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Construimos la memoria para continuar valorando la vida
Por Emma Chirix(1) - Guatemala, 26 de junio de 2018

En memoria de los y las hermanas enterradas en Pa’ Labor, Comalapa


En el municipio de Comalapa, Chimaltenango, a 84 kilómetros de la ciudad de Guatemala, en la memoria de sus habitantes existen dos acontecimientos marcados por el dolor, la tristeza y la muerte, que resultan muy significativos, siendo estos, el terremoto de 1976 y la violencia política a finales de los 70s. Se puede apreciar que los hechos reconocidos en la oralidad difieren de los hechos proclamados por los dominadores. Se sabe que la construcción de la historia de un pueblo no es la misma que construye el Estado, la oligarquía y los militares. Lo que ocurrió está latente en la memoria, no se ha olvidado, algunas heridas están sanadas, otras no. ¿Cuál es nuestra verdad en estos dos acontecimientos? ¿Por qué nuestras vidas importan? ¿Por qué nuestra historia no debe ser negada?

1. El terremoto

El terremoto de 1976, como fenómeno natural impactó fuertemente la vida de la mayoría de las y los kaqchikel de Chixot, de San Juan Comalapa. El terremoto desnudó la realidad social, política y económica de los pueblos, mostró las condiciones precarias e inhumanas de la mayoría de la población “rural” a través de la ausencia de servicios sociales básicos.

Servicios que, por obligación, el Estado debe proveer y garantizar. El proyecto de reconstrucción nacional del gobierno se quedó en discurso la ayuda de la cooperación internacional y del Estado guatemalteco no llegó a las comunidades afectadas porque los corruptos ya estaban instalados en las instituciones del Estado. El terremoto no sólo mostro la desigualdad social sino también la indignación por la incapacidad del gobierno para resolver las emergencias. Esta vivencia significó el fuego que despertó la solidaridad, el trabajo colectivo, la práctica del pensamiento maya sobre la vida, la conciencia social y la autoadscripción étnico-racial.
En medio de la tristeza y del dolor por la pérdida de seres queridos y materiales, la población despierta. Se organizan para trabajar en colectivo, aumenta la solidaridad entre familias y vecinos para enfrentar la tragedia y el aprendizaje para la sobrevivencia. Es preciso mencionar que el trabajo colectivo es un valor y una práctica cotidiana que ha permanecido entre las y los mayas.

A nivel local, Comalapa tomó la iniciativa para organizarse ya que el gobierno central se vio limitado e incapaz para responder ante la magnitud de la emergencia y las necesidades de reconstrucción. Ante la ausencia del apoyo del Estado y del gobierno de turno, el proceso de reconstrucción motivó a que las familias comalapenses se organizaran y planificaron proyectos de vida a raíz de preguntas tales como: ¿por qué las vidas de indígenas y de los pobres siempre han sido golpeados en las tragedias naturales? ¿Cómo lograr los servicios básicos? ¿Por qué la pobreza golpea continuamente a indígenas? ¿Por qué el analfabetismo? ¿Por qué la desnutrición? ¿Por qué la discriminación, el racismo y la injusticia?

Ante los problemas reales, se asumieron proyectos de vida, responsabilidades políticas y sociales, de manera colectiva e individualmente y surgieron diversas organizaciones sociales y políticas.

En este periodo emergen las cooperativas como un modelo de organización agrícola y artesanal. Las mujeres se organizaron a nivel de cooperativas de tejedoras. En la agricultura, los cultivadores de papa se organizaron en la cooperativa Tikonel taq papa. La juventud y los profesionales indígenas se organizaron y planificaron actividades artísticoculturales, alfabetización, charlas educativas sobre salud, análisis y debates sobre el poder local y nacional para enfrentar los problemas sociales. económicos y políticos.

La iglesia católica caminó con la población intentando dar solución a los múltiples problemas, rezar no era suficiente sino también tomar acciones para enfrentar el hambre, las enfermedades, la construcción de las viviendas. En aquel tiempo se hizo cuestionamiento al Estado por su política paternalista y de tutelaje durante el proceso de reconstrucción. El despertar de la conciencia indígena, el rescate de la identidad propia y la discusión de la participación política del indígena en el poder local y nacional, además de la necesidad urgente de trabajar en la salud preventiva, de esa cuenta se creó un comité y nació el hospital K’achorisab’äl K’aslen y posteriormente, se da el cuestionamiento sobre la participación de las reinas indígenas en el festival folclórico para elegir a la “Rabin Ajau”.

