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Otro paradigma de democracia
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 22 de mayo de 2005

Ya no pidamos “desarrollo” a la democracia liberal.

Es inútil. Estructuralmente no puede promoverlo para países como el nuestro. Tampoco exijamos virtudes públicas, desde nuestro encierro privado, porque de la frustración pasaremos a la amargura y el nihilismo, o nos refugiaremos en algún fundamentalismo religioso.

Mejor ensayemos otro enfoque de la democracia. Recuperemos a los antiguos griegos y su concepto de realización humana en la “polis” tras el objetivo de defender las libertades ciudadanas. Es cierto, debemos contar con instituciones sólidas y eficaces, pero éstas son insuficientes -y corrompibles- sin una ciudadanía activa, sin el “vivere civile”, que decía Maquiavelo. No tenemos que volver a escribir la carta de Bolívar: “Promoví repúblicas, pero no republicanos”.

El problema de la democracia liberal, ahora establecida como paradigma universal de democracia, es la separación artificial entre sociedad y Estado, y, con ello, la amputación de la política. Con lo cual el individuo queda varado en una orilla y el Estado anclado en la otra. La persona eventualmente se sentirá feliz porque ya no tiene interferencias externas -sobre todo públicas- y así puede realizar, hasta cierto punto, sus virtudes en la familia, el trabajo, la iglesia, el club social. Lo que queda fuera de sus ámbitos privados tiende por lo general a moverse entre la podredumbre y la corrupción.

Los propios griegos clásicos tenían una expresión para calificar tal actitud doméstica: “idiotez”. Las cosas han cambiado ahora, al punto que quienes quieren ocuparse de lo público -sea estatal o no- caen inmediatamente bajo serias sospechas: “Querrá salir de la bancarrota”, “no sabe trabajar, pero sí perder el tiempo y vivir a costas de los otros”. Y claro, ciertamente, la profecía en muchos casos termina cumpliéndose. Pero no sólo la vida pública se corrompe. La desconfianza, los engaños, los dogmas acaban gobernando a las sociedades y corrompiendo el sentido propio de la vida privada.

La democracia -dice Joan Prats- entendida como “virtudes privadas y vicios públicos” no sólo erosiona la legitimidad del sistema sino las libertades que debe garantizar. La libertad no es sostenible porque resulta cada día más gravosa pues los terrenos de la no libertad -la inseguridad, los miedos- la van erosionando. Estamos en lo que Rousseau criticaba a los ingleses: “Se creen libres pero se equivocan porque sólo lo son durante las elecciones… desde que éstas terminan vuelven a ser esclavos”.

¿Cómo destrabar esta democracia que hace depender su vigencia de un Estado de Derecho poroso, y su salud de unos derechos civiles, económicos y sociales que no está generando? Quizá invitando a imaginar otra forma de democracia en que la política no es el juego que veo por televisión o del que me entero por la prensa, en que el quehacer público no es una mera derivación teórica de principios. Quizá haciendo de la política una práctica civil, una innovadora aplicación de razones y soluciones en que mis asuntos -familia, trabajo, empresa, escuela, partido político, instituciones- tienen sentido porque promueven mejores prácticas de convivencia, en el camino de edificar una república digna de su nombre.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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