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La economía del fraude
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 17 de julio de 2005

John Kenneth Galbraith, el célebre economista de origen canadiense que fue asesor del presidente Kennedy, publicó el año pasado, a sus 96 años, un libro desmitificador, La economía del fraude inocente, considerado su “testamento intelectual”.

Se trata de una crítica radical a la economía, la política y la moralidad pública de nuestros días.

“Tal como es enseñada y concebida actualmente la economía está muy lejos de la realidad en todos lados”, sentencia. Protesta que nos hemos rendido al engaño aceptando el “fraude legal”, algunas veces inocente, otras no tanto. Muestra repugnancia a un sistema al que todos se rinden acríticamente, aceptando cómo retuerce a su gusto las verdades y enaltece la especulación como fruto del ingenio, la economía de mercado como remedio de todos los males y la guerra como gran instrumento de la democracia.

Galbraith analiza varios tipos de fraude. Por ejemplo:

1. El cambio de nombre del sistema: “Hablar de sistema de mercado como alternativa benigna al capitalismo es presentarlo bajo un disfraz anodino que oculta… el poder del productor para influir, e incluso controlar, la demanda del consumidor… En esta doctrina no hay individuos o empresas dominantes… Lo que existe es un mercado impersonal. Es éste un fraude no del todo inocente”, sostiene.

2. ¿Somos consumidores soberanos? Galbraith hace esta comparación: el voto le confiere autoridad al ciudadano, y en la vida económica la curva de la demanda otorga autoridad al consumidor. Pero advierte: en ambos casos existe la posibilidad de cometer fraude y las dimensiones no son marginales. “Tanto votantes como compradores pueden ser manipulados” si se cuenta con buena financiación y manejo publicitario. “He aquí un fraude aceptado, incluso en el discurso académico”, reclama. La verdad es que nadie intenta vender nada sin procurar también dirigir y controlar su respuesta.

3. El mundo del trabajo, dice Galbraith, es engañoso. Quienes realizan las tareas más tediosas y agotadoras, tienen los salarios más bajos. “Mientras el trabajo se considera esencial en los pobres, el que los ricos se liberen de él es visto como algo encomiable… en (este caso) el ocio es una alternativa aceptable… que se adorna con mansiones y ostentación… Para los pobres (el ocio) puede ser moralmente dañino (y) es por lo general condenado.” Y anota: quienes tienen menos responsabilidad en los errores o fracasos de las empresas, son los primeros en ser despedidos.

4. El sistema corporativo privado, controlado por su burocracia (no por los dueños) y “basado en un poder ilimitado para el autoenriquecimiento”, no es analizado, tampoco “sus avances en el interior del sector público por medio de las influencias o actividades que le han sido concedidas”. Alega que hay una celebración de la pequeña empresa y la agricultura familiar, pero no representan al sistema del mundo moderno, “son los vestigios de una querida tradición”. En conclusión, su exhortativa es a develar esos fraudes y cambiar las medidas del éxito social y el progreso humano. Lo mejor del pasado de la humanidad (arte, literatura, religión, ciencia) “surgió en sociedades con un PIB muy bajo”, contrasta.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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