Estas formas organizativas e iniciativas se constituyeron en un poder local, generó negociar directamente con las agencias internacionales de la ayuda post terremoto que se recibía de países solidarios. En el caso de Comalapa se tuvo la experiencia de coordinar el plan de reconstrucción con Fratelli d’Italia. Esta organización trabajó a través de un comité de vecinos y fue la que bautizó a Comalapa como la “Florencia de América” porque se dice que Florencia (Italia) y San Juan Comalapa tienen ciertas características comunes, ambos pueblos cultivan y desarrollan la artesanía, el arte y la música. Asimismo, las organizaciones locales se interrelacionaron con otros grupos y comunidades. Se dieron así reuniones de catequistas, de estudiantes, de cooperativistas, no sólo a nivel local sino regional.

Después del terremoto, los indígenas deciden participar a nivel local. Por primera vez en la historia, un indígena logra ser alcalde. Nacen los comités cívicos liderados por indígenas.

A nivel nacional Pedro Verona Cúmez participa como diputado en el Congreso de la República, propuesto por el partido de la Democracia Cristiana. Esta victoria generó en las organizaciones indígenas reflexiones sobre el acceso al poder, ya no sólo local sino a nivel nacional. En esta época nace un partido político organizado por indígenas con el nombre de Frente Indígena Nacional –FIN-. Los actores principales y sus cofundadores fueron campesinos pertenecientes a las ligas campesinas y algunos profesionales indígenas. Entre los comalapenses que cofundaron el partido están: Miguel Ángel Curruchiche y Antonio Mux. Se gesta como un partido con reivindicaciones identitarias indígenas. Estas reivindicaciones no fueron vistas con beneplácito por la oligarquía, sectores y partidos ladinos conservadores porque veían al FIN como una amenaza a sus privilegios y para deslegitimar utilizaron argumentos racistas e insistían que este tipo de partido motivaba a la división del país. Este discurso sale a flote cada vez que los pueblos indígenas y pobres toman decisiones y acciones para dar respuesta a sus necesidades esenciales. Ante la presión de los grupos de poder económico y político del país en los medios de comunicación, los integrantes del FIN optaron por cambiar el nombre del partido por Frente de Integración Nacional.

En esta época, nacen dos periódicos en donde estudiantes y profesionales de la –JICJuventud Indígena Comalapense y –AEPIC- Asociación de Estudiantes y Profesionales Indígenas Comalapenses deciden escribir, y salen los periódicos la Voz del Pueblo y el Chui Tinamit. Ambos cerraron en 1980 producto de la persecución, asesinato y desaparición selectiva de miembros de ambas asociaciones. Entre los estudiantes jóvenes de la JIC que fueron asesinados están: Carmen Sotz, Efrén Telón, Julio Telón y Victor Chutá.

El acceso a la educación oficial y comunitaria, más una formación crítica sobre los derechos colectivos e individuales, y unida a una práctica social para resolver los problemas sociales, económicos y políticos fueron insumos para organizar y planificar los proyectos de vida para la población damnificada por el terremoto. Para los sectores dominantes fue visto como una amenaza porque no permiten que los pueblos vivan dignamente, porque pierden mano de obra barata para sus fincas, pero también significaba perder el poder político y económico. En la historia del país, cuando las y los excluidas hablan y luchan para vivir dignamente, son tildados de revoltosos, problemáticos, necios, son callados, o son asesinados o masacrados.

La creatividad, la organización, la reflexión crítica y la toma del poder local fueron los pilares que dieron vida para que el pueblo de Chixot lograr su bienestar. La gestión local molestó a algunos racistas a nivel local porque persistía los prejuicios racistas, es decir, la idea “que los indios no piensan, no pueden dirigir”. La gestión regional, es decir a nivel departamental, tocó el interés de los grupos conservadores y fue el detonante para la planificación del genocidio en el país. Recordemos que los criollos y ladinos urbanos con poder político y económico han mantenido marcos de segregación y jerarquía racial, de clase y de género de manera diferenciada y desigual. A partir de ese marco han manejado y legitimado que el lugar y el espacio de los indígenas debe ser el área “rural”, mal llamado “el interior”. El espacio, la presencia y la representatividad debe ser local, no nacional.

