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Reclamos de autonomía
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 27 enero de 2005

Quizá estamos ante la transición hasta estados transnacionales.

Ayer una marcha en Ecuador reivindicó la vieja aspiración autónoma de Guayaquil. La semana pasada, en Bolivia, la provincia de Santa Cruz proclamó su decisión de constituir su propio Estado. Esto ocurre a la vez que los Estados Nacionales se integran económicamente y tratan de elevar su capacidad de negociación comercial en bloque. Y cuando la conciencia de una Unión Sudamericana cala entre los líderes políticos y empresariales.

En Europa Central y del Este, simultáneo al derrumbe del régimen socialista en la última década del siglo XX, renacieron antiguas nociones de Estado con bases regionales e identidades nacionalistas. Y esas tensiones, hoy día, continúan. Al mismo tiempo, en el entorno, la Unión Europea se amplía y labra una Constitución común, sumando a varios de esos nuevos Estados.

El resorte de esos impulsos autónomos es, muchas veces, el interés de controlar, por parte de oligarquías locales, recursos naturales estratégicos. Puede ser petróleo, gas o metales. Pero también hay ciertos valores culturales que se reivindican con energía ante un Estado Nacional que siempre ha tendido a la homogenización –a veces por la fuerza– y que la mayor parte de las veces es inhábil en sus propósitos interculturales.

Desde luego que esta crisis de los Estados Nacionales provoca cierta angustia e incertidumbre, sobre todo a quienes habitan en las ciudades que concentran el poder político y a sus elites que, desde ahí irradian su poder y control. Pero esa dinámica, que en otro momento habríamos llamado balcanización, parece una consecuencia lógica del proceso de globalización que está en marcha y que gobierna a nuestras sociedades.

Los Estados Nacionales tienen menos control de su política exterior y por otro lado hay demasiados signos que vulneran la conocida idea de economías nacionales. Las desigualdades y las exclusiones nacionales hacen que los pueblos, en apariencia, dependan más de las elites económicas, pero éstas, al revés, tienen menos interés en las masas empobrecidas. Y no están dispuestas a distribuirles sus ganancias, pues el entorno nacional ya no es lo que configura su mercado. Por eso, para ellas, es más rentable que la gente emigre y capitalice con las remesas sus comunidades. Así se resuelve, al menos por el momento, el problema de la supervivencia y disminuye la presión interna por el control de los recursos o la redistribución de las riquezas.

En Guatemala las reivindicaciones autónomas han figurado desde el surgimiento del Estado Nacional. La noción del “sexto Estado” permanece fresco en el imaginario de Los Altos. También ha habido esbozos de autonomía de los pueblos indígenas, aunque la noción de Estado no se configura claramente. Últimamente los movimientos sociales tienden a identidades más territoriales y menos sectoriales. Para ir más allá requieren elites con propuestas viables y respuestas a sus demandas. No es necesariamente el fin del Estado Nacional, quizá el tránsito hacia Estados transnacionales, con articulaciones regionales y locales, que, deseablemente, deben ocurrir sin traumas violentos.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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