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Hasta que grita la realidad
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 13 de febrero de 2005

La experiencia más exitosa de desarrollo es la que se impulsó en la segunda mitad del siglo XX. Bajo el paradigma del Estado de bienestar, con Estados nacionales sólidos y amplios acuerdos sociales entre patronos y trabajadores, varias sociedades en Europa, el sudeste asiático y América del Norte alcanzaron un crecimiento económico notable, a la par de una reducción sorprendente de las desigualdades y exclusiones.

Con matices, en Latinoamérica sólo aprobamos la mitad de la asignatura. Por ejemplo, en Guatemala el dinamismo de la economía hizo que el producto casi se duplicara (80 por ciento) entre 1950 y 1980. Las poblaciones urbanas se expandieron rápidamente y las clases medias se ensancharon como nunca. Las plantas industriales florecieron y la agroexportación fue una importante locomotora del crecimiento.

Sin embargo, esa primera modernidad se montó en los viejos pilares feudales de relaciones laborales y acceso a propiedad. Y demandó un régimen político autoritario y clientelar, bajo el dominio de los militares, para mantener a raya a los movimientos sociales y las fuerzas políticas reformistas. Los servicios básicos jamás se universalizaron y las brechas sociales no alcanzaron a cerrarse. La pita se rompió por lo más delgado, la guerra civil, que acabó por desgarrar el tejido social dejando exhaustas las reservas morales del Estado para constituir un régimen de derecho, liberado de intereses fácticos.

Todo eso es historia. Ahora el escenario es muy distinto. Las empresas transnacionales han impuesto su velocidad al mundo. Sin necesidad de revoluciones políticas o reformas constitucionales, han escrito otras reglas que rompen el anterior equilibrio. Las empresas operan globalmente; los Estados y gobiernos, localmente. Bajo el paradigma neoliberal, los Estados (y los políticos) renunciaron a la regulación y la universalización de las políticas sociales. Por eso, las brechas sociales y económicas crecen tan rápidamente. Aunque técnicamente las empresas podrían ensanchar sensiblemente el empleo, no tienen seguridades de mano de obra leal. Contrario del esquema actual: pocos trabajadores, bien calificados y pagados.

En América del Sur la gente ha optado por gobiernos reformistas provenientes de la izquierda tradicionalmente opositora que reivindica a las masas empobrecidas. Sin decirlo abiertamente, estos gobiernos impulsan programas para recuperar el desmantelado Estado de bienestar.

Pero el bajo desempeño de sus políticas muestra las limitaciones estructurales para hacerlo, no obstante que han respetado las reglas económicas del juego y que el crecimiento ha vuelto como en los viejos tiempos.

En teoría es la fórmula para emprender las políticas de inclusión, pero no está resultando así. Para unos es cuestión de tiempo de maduración, para otros hay que reformar el régimen político profundizando la democracia y gobernando la globalización.

Entre tanto, crece la impaciencia de los excluidos y los focos de ingobernabilidad. El reto urgente es imaginar otro pacto social que establezca nuevos equilibrios de poder. Pero quizá la conciencia no esté abierta a aceptar el cambio si antes la realidad no ha gritado lo suficiente.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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