Según ellos, la ciudad no es lugar para indios porque somos más útiles en nuestras comunidades. Este racismo espacial mantiene y reproduce un dilema. Nos quieren en la ciudad para seguir cumpliendo los roles histórico-coloniales que son la servidumbre, el cultivo de alimentos en el “área rural” y hacer la entrega en la ciudad. A las mujeres nos aceptan en la ciudad para ser sirvientas, tortilleras y para formar la tropa de auxiliares de enfermería para cuidar a las y los pacientes en los turnos de noche y a los hombres indígenas para cuidar las empresas y la ciudad. La idea es: “deben civilizarse en la ciudad, ya civilizados, o deben volver a sus comunidades o se quedan en la ciudad para cuidarnos, para alimentarnos. No deben dirigir, no deben tener el poder, no deben tomar decisiones a nivel nacional”.

Para mantener el sistema y los privilegios de las familias y de las instituciones colonizadoras han construido políticas y formas de violencia, desde la explotación, el despojo, el trabajo voluntario, el salario mínimo, la exclusión, el paternalismo, el tutelaje, el racismo, la corrupción, el eurocentrismo, el extractivismo, la servidumbre, los procesos de civilización y de blanqueamiento, la caridad, la mercancía de los cuerpos indígenas, la imposición de un modelo neoliberal que descansa en el latifundio y minifundio.

La iglesia conservadora, el Estado y la élite política y económica del país han mantenido a los pueblos indígenas con vida, pero mutilados, en un mundo de miedo, de pobreza y de atención mínima. La vida del pueblo indígena se ha convertido así, en una forma de muerte en vida. Aceptan que las y los indígenas utilicen sus trajes, que hablen sus idiomas en ciertos espacios, pero cuando cuestionan sobre los problemas estructurales, la corrupción del gobierno y la violación de sus derechos colectivos, los dominadores los criminalizan, los satanizan o los matan.

Retomando el terremoto. ¿Qué ocurría a nivel nacional? El país estaba dirigido por militares. En el contexto social y político dos acontecimientos estaban marcando el rumbo político del país. entre estos figuraban: la masacre de Panzós (1978) y la quema de la embajada de España (1980). Estos acontecimientos sacudieron la conciencia de los pueblos, de los excluidos y marginados. Estos mismos hechos más la persecución selectiva de dirigentes de sindicatos e intelectuales fueron puntos de organización, reflexión y de acción. Un elemento más a considerar fue la Declaración de Iximche', planteamiento indígena que salió a luz pública el 14 de febrero de 1980 y que abría aún más las puertas para la organización de indígenas por el recrudecimiento de las violaciones a los derechos humanos.

2. La violencia en Chixot

Breve contexto histórico, social y político

La política de exterminio o la destrucción siempre ha sido organizada y planificada. En la creación y ejecución de esta política han participado personas, grupos e instituciones históricas coloniales, entre ellas: El Estado, las instituciones, el gobierno central, la iglesia, el ejército, la oligarquía para mantenerse en el poder han utilizado mecanismos raciales, clasistas y de corrupción para continuar con la reproducción y el mantenimiento de la pobreza para muchos y la riqueza para pocos.

En el reciente genocidio, estos grupos con poder y con la participación de otros países han insertado una economía de la muerte y políticas y técnicas civilizadas para matar. Han utilizado mecanismos de violencia a través de la cosificación de los cuerpos indígenas a través de un largo proceso de deshumanización y de industrialización de la muerte, han financiado la muerte. Entre los mecanismos de muerte que han utilizados por los dominadores han sido: En el momento de la invasión, la violación de los cuerpos de mujeres indígenas, los procesos de inquisición a los salvajes, a los que no tienen alma para evangelizarlos. A través de la educación se ha buscado matar al indio que llevamos dentro. Por la defensa de la tierra han masacrado y encarcelado. En la época de la violencia fue eliminar al enemigo del Estado. Para sentirse superiores han utilizado la humillación y las agresiones físicas. El Estado guatemalteco, sus instituciones y las familias poderosas han financiado la muerte. Se otorgan el derecho de decidir sobre la vida de los excluidos y discriminados, pero también de los recursos, de los territorios habitados por indígenas, en su mayoría. Han querido por años el silenciamiento de los cuerpos, de las mentes y de los espíritus.

