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¿De quién es la nueva guerra?
por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 18 de julio de 2004

La prensa internacional está reflejando desde hace varios meses una nueva tensión en las relaciones entre el poder político y los servicios de inteligencia, y el papel de ambos en la seguridad global.

Los servicios de espionaje han tenido fallas en la anticipación de ataques terroristas, como los del 11 de septiembre 2001 en Nueva York y del 11 de marzo 2004 en Madrid, a pesar de que advirtieron de los peligros.

Los poderes políticos, por su lado, han buscado saciar su apetito de ir a la guerra, como en Irak, sin apoyarse debidamente en evaluaciones de inteligencia.

Los parlamentos de EE.UU., Gran Bretaña y España ya empezaron a desvelar una madeja enredadísima que muestra debilidades de información, manipulación de la opinión pública e intereses económicos no confesos tras la lucha contra el terrorismo.

Estamos en este punto porque las cosas no han salido bien. Ha seguido la guerra tras la ocupación de Irak. Hay indicios de que, como casi todas las guerras, se está entrando a la etapa degenerativa: deterioro de los principios, incumplimiento de convenciones, malos tratos a prisioneros y civiles.

Las redes terroristas aún llevan ventaja sobre los sistemas de información. Y éstos, sin sintonía con los centros de decisión política, no han hecho avanzar los objetivos de tener un mundo más seguro.

Al contrario, Al Qaeda se ha extendido a 60 países, mantiene intacta parte de su dirección y dispone de 18 mil terroristas potenciales. Sus amenazas surten efectos. Al punto que en la democracia más normal, EE.UU., se habla de posponer las elecciones en caso de un atentado en la víspera.

La estrategia de guerra preventiva ha fallado. Richard Clarke, coordinador de la lucha antiterrorista durante diez años en la Casa Blanca, explica las razones en su libro Contra todos los enemigos: no hay relación de causa a efecto entre la amenaza y la respuesta. Hubo errores de inteligencia, de coordinación de servicios, pero sobre todo –dice– errores políticos.

Los escenarios de futuro que elaboran los centros de análisis, no fallaron. Es más, pudo haber ocurrido la paradoja de que inspiraron cierta táctica y estructura terroristas. Uno de los ideólogos de Al Qaeda dijo a principios de 2002 que para entender su organización había que leer la Gaceta del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos.

Se refería a un artículo publicado hace doce años que describe un arte militar, que denomina “guerras de cuarta generación”. Serán –explicaba– de pequeña escala, surgirán en distintas regiones del planeta contra un enemigo que, como un fantasma, aparece y desaparece.

Los ataques del 11-S dieron inicio a lo que Thomas Wilson, director de inteligencia del Pentágono, define como el periodo “por la lucha sobre la globalización”.

Los principios de la defensa estratégica (advertencia, ataque preventivo y de disuasión) fueron superados. Los terroristas provocaron el colapso desde dentro y tornaron en debilidad la fortaleza de la intercomunicación.

Por eso, el nervio de su estrategia descansa en el uso de nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones. Han realizado inversiones serias para construir una arquitectura informática con capacidad no sólo defensiva.

Desde encriptar archivos de computadoras y cd-rom hasta emplear tarjetas de teléfono no identificables, por satélite y teléfonos móviles desechables. Usan correos electrónicos codificados, salas de chat corrientes y buzones clandestinos.

Poseen cuentas de correo de yahoo o hotmail con nombres de usuario y contraseñas compartidos. Alojan borradores de mensajes sin tener nunca que enviar o recibir el correo electrónico. Las pistas de inteligencia sobre los ataques del 11-S estaban en una dirección de correo: last_day_11@hotmail.com.

Así, Al Qaeda adquirió capacidad ofensiva de inteligencia y vigilancia, a la vez que su estructura de trabajo en red con múltiples nodos le protege de infiltraciones y le da una elevada movilidad.

Antes de enfrentar abiertamente esta amenaza, el brasileño Marco Cepik, autor de Espionaje y Democracia, estimaba que los servicios de inteligencia empleaban a más de un millón de personas en el mundo y disponían de recursos por US$100 mil millones. Sus satélites espías eran capaces de interceptar un millón de mensajes por mes (llamadas telefónicas, faxes, correos electrónicos, etcétera).

Por lo visto fue insuficiente. Pero los servicios de información son un mero instrumento. Sin una dirección política adecuada, fracasarán y no podrán superar sus deficiencias actuales. En EE.UU., donde esto se discute con naturalidad y una legitimidad social no común para nuestro medio, es un asunto crucial en el rumbo del país.

Pero nos incumbe, pues cuando a las crisis políticas se les suman dificultades económicas y amenazas de seguridad, el mundo no progresa, retrocede. Dice Joseph Nye, profesor de Harvard, que no ganarán esta guerra a menos que ganen los moderados en cada país, y para eso EE.UU. debe también usar su “poder blando”, basado en cultura, ideales políticos y reformas sociales.

EE.UU. es más poderoso que ningún otro país desde el Imperio Romano, pero no es invencible. Roma no se derrumbó ante otro imperio, sino ante el acoso de los bárbaros. “Los modernos terroristas de alta tecnología son los nuevos bárbaros”, sostiene Nye.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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