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Nos alcanzó el futuro
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 7 de agosto de 2005

Una vez asegurada la ratificación del CAFTA, ciertas cosas cambiarán en Guatemala. No tiene caso discutir si el tratado es bueno o malo

Será bueno para unos, no tan bueno para otros. El CAFTA, por sí mismo, no va a modificar un patrón económico de larga data que ha fracasado en los objetivos del desarrollo. Tampoco es un sino apocalíptico, pues seguir la ruta actual de desigualdad, bajas oportunidades y reglas empobrecedoras, no resulta opción.

No obstante, algo se modificará en la geografía nacional. Habrá un reacomodo de poder en las elites económicas. Las corporaciones que más o menos se prepararon para operar en campos de fuerte competencia internacional, tienen chance de consolidarse ampliando mercados y soldando alianzas estratégicas con transnacionales que querrán afincarse en la zona para aprovechar excepciones en las reglas de origen y ventajas colaterales. Otros capitales locales que no previnieron los cambios o cuyas ventajas comparativas pronto serán irrelevantes, sufrirán una merma considerable.

La fuerza de lo que emerge para ser hegemónico en una sociedad, frente al poder rival que se resiste al desmoronamiento, va a arreciar las tensiones políticas en el corto plazo, abonando los preparativos electorales de 2007, donde, de plano, se enfrentarán a campo abierto.

No se trata de recibir el CAFTA portando luto, ni celebrarlo como panacea. Las corporaciones que ganan pueden hacer un mal negocio al reproducir el patrón de captura del Estado. Y las que pierden, acabarán en ruinas si centran su disputa sobre el control de los negocios y favores públicos. La mayoría de la población, es cierto, no participa del convivio, pero seguirá padeciendo sus estertores. Y es lógico que en aguas agitadas la polarización crezca al orillar a la mayoría hacia la opción más crítica: aquella que aconseja seguir la ruta de alto riesgo, pues no hay qué perder. Eso se traduciría en mayor ingobernabilidad, criminalidad, clientelismo, emigración, descomposición social.

Bajo esas condiciones pedir racionalidad a las corporaciones, es lírico. Aconsejar a la población paciencia y fe en una vida mejor bajo el CAFTA, es demagogia. Pero resalta una responsabilidad mayúscula de los políticos, sean dirigentes de partidos, gremios patronales u organizaciones sociales y de trabajadores. Su desafío es construir un Estado serio, instituciones fuertes, capaces de ejecutar políticas públicas de calidad y normas certeras.

El déficit no es de nichos de competitividad. Eso atiende parcialmente demandas de capital humano y procesos de trabajo para las corporaciones de enclave que identificaron los campos de expansión. El déficit real -nacional, de integración social y viabilidad- es de Estado e instituciones que procesen eficazmente los diversos intereses de la sociedad. El CAFTA puede ser una oportunidad -como hace casi diez años fueron los Acuerdos de Paz-, pero traducirla depende de liderazgos políticos autónomos de las corporaciones, es decir, no cooptados (que no optan por su punto de vista) que quieren hace creer que lo que es bueno para esas empresas ganadoras es bueno, necesariamente, para toda Guatemala.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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