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Humo blanco en Washington
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 5 de mayo de 2005

Latinoamérica envía a rescatar una nave en pleno naufragio a uno de sus políticos mejor formados y capaces.

La OEA está en crisis financiera y política, pero eso no significa que sea irrelevante para sus 34 Estados miembros. La disputa latinoamericana por la secretaría general, que concluyó el lunes pasado, fue cerrada e inédita. La singularidad consistió en que los candidatos ungidos de EE.UU. -el gran elector- fueron descartados una y otra vez. Algunos observadores destacan que la elección de José Miguel Insulza, ministro del Interior de Chile (equivalente a vicepresidente) y militante socialista, es una derrota de Washington. Es pretencioso afirmarlo. Habría que verlo en positivo. Latinoamérica es una región compleja que, en medio de enormes dificultades, ha crecido en proyección política. Y esa dinámica la ha tenido que reconocer EE.UU.

Lo cierto es que sin la anuencia de Condoleezza Rice, Insulza no sería hoy secretario general. Y, por otro lado, sin el respaldo al estadista chileno de al menos 19 países (que resistieron el duro cabildeo del Departamento de Estado), la cancillería chilena no hubiese tenido piso firme para negociar con la potencia del Norte, aprovechando un hecho circunstancial: el embajador de Santiago en la ONU, Heraldo Muñoz, es amigo personal de Rice, pues fueron condiscípulos en Stanford.

El “humo blanco” del edificio en 17th Street y Constitution Ave., sede de la OEA en Washington, es promisorio. Latinoamérica envía a rescatar una nave en pleno naufragio a uno de sus políticos mejor formados y capaces. Insulza fue mi maestro en un posgrado, y he seguido su trayectoria desde que salió de la Democracia Cristiana para apoyar a Allende, hasta que lo volví a encontrar en el Palacio de La Moneda hace un par de años. Negocia intereses, no principios. En 1998, siendo canciller, pasó una prueba difícil: pidió a Londres la repatriación de Pinochet, asumiendo la tesis del mejor derecho a enjuiciar. La historia le dio la razón, pero, entre tanto, sufrió el escarnio de colegas socialistas, víctimas de la represión y exiliados. Insulza mismo estuvo exiliado y sufrió la persecución ordenada por Pinochet. Su postura reflejó la madurez del consenso chileno y la confianza en sus propias instituciones.

Por eso creo que no hay mejor director de una OEA que se asemeja a un cigarrillo menguante que a duras penas sostiene su extensa ceniza, que el representante de una sociedad política que aprende a sanar sus heridas, que no se queda estancada lamentando su tragedia, y sabe trazarse y cumplir metas y acuerdos nacionales.

Los retos que enfrentará Insulza no son menores: un continente en ebullición, democracias agujereadas por el neoliberalismo, un instrumento político que crece por agregación, un presupuesto comprometido. Y, por si fuese poco (como lo demuestra el breve paso reformador de Miguel Ángel Rodríguez), una burocracia resistente a la pérdida de privilegios, con suficiente capacidad de fuego como para obstruir y destruir a un secretario general.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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