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Breve retrato del “Estado fallido”
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 1 de mayo de 2005

Eran, más bien, programas de reedificación nacional. Un balance indica ahora que esos propósitos han sido incumplidos, porque las fuerzas políticas, económicas y sociales nunca los asumieron como reales desafíos. Estuvieron demasiado ocupadas en pleitos inútiles, degradando la política. Además, distorsionaron sus cartas magnas con leyes ordinarias e interpretaciones coyunturales dictadas por los supuestos “guardianes” de la ley. Sus sistemas, eso sí, han producido una sorprendente inflación de leyes -contradictorias entre ellas- que vuelven al Estado de Derecho mercados al gusto del cliente, donde se impone el más fuerte.

Hablo de democracias políticas en las que ocurren puntualmente los eventos electorales, donde los votos, esta vez, se cuentan bien. Países en los que ninguna fuerza política ni ideológica recibe el beneficio de la duda por segunda vez. Nadie repite, por voluntad popular. En consecuencia, no hay continuidad de políticas públicas básicas. Por ejemplo, no se han podido fundar sistemas educativos para la democracia, el mercado y la globalización. No hay seguridad jurídica para la población ni para los inversionistas. Tampoco cultura tributaria. Se ha conspirado permanentemente contra la carrera pública. Los políticos profesionales son una especie en extinción, y la escasa tecnocracia sufre repelentes cada cuatro años, o cuando toma en serio su trabajo.

Describo democracias en las que no han florecido partidos ni movimientos sociales permanentes con implantación nacional. Ni siquiera las inversiones privadas han coadyuvado a la integración de los países. Los factores de “unidad nacional” son tan precarios que penden apenas de cierta inercia (y anomia) social e inapetencia territorial (que está cambiando) de oligarquías regionales. Países con logros democráticos de baja escala. Pasan la prueba de ciudadanía electoral, pero no la de ciudadanía civil y social. Los políticos mandan a las cortes aquellos puntos de su propia agenda que no quieren o no pueden resolver. Así, los poderes autónomos republicanos se invaden mutuamente: se politiza la justicia y se judicializa la política. Los poderes electos son rehenes de los poderes fácticos (locales y extranjeros). Y las porciones de población y territorio fuera de la gobernabilidad del sistema, aumentan, y son, conforme pasa el tiempo, más duros. Cada habitante de esos territorios busca por sí mismo cómo sobrevivir y protegerse, sospechando constantemente de los demás. El Estado y sus normas van quedando al margen de la vida cotidiana.

No hablo de Brasil, México y Argentina, que saldrán adelante por su gravitación territorial y su tradición institucional. Tampoco de Chile, Uruguay y Costa Rica, dada su madurez institucional. Ni siquiera de Venezuela, con sus vastos recursos naturales. Ni de la controversial Cuba, que cuenta con el capital humano más calificado de la región. Me refiero a lugares cuyo desafío es consolidarse como naciones modernas, y no tienen forma de hacerlo más que integrándose en subregiones, llámense Centroamérica o Comunidad Andina. Por sí solos son inviables, pues carecen de instituciones para establecer equilibrios. Han frustrado su aspiración democrática, pues siguen sin lograr cohesión social. Y no se deciden a emprender un esfuerzo serio para cerrar las brechas de desigualdad, exclusión y pobreza.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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