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Temer y, a la vez, abonar el populismo
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 8 de mayo de 2005

Está fuera de discusión que los partidos políticos despiertan desafección, son máquinas intercambiables para atraer votos y no han podido absorber nuevas demandas de representación.

Está corroborado que el fracaso de la cohesión social expone a la población pobre al clientelismo y ofrece prácticas de movilismo a grupos con aspiraciones de ascenso social.

La consecuencia probable de esa combinación -desinstitucionalización más precariedad económica e inadecuada inserción social- es que la política democrática sufra una regresión. Significa que los poderes fácticos (llámense oligarquías, grupos armados no estatales, mafias, narcotraficantes, o estructuras militares) adquieren mayor preponderancia. Son capaces de financiar campañas, movilizaciones y anular la precaria institucionalidad del Estado, enajenándola de la sociedad.

Si a eso sumamos que a la par de la pobreza y el desempleo va creciendo una ola de criminalidad irrefrenable, la traducción política del escenario que se configura podría ser la preferencia electoral por gobernantes de “mano dura”, mediáticos, autoritarios y populistas (en el sentido que desprecian a las instituciones). El populismo da para todo signo ideológico. Puede ser de derechas (más probable, en nuestro caso) y de izquierdas (más temido por el statu quo).

Y un factor adicional: si no somos exitosos en que los pueblos indígenas logren una eficaz inserción socioeconómica y adquieran una adecuada representación política, lo cual incluye márgenes reales de toma de decisiones y de ejercicio de autonomías, eventuales movimientos radicales pueden levantar banderas muy diferentes a las que hoy vemos.

La paradoja de este escenario no deseable por las elites -pues expresa frustración del ensayo del ejercicio de las libertades, devaluación del imperio de la ley, descarte de principios de rendición de cuentas, inestabilidad política, probablemente militarización, bajo atractivo de inversiones y comercio, y repelentes internacionales-, es que ellas lo abonan, a veces sin una clara conciencia.

Veinte años de democracia no nos hicieron madurar ante la política y sus instituciones democráticas, ni ganar prudencia sobre las políticas macroeconómicas. Trituramos a los partidos y los políticos con argumentos sospechosamente moralistas, enteramente fuera de lugar, pues nos exponemos a que estos nos midan (y lo hacen) con la misma vara (terrible invasión de lo privado, con un grave saldo maniqueo de lo público). Hacemos del crecimiento económico, el comercio, las concesiones y la inversión (bienes comunes) asuntos de inconmovible principio ideológico. Reclamamos el imperio de la ley, pero subestimamos las reglas institucionales. Revestimos nuestro urgente interés particular (pecuniario, muchas veces) como valor universal o signo de progreso social, menospreciando costos sociales y fiscales, y, para el crítico, el recurso fácil y barato de la descalificación.

¿Nos habremos vuelto, acaso, los predecibles arquitectos de nuestras peores pesadillas? Ayer fue el comunismo, hoy el populismo. “Ganamos” las guerras, pero no conquistamos la paz.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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