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Corrupción de la política
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 15 de mayo de 2005

Las relaciones entre moral y política han sido siempre complicadas.

A pesar de que la función de la política es resolver conflictos y procurar la supervivencia de la comunidad, pareciera que ya resulta inútil socialmente, dado que las únicas noticias que nos llegan sobre ella son, gruesamente, escándalos de inmoralidad. Quizá Weber tuvo razón cuando dijo que ingresar a la política era estar dispuesto a aceptar el beso del diablo.

Pero fue el mismo Weber quien diferenció la “ética de las convicciones” (el deber ser, aplicado a la vida práctica) de la “ética de las responsabilidades” (el ser, más allá de las convicciones). Antes que él, Maquiavelo, Kant, Grasmci y otros pensadores emprendieron la tarea de separar la moral de la política, lo cual fue altamente valorado en el siglo XX, cuando las sociedades crecieron enormemente en complejidad.

Ellos sabían, además, que la invasión luminosa (y a la vez confusa) de la moralidad hacia los penumbrosos territorios de la política, poblados de ambigüedades, pocas certidumbres y extrañas conjugaciones de intereses concretos, acabaría desestabilizando los cimientos de la propia moral. La política reclamó ser juzgada desde sus propios códigos: legalidad, eficacia y responsabilidad.

La moral ha quedado definida como un conjunto de principios y normas de vida que adopta privadamente cada quien. Como dice Fernando Savater: “Cuando pienso moralmente no tengo que convencerme más que a mí… Lo que vale es estar de acuerdo con uno mismo y tener la inteligencia y el coraje de actuar en consecuencia, aquí y ahora”. La política, en cambio, es la búsqueda de acuerdos con otros, donde resulta imprescindible convencer o dejarse convencer. Y sus tiempos no son tan cortos, como pueden ser los de una vida personal.

El prestigio de la política depende, en principio, de los resultados y la capacidad de cumplir compromisos. El político es juzgado por su talento para procesar intereses diversos y contrapuestos en la sociedad, no por sus sanas intenciones. Pero la política, ciertamente, ha ido perdiendo poder transformador y capacidad distributiva. Va quedando enclaustrada a un mero procedimiento electoral y a cumplir una carta de navegación ya establecida desde afuera. Esa es la corrupción real de la política, en el sentido de que es alterada su esencia y reducida a la impotencia.

Vivimos el desaliento de la política, y la política del desaliento. Bajo esas circunstancias la siempre inapelable moralidad se proyecta otra vez hacia la política, casi con tanta fuerza inquisidora como hace cinco siglos. La moralidad ahora viene acompañada de una alta exposición mediática que arroja luz sobre actos inmorales y amorales de la política y los políticos. Pero, en su afán de moralizar la política, la moral acaba politizándose. Ante su impotencia, el “nuevo” estilo político es buscar legitimidad en predicamentos morales. Por todo eso, bien vale la pena introducir racionalidad en el escenario: tratar de recuperar el lenguaje de la política, liberarla del yugo de la economía y procurar su equilibrio con el mercado.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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