En 1979, el ejército invadió Chixot. Se instaló el destacamento militar en el pueblo. El primer destacamento se ubicó al lado de la municipalidad y posteriormente se ubicó en el área denominado Pa’Labor. El ejército controló, vigiló y destruyó vidas de las familias del pueblo, las aldeas y caseríos. El ejercito con el fin de establecer su hegemonía, utilizó un poder y una crueldad al margen de la ley. Asumieron el poder local y la capacidad de decidir quién puede vivir quien debe vivir bajo una estrategia militar y parámetros raciales. La política contrainsurgente caminó de la mano con la política racial que significó la política de la muerte.

En su marco de guerra (Butler, 2010) la política estaba basada en la idea de que unas vidas tienen valor y otras no, en este caso, indígenas, estudiantes y campesinos asociados al comunismo. Las vidas o los cuerpos fueron identificados diferencialmente. Los victimarios asumieron el derecho a matar y construyeron criterios generales de las personas que podían tener vida y las que debían morir, es decir, “el enemigo interno” ó “las y los involucrados” “los comunistas” A partir de esta identificación impuestas, la institución militar, no les importó las vidas de ancianos, mujeres, jóvenes y recién nacidos. Entre los mecanismos de muerte que recordamos: El secuestro de Nehemías Cúmez, originario de San Juan Comalapa, sacudió la tranquilidad comalapense en 1979. Él era un líder de la comunidad y participada en varios comités, en el momento de su secuestro participaba en el comité de reconstrucción en coordinación con Fratelli d’ Italia. Otros mecanismos fueron: la invasión-ocupación, arrancar fotos de personas “seleccionadas” de los libros de registro de ciudadanos, de la municipalidad. Elaboraron una “lista negra” a nivel local. Para organizar y planificar la muerte, el ejército utilizó su estructura militar para responder a un Estado blanco, ladino/mestizo. Las relaciones de poder se mantuvieron a través de la jerarquía racial, de clase y de género durante la violencia. Aquí los patriarcados ejercieron poder, pero bajo la jerarquía racial: primero estaba el patriarcado criollo, luego el ladino/mestizo y finalmente, el patriarcado indígena militar. Bajo estos parámetros y hegemonía masculina participaron directamente oficiales ladinos e indígenas, colaboradores del ejército comisionados ladinos e indígenas y algunas familias pro-militares a nivel local. Es importante aclarar que las invasiones, las masacres y genocidios, no fueron realizados por un hombre o por un colonizador, sino a través de la manipulación y la compra de voluntades, los hombres indígenas y ladinos pobres fueron obligados a matar, a entregar a sus hermanos y hermanas. Actualmente los vemos en el pueblo, enfermos psicológicamente. La tropa indígena ha reproducido y socializado la normativa de quiénes deben vivir y quiénes deben morir. La política de exterminio ha estado amarrada con la política de la raza y con la política de la muerte de los pueblos.

El ejército, realizó primero una represión selectiva, en la cual secuestró, asesinó a líderes comunitarios del pueblo, de aldeas y caseríos, entre ellos: catequistas, líderes campesinos, líderes políticos, religiosos, integrantes de cooperativas, estudiantes, maestros, universitarios, alcaldes y mujeres, después vino la represión generalizada y las masacres. Y esta represión se ejerció contra la población civil y principalmente contra indígenas. La violencia política ha sido el principal acontecimiento que ha marcado nuestras vidas. Se trata de un pasado que sigue estando presente porque sigue vigente en la memoria colectiva. Nadie se imaginó del horror, del terror y del alcance de la guerra, que se convirtió en una pesadilla insoportable, que congeló, que enfermó, que rompió con el tejido comunitarios de las familias y de los pueblos. La violencia obligó a muchas personas y familias a desplazarse. Por temor a morir y salvar nuestras vidas, algunos se refugiaron en comunidades cercanas, otros migraron a otros departamentos, otros en la ciudad capital, y pocos fueron al exilio en otros países.

