimos juntos el viaje desde Chiapas a la ciudad de Mexico, juntos afrontamos el mismo problema; los dos sin dinero, derrotados, teniendo que ganarnos la vida en un medio indiferente sino hostil.

El Patojo no tenia ningún dinero y yo algunos pesos; compré una máquina fotográfica y, juntos nos dedicamos a la tarea clandestina de sacar fotos en los parques, en sociedad con un mexicano que tenía un pequeño laboratorio donde revelabamos. Conocimos toda la ciudad de México, caminándola de una punta a la otra para entregar las malas fotos que sacabamos, luchamos con toda clase de clientes para convencerlos de que realmente el niñito fotografiado lucia muy lindo y que valía la pena pagar un peso mexicano por esa maravilla. Con este oficio comimos varios meses, poco a poco nos fuimos abriendo paso y las contingencias de la vida revolucionaria nos separaron. Ya he dicho que Fidel no quiso traerlo, no por ninguna cualidad negativa suya sino por no hacer de nuestro ejército un mosaico de nacionalidades.

El Patojo siguio su vida trabajando en el periodismo, estudiando física en la Universidad de Mexico, dejando de estudiar, retomando la carrera, sin avanzar mucho nunca, ganándose el pan en varios lugares y con oficios distintos, sin pedir nada. De aquel muchacho sensible y concentrado, todavía hoy no puedo saber si fue inmensamente timido o demasiado orgullosos para reconocer algunas debilidades y sus problemas más íntimos, para acercarse al amigo y solicitar ayuda requerida. El Patojo era un espíritu introvertido, de una gran inteligencia, dueño de una cultura amplia y en constante desarrollo, de una constante sensibilidad que estaba puesta, en los últimos tiempos, al servicio de su pueblo. Hombre de partido ya, pertenecía al PGT, se había disciplinado en el trabajo y estaba madurando como un gran cuadro revolucionario. De su susceptibilidad, de las manifestaciones de orgullo de antaño, poco quedaba. La revolución limpia a los hombres, los mejora como el agricultor experimentado corrige los defectos de la planta e intensifica las buenas cualidades.

Después de llegar a Cuba vivimos casi siempre en la misma casa, como correspondía a una vieja amistad. Pero la antigua confianza mutua no podia mantenerse en esta nueva vida y solamente sospeche lo que El Patojo quería cuando a veces lo veía estudiando con ahinco alguna lengua indigena de su patria. Un día me dijo que se iba, que había llegado la hora y que debía cumplir con su deber.

El Patojo no tenia instrucción militar, simplemente sentía que su deber lo llamaba y que iba a tratar de luchar en su tierra con las armas en la mano para repetir en alguna forma nuestra lucha guerrillera. Tuvimos una de las pocas conversaciones largas de esta época cubana; me limite a recomendarle encarecidamente tres puntos: movilidad constante, desconfianza constante, vigilancia constante. Movilidad, es decir, no estar nunca en el mismo lugar, no pasar dos noches en el mismo sitio, no dejar de caminar de un lugar para otro. Desconfiar al principio hasta de la propia sombra, de los campesinos amigos, de los informantes, de los guías de los contactos; desconfiar de todo hasta tener una zona liberada. Vigilancia; postas constantes, exploraciones constantes, establecimiento de campamento en un lugar seguro y, por sobre todas estas cosas, nunca dormir bajo techo, nunca dormir en una casa donde se pueda ser cercado. Era lo más sintético de nuestra experiencia guerrillera, lo único, junto con un apreton de manos que podía dar al amigo. Aconcejarle que no lo hiciera?, con que derecho, si nosotros habiamos intentado algo cuando se creía que no se podía, y ahora, el sabía que era posible?

Se fue El Patojo y al tiempo llegó la noticia de su muerte. Como siempre, al principio había esperanzas de que dieran un nombre cambiado, de que hubiera alguna equivocación, pero ya desgraciadamente, esta reconocido el cadaver por su propia madre: no hay dudas de que murió. Y no él solo, sino un grupo de compañeros con él, tan valiosos, tan sacrificados, tan inteligentes quizás, pero no conocidos personalmete por nosotros.

Queda una vez más el sabor amargo del fracaso, la pregunta nunca contestada: por qué no hacer caso de las experiencias ajenas?, por qué no se atendieron mas las indicaciones tan simples que se daban? la averiguacion insistente y curiosa de como habia muerto El Patojo. Todavia no se sabe muy bien lo ocurrido, pero se puede decir que la zona fue mal escogida, que no tenian preparación física los combatientes, que no se tuvo la suficiente desconfianza, que no se tuvo, porsupuesto la suficiente vigilancia. El ejército represivo los sorprendio, mató unos cuantos, los disperso, los volvio a perseguir y, practicamente, los aniquiló; algunos tomándolos prisioneros, otros como El Patojo, muertos en el combate. después de perdida la unidad de la guerrilla el resto probablemente haya sido la caza del hombre, como no lo fue para nosotros en un momento posterior a Alegría de Pío.

Nueva sangre joven a fertilizado los campos de América para hacer posible la libertad. Se ha perdido una nueva batalla; dejemos hacer un tiempo para llorar a los compañeros caídos mientras se afilan los machetes y, sobre la experiencia valiosa y desgraciada de los muertos queridos, hacernos la firme resolución de no repetir errores, de vengar la muerte de cada uno con muchas batallas victoriosas y de alcanzar la liberación definitiva.

Cuando El Patojo se fué no me dijo que dejara nada atras ni recomendó a nadie, ni tenía casi ropa ni enseres personales en que preocuparse; sin embargo los viejos amigos comunes en México me trajeron algunos versos que él había escrito y dejado allí en una libreta de notas. Son los últimos versos de un revolucionario, pero, además de canto de amor a la revolución, a la patria y a una mujer. A esa mujer que El Patojo conoció y quiso aquí en Cuba, vale la recomendacion final de sus versos como un imperativo:

Toma, es solo un corazón

tenlo en tu mano

y cuando llegue el día

abre tu mano para que el sol lo caliente...

El corazón de El Patojo ha quedado entre nosotros y espera que la mano amada y la mano amiga de todo un pueblo lo caliente bajo el sol del nuevo día que alumbrara sin duda para Guatemala y para toda América. Hoy en el Ministerio de Industrias donde dejó muchos amigos, en homenaje a su recuerdo hay una pequeña Escuela de Estadistica llamada “Julio Roberto Caceres Valle”. Después cuando la libertad llegue a Guatemala, alla debera ir su nombre querido a una escuela, una fabrica, un hospital, a cualquier lugar donde se luche y se trabaje en la construcción de la nueva sociedad.

www.albedrio.org - Publicado en la revista Verde Olivo el 19 de agosto de 1962. - Cortesía de Herbert Reyes


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