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Catástrofes
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 6 de octubre de 2005

En esta época de catástrofes el mercado queda mudo.

El tsunami y su cobro de 300 mil vidas fue la primera gran catástrofe natural de este siglo. Le precedieron, y han continuado con inusitada secuencia y furia, huracanes de distinta intensidad que asolan nuestro continente. El más dañino hasta ahora ha sido Katrina que anegó Nueva Orleáns. En estos días quedamos en el corredor de los huracanes que provocan inundaciones alarmantes en nuestras costas, arrancando vidas humanas y haciendo trizas siembras, fauna e infraestructura.

El signo de las catástrofes no termina ahí. El presidente Bush anunció en la ONU una nueva sociedad internacional para atender una previsible pandemia de gripe. Según los científicos, decenas de millones de personas podrían morir en un plazo de dos años. La cepa de la gripe aviar ha matado hasta ahora a 60 personas, el 50 por ciento de los infectados.

Otras catástrofes ocurren de manera más silenciosa, pero no menos dolorosa, y hasta más vergonzosa. Cada hora, 1,200 niños mueren por causas distintas, pero todas responden a una sola patología: la pobreza. En tres meses cobran las víctimas del tsunami, que tanto conmocionó al mundo y movilizó solidaridad y ayuda humanitaria. Pero los tsunamis y las tormentas que nos azotan resultan, en gran medida, inevitables y hasta impredecibles. El hambre no.

El problema de la desnutrición, dijo la semana pasada la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) en Guatemala, durante un seminario, no es de insuficiencia de alimentos, sino de desigualdad de acceso. Nuestro país tiene el cuadro más crítico en Latinoamérica y el Caribe, por encima de Honduras, San Vicente y Haití. La paradoja es que Latinoamérica y el Caribe producen cada año alimentos para satisfacer las necesidades de 1,800 millones de personas, tres veces la población de esta parte del hemisferio. Pero el número de gente que padece hambre alcanza 220 millones de habitantes.

Para enfrentar la pandemia de influenza, sólo 40 países tienen planes de contingencia. El resto difícilmente podrá abastecerse de las vacunas necesarias a tiempo. Países Bajos, Japón y otros tienen las capacidades de amortiguar huracanes como Katrina. EE.UU., la única superpotencia del globo, despertó trágicamente inerme ante el huracán. De hecho la catástrofe ha descarrilado la estrategia del presidente Bush, un propósito en el que fallaron sus rivales, los demócratas. Katrina llegó, en sus efectos políticos, hasta Irak e interesó los planes de privatización del seguro social en EE.UU.

Vivimos una época de copiosas catástrofes naturales –y no naturales– ante las cuales el mercado queda mudo. Y es que, efectivamente, no le corresponde prevenir ni organizar la atención a los vulnerables, pues esa es la tarea del Estado. El mercado reacciona ante la demanda de las emergencias y la reconstrucción. Pero el Estado ha quedado raquítico y sin aliento para atender las emergencias. Políticos, magnates y notables quedan anegados por la tormenta o paralizados por la pandemia. Son catástrofes naturales, con caudas sociales dolorosas e inevitables temblores políticos.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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