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Tras la caída del Muro
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 11 de noviembre de 2004

La mañana del 9 de noviembre de 1989, cuatro funcionarios de la Stasi (Policía política alemana oriental) y del Ministerio del Interior discutieron una nueva ley de viajes, que esa misma tarde aprobó el Consejo de Ministros. A las siete de la noche, un gris funcionario del Politburó la anunció en conferencia de prensa, y cuando un corresponsal de la agencia italiana Ansa preguntó cuándo entraría en vigor, equivocó los papeles sobre la mesa y respondió: “inmediatamente”.

Ese confuso incidente desencadenó el derrumbe del Muro de Berlín, referente por cuatro décadas del mundo bipolar y la alternativa de sistemas políticos. Los agentes migratorios alemanes, sorprendidos por la noticia, no supieron interpretarla. Las protestas callejeras de los últimos días, que venían in crescendo, encontraron así una válvula de escape. A las cuatro de la mañana del día 10, unos 68 mil estealemanes habían traspasado a pie el Muro, y otros 9 mil 700 lo hicieron en automóviles. Las autoridades se comportaban de manera afable, en el mismo sitio donde, dramáticamente, 1,065 personas habían muerto en el intento de emigrar.

Con ese símbolo terminó nuestro “breve” siglo XX (1917-1989). Dos años después vino la implosión de la URSS y el quiebre del socialismo como sistema planetario alternativo. Las expectativas del nacimiento de un mundo estable, próspero y en paz fueron fugaces. La revolución conservadora de Reagan y Thatcher, queriendo volver a los principios rectores de la mano invisible del mercado, no trajo lo prometido. El crecimiento económico en los 15 años transcurridos ha sido decepcionante. La brecha entre ricos y pobres se amplió desmesuradamente. El desempleo creció. Las redes de protección social, en general, están colapsando. Decenas de miles de hambrientos del Sur intentan azarosamente, a través de océanos inclementes y desiertos voraces, atravesar otros muros no visibles hacia la libertad económica. Las mafias, que trafican drogas, personas y órganos humanos, se volvieron una amenaza sin precedentes.

Y lo dicho se aplica, tanto a Latinoamérica como a los 15 países ex socialistas de la Europa Central y del Este, así como a varios de Asia y los industrializados. El mundo venía incubando, desde los años 70, tanto en el capitalismo como en socialismo, una seria crisis de reproducción y, por tanto, de legitimidad. Pero el derrumbe del socialismo no resolvió esa crisis, más bien la profundizó. La gente que vivía en el sistema planificado anhelaba libertad, pero se ha encontrado un capitalismo salvaje que, en algunos casos, está dominado por la economía delincuencial. Nuestros pueblos se han librado de las dictaduras militares, pero otras decenas de miles de personas han iniciado la larga emigración en busca de la prosperidad que les niega la democracia liberal.

Es muy temprano para hacer balances. Aunque resulta insoslayable que esta vez, con la tecnología a la mano y sin más rivales que ella misma, la democracia se enfrenta a sí misma. O contribuye a abrir las puertas a los países rezagados, las capas medias y los pobres, o se abrirán insospechadamente otras brechas. Empiezan a florecer los populismos, pero ahí no termina la historia, como bien sabe ahora el señor Fukuyama.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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