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Cincuenta años después
por Edgar Gutiérrez - 27 de junio de 2004

Cincuenta años después, Arbenz y la Revolución de Octubre siguen levantando ronchas entre las élites guatemaltecas.

Unas reclaman que si Washington no hubiera abortado las reformas de Arbenz, Guatemala hubiese vivido por lo menos 30 años de gobernabilidad democrática con un inmejorable crecimiento económico (5 por ciento promedio anual), sólo comparable al de los tigres asiáticos (Taiwan, Singapur etcétera), que sí lo supieron aprovechar hasta convertirse en ese mismo período en potencias económicas y sociedades equitativamente prósperas.

Otros reivindican que la derrota de Arbenz fue la salvación de Guatemala de las garras del comunismo, del sometimiento a Moscú y La Habana (no importa que la Revolución cubana triunfara hasta 1959), la ruina, el colectivismo empobrecedor y el control estatal que asfixia las libertades ciudadanas.

Los demás sostienen que la Revolución de Octubre se desvió del camino, perdió su esencia y principios. Fue secuestrada por la minoría comunista y, por eso, valía la pena que muriera. Dejarla morir o ayudar a matarla. Para estas posiciones era, sin embargo, imperativo que se salvara su ideario democrático y burgués.

De alguna manera, muy limitadamente, Castillo Armas lo quiso hacer: la seguridad social, el salario en el campo, la distribución de la tierra y otros arranques sociales de la Revolución (que equivale a decir el visado de Guatemala al siglo XX) quedaron reconocidos por su gobierno, aunque cuarteados, sobre todo el tema agrario.

Decenios después, varios militantes intelectuales de la juventud liberacionista coincidirían con herederos de la Revolución en impulsar algunas de esas reformas, pero sus logros han sido limitados. Surgió también en esta misma época una generación neoconservadora radicalmente opuesta a cualquier reforma social, dado que “el mercado lo resuelve todo”.

La actualidad de Arbenz, a medio siglo de su derrocamiento y a más de 30 años de su muerte, no nace sólo del aura de heroísmo de muchachos de clase media urbanos bien educados inexpertos que se lanzaron voluntariosamente a “asaltar el cielo”, a contrapelo de la rancia oligarquía local y el “imperio imperialista”, como nombra a Estados Unidos el historiador Paul Kennedy, cuando esa nación decide intervenir agrediendo a otras sociedades.

Tampoco es el martirio. Arbenz no fue Salvador Allende. Ni es siquiera, creo, la vigencia que nace del orgullo nacional mancillado por la intervención extranjera.

Es una actualidad de programa político básico, o como dije en otra nota: de asumir las tareas del Estado y los deberes de la nación, para hacer de esta una sociedad cohesionada (ya no digo integrada), con autoestima.

La Iglesia Católica contribuyó a mantener vivo el programa reformista. Puede sonar a paradoja, dado que la jerarquía eclesial fue clave para legitimar social e ideológicamente la caída de Arbenz.

Monseñor Rossell emprendió su exitosa cruzada contra el “peligro comunista” entre la empobrecida base popular católica conservadora. Pero cuando el peligro se había disipado, reivindicó con energía los mismos temas sociales de la Revolución, como condición de paz del nuevo régimen, pero no tuvo eco.

De todos modos, de alguna manera Rossell gestó la “tercera vía”, que tuvo una suerte dispar en los siguientes tres decenios. Se constituyó un amplio movimiento de inspiración socialcristiana que, tras promover las reformas agraria y fiscal en el programa de gobierno de la DC en 1970 y converger con socialdemócratas y comunistas en la campaña de 1974, sufrió una abierta persecución, se radicalizó y fue sofocado violentamente durante los siguientes diez años.

En las negociaciones de paz, en los años 90, gravitaron los temas sociales de la Revolución de Octubre, con un componente novedoso y fundamental, el de la identidad y derechos de los pueblos indígenas. La agenda de la paz es una agenda reformista que, por ser de concertación entre fuerzas desiguales, no incluye transformaciones sustanciales en el régimen fiscal, agrario y laboral.

Es una agenda, sin embargo, de bajo cumplimiento político, escaso rendimiento social, y debate infecundo. Por todo eso, cuando fue sometida a referéndum, en mayo de 1999, quedó sonoramente derrotada. Pero las élites progresistas no podían renunciar a ella, pues en su entorno siguen labrando su identidad.

Es en estas condiciones que nos pillan los 50 del derrocamiento de Arbenz. ¿Qué tanto nos hemos movido en este tiempo? En términos relativos parece que bastante. La agitación social y política ha sido una constante. En política, el lenguaje de la violencia está siendo sustituido, aunque sólo sea por la violencia del lenguaje.

El país se ha fracturado aún más. La economía es un fracaso para la inmensa mayoría. La movilidad social, astringente. La clase media, volátil. Cierta anomia se apodera de los estratos sociales. La juventud permanece indiferente. Campesinos y maestros son de los pocos animados para salir a las calles a reclamar. La polarización ideológica sigue siendo brutal y el debate empobrecedor, por anacrónico. Las tareas siguen pendientes, como hace 50 años. Lo que daríamos por tener un programa de cambios políticos y sociales. Vamos a tener que inventar alguno.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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