El dolor de nuestros corazones ha sido prolongado porque ya no volvimos a ver a familiares, amigas y amigos, vecinos y vecinas, porque los mataron o siguen desaparecidos.

Acaso no es una tortura prolongada esperar 37 años para enterrar el cuerpo de un familiar asesinado, como el caso que atestiguamos hoy 21 de junio de 2018, en San Juan Comalapa. la En el año 1982 se organizaron las patrullas de autodefensa civil. En esta década hubo predominio de gobiernos militares como el de los generales Lucas García, Ríos Mont y Mejía Víctores, estos dos últimos ascendieron al poder por sendos golpes de estado. La vigilancia, el control y el miedo fueron mecanismos de poder que sometieron a las personas, para ello se contó con algunos oficiales del ejército de Comalapa, los colaboradores del ejército, como los comisionados militares, quienes fueron obligados a dar información, pero también hubo civiles, como algunos ladinos e indígenas(2) de Comalapa.

Actualmente algunas familias colaboradoras del ejército gozan de impunidad y siguen acosando a las personas y grupos kaqchikel de Comalapa(3) , viven a través de la jubilación, porque fueron pagados por asesinar. Actualmente muchos de estos asesinos a sueldo han creado partidos políticos, son dueños de tierras robadas, han construido mansiones a orillas de lagos y ríos, son legisladores, son funcionarios públicos.

Lo que vivimos en Pa’Labor

Como se hizo mención, el destacamento militar se ubicó en la entrada de Comalapa, en el lugar denominado Pa’Labor. Antes de la violencia, Pa’Labor, era lugar cubierto de árboles de ciprés y los dueños o los arrendantes de esas tierras cultivaban milpa. Durante la violencia, Pa’Labor se convirtió en puesto de registro, es decir, todas las personas eran obligadas al registro por los militares.

Al pasar en camioneta o a pie, miembros del ejército nos pedían los papeles y nos bajaban. Los soldados generalmente eran indígenas y los puestos de mando eran oficiales ladinos/mestizos. Los hombres indígenas y pocos hombres ladino/mestizos hacían una fila y nosotras las mujeres, otra fila. En los puestos de registro de podía apreciar que hombres tenían el poder y se recalcaba el racismo y la discriminación para que no se nos olvidara. El miedo se apoderaba de nuestros cuerpos y nuestros espíritus. El corazón comenzaba a latir más rápido, las manos sudaban, el cuerpo temblaba, casi sentíamos la sensación de orinar.

El sentimiento de miedo se apoderaba, pero también llegaba la calma y serenidad, nos quedábamos quietas y quietos. En este puesto de registro recuerdo a una señora que cargaba su hijo, angustiada, me pidió que le dijera al soldado que se le había olvidado sus papeles

Algunos indígenas aprovecharon la situación de guerra, acosaron y estafaron a otros indígenas con cierto recurso económico. Los estafadores se presentaban como elementos de la G-2 o como judiciales y según la versión para chantajear era: “tu nombre está en la lista negra y para borrarlo necesito Q2,000.00 a Q5,000.00”. Varios de estos chantajistas pro-militares “para salvar sus almas” se refugiaron en iglesias evangélicas de la localidad. Los colaboradores del ejército ladinos e indígenas, después de la guerra, tuvieron una participación en las iglesias de manera permanente y activos.

Actualmente hay parientes de victimarios acosando a personas y grupos en Comalapa. porque salió de prisa de su casa. En otra ocasión, nuestros papeles, es decir, la cédula de mi abuelo y la mía, no nos entregaron en la primera entrega, sino, de último. En ese momento pensé, aquí nos quedamos. Pero me preguntaba ¿cuál era el motivo?

Los encargados de recoger los papeles eran entregados a otros soldados que se escondían detrás de un frondoso ciprés. Allí observaban y cotejaban nuestros nombres y nuestros cuerpos cosificados a través de “la lista negra” ¿por qué la lista lo asociaban con el color negro? Para los militares, lo negro significó el enemigo, los comunistas y los guerrilleros, pero quienes pasábamos allí, no éramos personas armadas, ni buscábamos pleitos. Salíamos del pueblo para atender nuestras necesidades cotidianas, para trabajar o vender.

