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Las maras
por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 5 de agosto de 2004

Ni ángeles ni demonios. Jóvenes marginales, rebeldes y agresivos. Labran su identidad en la pertenencia pandillera, ahí tejen códigos de conducta y comunicación. Pasan horas hablando, tramando, fumando y a veces drogándose. Es la escuela real de unos 100 mil muchachos. ¿Qué los une? Un sentido de protección y aventura, la estrechez de espacio físico y afectivo de sus hogares, habitar un mismo barrio, un territorio, y una magra suerte compartida en una sociedad donde pareciera que sobran.

¿Cómo llegaron las maras a ser consideradas el flagelo más peligroso de la sociedad? Hace 15 años, la historiadora Deborah Levenson hizo un estudio sobre las maras en la capital. Eran quizá la primera generación. Jóvenes que habían crecido en la turbulencia de la guerra, en las furtivas migraciones y en la expansión acelerada de barrios miserables. Fueron descritos como muchachos expulsados de sus casas por la violencia de sus mayores, las precariedades y falta de atención y guía. Hicieron de la mara su familia. No confiaban en nadie. Sus héroes eran mitos tan dispares como el Papa Juan Pablo II y Madonna.

Muchos de ellos se enrolaron en actividades delictivas cada vez más serias. Y es que, además, para sobrevivir en la calle el prestigio que vale es el de la fuerza. Las maras más violentas y mejor armadas son las más respetadas. Por su control de territorios fueron enganchados por los cárteles de la droga. Cada cierto tiempo sus líderes caían en las campañas de “limpieza social”, o entraban a cárceles hacinadas y salían por la puerta judicial. Muchos supervivientes emigraron a Los Ángeles y San Francisco. No fueron tantos los que lograron rehabilitarse, por falta de oportunidades.

En EE.UU. encontraron salvadoreños, hondureños y paisanos también organizados como maras (Salvatrucha, Mara 18) para enfrentar a la “Mexican Mafia”. Más violentos, consumistas, conectados a las drogas y al crimen organizado, las maras fueron dejando estela en la ruta del migrante: EE.UU., México, Guatemala, El Salvador y Honduras.

En realidad poco se conoce a fondo sobre ellos. La sociedad está dividida. Los “causistas” (minoría) piensan que estos jóvenes se rescatan con programas efectivos de educación, empleo y rehabilitación, pues la mayoría no son delincuentes; los ven como chivos expiatorios de las autoridades. Los “efectistas” creen que las maras deben ser exterminadas a sangre y fuego, pues son una amenaza a la convivencia y no hay otro lenguaje que entiendan.

Desde el año pasado ha habido un intento de coordinar estrategias entre El Salvador, Honduras y Guatemala. En El Salvador se aplicó el “Plan Mano Dura”, al que siguió la “Ley Antimaras”. Miles de jóvenes tatuados, peludos o rapados, y con vestimentas flojas fueron arrestados. En Honduras las maras estaban advertidas y respondieron con extrema violencia. Por cada baja cobraban vidas de policías y comerciantes. Una auténtica guerra, hasta que 105 de ellos murieron carbonizados en un dudoso accidente en San Pedro Sula, donde guardaban prisión. Guatemala es el último país en ruta a integrarse a la estrategia de “guerra” a las maras. Pero antes de hacerlo se debería de aprender bien las lecciones de nuestros vecinos, pues quizá no todas sean dignas de imitación. En Honduras hay un re-examen.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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