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Dialogar con el joven Arbenz
por Edgar Gutiérrez - 24 de junio de 2004

Hablar de Arbenz, para quienes nacimos en la década del 60, tiene la desventaja de no haber sido testigos de su ciclo, a pesar que desde chicos padecimos efectos de su caída y la derrota de su programa reformista. Mi madre, parturienta, fue detenida en pleno toque de queda y por fin custodiada al Roosevelt por policías suspicaces que en su vientre albergara no a un niño sino armas de la naciente guerrilla. Nuestra pequeña vivienda en la zona 11, como tantas otras, era cateada noche tras noche por soldados de Arana que, no teniendo mejor trofeo de caza, requisaban mis cuadernos de la escuela primaria guardados en una mochila verde olivo, porque era “como las que usaban las guerrillas en Oriente”.

Pero quienes crecimos en la contrainsurgencia, o sea, la generación siguiente a la Revolución de Octubre, podemos tener distancia crítica de esos hechos. No juzgamos a los protagonistas de uno y otro bando, como la generación anterior, pero sí analizamos sus circunstancias. Y conforme conocemos a ambos bandos, adquirimos un juicio maduro y útil.

Hay una postrera generación, la de los años 70 y 80, a la que por lo general no le interesa esa historia. Le parece un “aburrido” pleito de viejitos que siguen disputando los acontecimientos como el devenir de un crucial juego: que si el resultado fue injusto o no por las actitudes antideportivas que toleró o propició el árbitro, etcétera. No banalizo la Historia y sus terribles dramas. Quiero reflejar su infecundidad por la ausencia de mensajes a las jóvenes generaciones. Llamo la atención de su trato maniqueo y como recurso retórico de lucha tras la clausura de la Guerra Fría. ¡Es que el mundo de antes de 1989 envejeció tan rápido!

Creo que la juventud debería tener el chance de establecer un diálogo abierto con el joven Arbenz (jefe de Estado a los 31 años y de Gobierno a los 38) y con su programa político. Su biografía, no integrada aún para un público amplio, conocida de manera fragmentaria, daría materia para debatir valores, utopías, dudas, errores y dilemas de un soñador en un país que sigue asfixiado por el racismo, la desigualdad y los férreos atavismos oligárquicos. Después de tantos años, la personalidad de Arbenz, como la de tantos otros mártires, antes que héroes –pues de los primeros está dolorosamente hecha nuestra Historia–, inspiraría otras rutas de transformación y justicia social.

El embrujo de Arbenz sobre Guatemala (y la maldición de Guatemala sobre El Suizo, como le apodaban) es la interrupción de un sueño todavía fresco en la memoria colectiva. Está vigente en sus trazos. Resume tareas del Estado y deberes de la Nación (cohesión social y dignidad nacional), largamente pospuestos, que harían de éste un país moderno, abierto, sin complejos. Más laborioso y menos resentido. Alegre y no sombrío. Integrado y suelto. No hecho de burbujas sociales ni afiebradas intrigas. Sano del cuerpo y la mente. Menos virulento, enconchado, mediocre y traicionero.

Como no se concluyó el sueño de Arbenz, siguen vigentes las preguntas: ¿Y si la reforma agraria hubiese madurado? ¿Y si el ejercicio de soberanía no se interrumpe? Dado que quienes triunfaron sobre Arbenz y su proyecto han fracasado en edificar un país digno de tal nombre, caben estas preguntas y la necesidad de entablar, en este nuevo siglo, un diálogo futurista con el soldado del pueblo.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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