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La hora del TLC
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 3 de febrero de 2005

Nadie quiere ser mal visto por Estados Unidos.

La minería, como el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, polariza a la opinión pública. Pareciera que la batalla de la minería la ganó la Conferencia Episcopal. Aunque está por verse, pues lo concesionado, concesionado está. Y lo que viene, ya se verá. Con el TLC la relación de fuerzas es menos simple.

Para la mayoría de políticos no está claro qué se gana y qué se pierde. Si uno revisa los intereses de los grupos en el Congreso, no tardará en concluir que el gobierno logrará los votos necesarios (con el FRG, los Unionistas y quizás el PP). No precisamente porque convenza a las bancadas de los beneficios del tratado, sino porque en los cálculos de éstas se atraviesan otras cuentas.

Para empezar, nadie es “proteccionista” (aunque muchos se dicen nacionalistas). Acto seguido, nadie quiere ser mal visto por Estados Unidos, sobre todo en una causa en la que está comprometido personalmente el presidente Bush (y en la que muy probablemente obtenga el respaldo de sus congresistas).

Desde la perspectiva de Guatemala, no se ha hecho realmente el balance. En parte, porque lo ganado, ganado está en la Iniciativa de la Cuenca del Caribe, promovida por el ex presidente Reagan en 1982. Y, en parte, porque las cuentas rojas pueden ser subversivas en el agro, las pequeñas y medianas empresas. Es la causa (o resultado) de que los potenciales perdedores no están suficientemente organizados ni tienen capacidad de presión.

Tan destrozados –políticamente– estaremos que resulta difícil defender el status quo. Y es que la agricultura (sobre todo de granos básicos) ha sido quebrada sin misericordia en las últimas tres décadas por nuestros propios industriales. Ya no hay trigueros, los paperos están menguados y los millones de maiceros vuelven (tras un breve respiro) a acumular pérdidas por los arbitrarios aranceles, además de la esclerosis del mercado: falta silos, asistencia técnica, créditos e intermediaciones. Los pequeños y medianos industriales y comerciantes, hace rato, quedaron abrazados por la liberalización de hecho de los mercados y el boom de los grandes centros comerciales. Sólo sobreviven aquéllos vinculados a la informalidad y, aunque no es lo mismo, al contrabando. Ni los campesinos ni los sindicatos tienen la fuerza para doblarle la mano al Congreso. Y el sector privado, más por ideología que por negocios amplios, se alineará al TLC. Nadie va a ganar mucho más.

Ni los azucareros ni los industriales. Menos los maquiladores, quienes el 31 de diciembre vieron fenecer las cuotas de importaciones. Pero todos se sentirán más seguros de estrechar lazos comerciales y de dependencia con los líderes del planeta que, además, dan cobijo al 10 por ciento de la población que nuestra economía es incapaz de absorber, quienes, por si fuera poco, generan más divisas que cualquier producto de exportación incluido o excluido del TLC. Los emigrantes, creo, están a favor del TLC. Con lo dicho quiero llamar la atención sobre que el debate y las previsiones deben ir más allá de lo que ocurrirá en Washington y Guatemala durante este semestre en torno al tratado. Y es que fritos ya estamos, con nuestro propio aceite.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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