En Pa’Labor, fue el lugar donde operó el poder de la muerte. El susto se apoderó de nuestros cuerpos, nuestro espíritu se quedó allí. Fue el lugar de la cosificación de nuestros cuerpos a través de la violencia y de la muerte. En ese puesto de registro los soldados tocaban los cuerpos de los hombres al hacer el registro. Fue el lugar de la detención, de la tortura, la quema de los cuerpos con cigarro, del asesinato, de la violación, del entierro de muchas personas en fosas colectivas. El ejército también obligó a dueños de vehículos hacer turnos y transportarlos de Pa’Labor al pueblo o viceversa, con el argumento de hacer “diligencias” al pueblo, no financiaron el combustible y menos aún la depredación de los vehículos. Pocas mujeres fueron forzadas para realizar trabajo doméstico en el destacamento, previo al asesinato de sus esposos.

Afuera del destacamento los victimarios utilizaron otras técnicas de muerte, entre éstas: la decapitación de un maestro, la mutilación de los pechos de las mujeres, el secuestro, los machetazos hacia los cuerpos de niños y jóvenes de una familia sobreviviente. El daño fue
grande y fuerte para nuestros cuerpos, mentes y espíritus. Por el terror, nuestros cuerpos fueron silenciados, nuestros cuerpos se enfermaron de “nervios”, por el dolor y la tristeza, por las formas de violencia. Muchas personas han vivido una forma de muerte en vida.

De parte de los victimarios, se tiene información, de la psicosis de guerra que sufrió un militar joven indígena que quería “la cabeza de estudiantes”. Durante los años de violencia, los militares y colaboradores vigilaron y controlaron a las y los kaqchikel de Comalapa. La ocupación y la presencia del ejército afectó material y
emocionalmente a los pueblos, dejando cientos de viudas, huérfanos y desaparecidos, la desvalorización de los cuerpos de hombres, mujeres, embarazadas. Hubo destrucción de vidas humanas, pero nos quedamos muchos para contar sobre la verdad, sobre nuestra verdad.

Las consecuencias psicológicas de la guerra permanecen hasta hoy, las heridas aún siguen abiertas, el horror de la guerra no se ha podido borrar.

Actualmente Comalapa es un municipio fragmentado en su tejido social que viene desde la colonización y que se agudizó en el genocidio reciente. La división puede expresarse por ideologías, por partidos políticos, por religión, por clases sociales, por los que fueron y siguen siendo colaboradores del ejército y los integrantes de la ex PAC. A pesar de las divisiones seguimos intentando vivir en comunidad, buscamos la dignificación de nuestras vidas y de nuestros derechos.

El derecho y la sanación del duelo

No podemos permitir que la muerte de las y los kaqchikel de Chixot se mantengan en silencio.

Ahora sabemos por qué los mataron y reconocemos la violencia perpetrada. Ahora volvemos a sentir la tristeza y el dolor y por eso los vamos a llorar. Construimos la memoria para continuar valorando la vida, así como nos acompañamos para tener vida, nos toca ahora acompañarnos para enterrar a las y los muertos.

Tenemos derecho a la vida, a la autonomía, es preciso pensar que nuestras vidas no están en manos de los sectores dominantes. Es decir, nuestras vidas no dependen de las y los colonizadores, de los militares y grandes empresarios. Ellos insisten en que pensemos que
no podemos pensar por nosotras y nosotros mismos, no somos sus sirvientes. Es necesario romper estas relaciones de dependencia, porque no son relaciones de amor, de cuido, de bienestar. Ellos nunca nos han cuidado y menos aún, no nos han alimentado. Es decir, nosotros no tenemos ninguna obligación con aquellos, de quienes han planificado nuestras muertes, de quienes planifican las políticas de exterminio, de sometimiento, de etnocidio, de asimilación, de integración, de civilización, de servidumbre. No tenemos ninguna obligación con los explotadores, ni con los racistas y menos aún de las instituciones que han matado a nuestros pueblos.

