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Volviendo a las elites
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 25 de noviembre de 2004

Mi nota del 14 de noviembre no le gustó a cierta gente. En nuestro medio abunda la crítica y condena hacia políticos y burócratas, pero no estamos acostumbrados a desvelar el sistema de privilegios económicos, que es también causa de atraso, corrupción y pobreza. Son dos caras de la misma moneda.

Me dijeron que no estoy “autorizado” a expresar en público que la estructura actual de las sociedades anónimas vuelve porosa la política fiscal y da paso a corrupción. Lo he conversado con directivos empresariales, quienes no se escandalizan ni me descalifican por ello, tampoco me declaran su enemigo. Les enfaticé que no necesitamos reformas tributarias cada cuatro años; basta con hacer transparentes al fisco las rentas reales de las sociedades anónimas. También hay que promover la reforma de la Ley de Compras y Contrataciones y no seguir operando fideicomisos, que son fuente de discrecionalidad y corrupción.

Con la forma actual de encubrir utilidades, la carga tributaria real seguirá siendo precaria, recayendo sobre la fatigada clase media que depende de su salario, los empresarios medios que compiten sin privilegios y quienes, con mucho esfuerzo, logran abrir cuentas de ahorros. Por eso gente de negocios con ética de responsabilidad social, que entiende la necesidad para el mercado de tener instituciones públicas de calidad -como en cualquier país moderno en vías de progreso-, tiene enormes dificultades para prosperar en nuestro medio.Éste es un debate necesario. Debemos romper el tabú, liberar el secreto de la “caja negra” de porqué unos prosperan y otros no, al margen de las oportunidades de un mercado competitivo o de un trabajo honrado y bien hecho, o del talento empresarial o de asumir riesgos.

La destrucción de la clase política no resuelve el problema de la corrupción. Sería como creer que “depurando” a la oligarquía se acaba la desigualdad y la exclusión. El problema no se reduce a la condición humana. Más bien el pesimismo que esa condición despierta hace la necesidad de construir una clase política con responsabilidad de Estado, sujeta a controles, pero con la autonomía y autoridad para imponer, a su vez, controles fiscales y laborales y ambientales a los poderes fácticos.

Nos desahogamos señalando al “gobierno más corrupto de la historia” (el último siempre lo ha sido en el imaginario), pero seguimos medrando del sistema de corruptelas. Funcionarios que “muerden” para hacer, como “favor”, su trabajo, anticipando que el agente privado a su vez defrauda el fisco o desquita con sus empleados o clientes. Agentes privados que ya no tributan porque pagaron la “mordida” etcétera. Ese, Ricardo Sagastume (director de Cámara de Industria), es el sistema que hay que romper. No se quiebra en los tribunales, pues éstos sólo juzgan gente, no cambian sistemas. Hay que modificar condiciones legales, procesales, institucionales y hasta el sistema de valores -pues acá hay un doble rasero- para que el mercado y el Estado cumplan su función eficazmente en el desarrollo. ¿Dónde están las elites que lo harán? Ése es mi punto.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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