Estamos vivos porque nosotros como pueblos indígenas, como comunidad nos hemos cuidado, nos hemos alimentado, nos hemos organizado y hemos resistido ante tanta violencia. Por esas formas de apoyo y de cuido hemos asegurado la vida de nuestros seres queridos, hemos persistido. Y porque creemos en la vida, nos motivamos para vivir. Hemos resistido no lograron aniquilarnos. Desde hace muchos siglos hemos construido la colectividad, la solidaridad, la defensa y la resistencia. Porque el pensamiento maya opta por la vida y la voluntad de cuidar la vida humana pero también a la madre naturaleza, tenemos derecho a vivir de manera digna, y porque en ese pensamiento maya aparece la valoración de la vida, del cuidado, de las condiciones de vida entre la criatura humana y la
madre naturaleza.

En este proceso de duelo que estamos cerrando, tenemos la capacidad de llorar por nuestras y nuestros muertos, y lloramos porque estas vidas de nuestros familias, de amigos, de vecinos, de q’awinäk importan, porque estas vidas importan y por eso lloramos, y por eso los enterramos y por eso los visitaremos y platicaremos con ellas y ellos, y por eso les traeremos comida y flores, porque el pensamiento y las practicas mayas de duelo siempre han permanecido y lo seguimos haciendo mientras tengamos vida. Y haremos esto porque en el pensamiento maya, la muerte no es más que la continuidad de la vida. Recordemos que el genocidio y las masacres hacia pueblos indígenas ha venido implementándose desde
la invasión.

En este entierro, en este territorio del Nawal Keme, levantamos la cabeza, celebraremos la vida, sanamos nuestros cuerpos y nuestros espíritus, porque la pérdida de la vida merece ser llorada. Y en el pensamiento maya consideramos que los cuerpos que serán enterrados tienen vida, no son simples esqueletos y osamentas. Después del genocidio los cuerpos sin vida fueron identificados y reducidos a esqueletos y osamentas por la ciencia occidental, la antropología forense, las instituciones coloniales, por las ONG’s que viven a costa de los cuerpos de nuestros muertos y sin respeto. Existe la necesidad de identificar a nuestros muertos pero que sea realice con respeto y no convertirlos en cosa, en simples objetos.

Esta mentalidad eurocéntrica y etnocéntrica no han tenido respeto por nuestras vidas y menos de los muertos. Nuestros cuerpos tienen vida y nos importan.

Pedimos al Estado, a la oligarquía, al ejército y sus colaboradores, que asuman su responsabilidad en los crímenes cometidos. Queremos una nueva Constitución porque la que tenemos ha legitimado nuestras muertes, ha construido instituciones y familias que se enriquecen con la muerte, la pobreza, la corrupción, la desigualdad y el racismo. Ya no más gobiernos militares, ni Estados genocidas. Necesitamos una nueva Constitución que sostenga parámetros y condiciones de vida. Que dicte leyes para las y los vivos. Pedimos a las organizaciones no enriquecerse a través del genocidio. Los pueblos indígenas tenemos derechos a vivir, a cuidar la vida de la criatura humana y de la madre naturaleza. No estamos hechos para soportar más hambre, analfabetismo y muerte.

Nuestros cuerpos importan, nuestras vidas son valiosas.

(1) Integrante de la Comunidad de Estudios Mayas y del Equipo de Trabajo de CLACSO, Mujeres y Pueblos. Despojos, cuerpos, resistencias en el Sur Global.

(2) Algunos indígenas aprovecharon la situación de guerra, acosaron y estafaron a otros indígenas con cierto recurso económico. Los estafadores se presentaban como elementos de la G-2 o como judiciales y según la versión para chantajear era: “tu nombre está en la lista negra y para borrarlo necesito Q2,000.00 a Q5,000.00”. Varios de estos chantajistas pro-militares “para salvar sus almas” se refugiaron en iglesias evangélicas de la localidad. Los colaboradores del ejército ladinos e indígenas, después de la guerra, tuvieron una participación en las iglesias de manera permanente y activos.

(3) Actualmente hay parientes de victimarios acosando a personas y grupos en Comalapa.

Bibliografía:

Butler Judith (2010) Marcos de Guerra: Las vidas lloradas, Editorial Paidós Mexicana, México

Chirix Emma (2011) Ru rayb’äl ri qach’akul, Los deseos de nuestro cuerpo. Ediciones del Pensativo, Guatemala, 2011.

Mbembe Achille (2011) Necropolítica, Editorial Melusina, España.

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