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Degradados
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 24 de noviembre de 2005

El Ejército se desgranó en poder y autoridad.

Hasta inicios de los 80, después de 30 años de auge económico, los grupos oligárquicos toleraron al Ejército al mando de los asuntos públicos para contener protestas sindicales, campesinas y estudiantiles, a los partidos izquierdistas y a la guerrilla. Las cosas funcionaron más o menos bien: la represión aplacó a la disidencia, y aunque la corrupción carcomía al Estado resultaba un mal menor, sobradamente compensado por las políticas de fomento industrial, de exportaciones, privilegios fiscales y defensa de alguna propiedad mal habida.

Se encendió la alarma en los 70, cuando el Ejército quiso invadir territorios monopólicos de la oligarquía. Corrían los azarosos tiempos de Carlos Arana. Tras las refriegas, y constatando que los militares, en general, no eran diestros empresarios, se restableció la convivencia. Hasta que la perturbación volvió con Romeo Lucas. El riesgo de que el Estado cayera bajo dominios marxistas fue real. Por eso se saludó con vítores el ascenso y, hasta cierto punto, las ejecutorias (en seguridad, no en economía) de Efraín Ríos Montt.

En los 90 se prendió otra alarma: de la guardianía del Estado salían hordas que sangraban a la gente pudiente con secuestros y extorsiones. En mayo de 2000 estupefacto descubrí en la SAE los remanentes de una base de datos de 250 mil personas. Eran potenciales “blancos” políticos y económicos; entre ellos un niño, a quien yo conocía, de apenas tres años de edad, perteneciente a una familia de clase alta.

Así, el Ejército se desgranó en poder y autoridad. Jefes y operadores de Inteligencia salieron con lotes de información bajo el brazo para venderla a empresas, intereses extranjeros y emprendimientos de seguridad privada. La regla de la impunidad aplicada a crímenes de guerra y otras violaciones de los derechos humanos se extendió hacia actividades delictivas de distinto signo, lo cual impidió que el Ejército atravesara con convicción una transición real. Aunado a ello, la institución armada ya no obedeció a los llamados de la oligarquía para un golpe de Estado, según mis datos de 2001 y 2002.

Telegrafío este recuento para dar un primer telón de fondo a mi anterior nota Eclipsa el Ejército. Percibo que en ciertos sectores de la institución armada reina ahora la indignación por la forma como han sido tratados sus representantes por el gobierno de Berger. Se sienten degradados a ciudadanos de segunda. (Una ilustración fútil: tras un acto oficial el año pasado en una sede militar, el mandatario y su círculo departieron sin contacto con los oficiales gracias a un infranqueable cordón rojo.) Resienten ingratitud y traición de los grupos económicos a quienes sirvieron y protegieron.

Lo que se larva con este cambio del estatus militar –lo único relevante de la administración Berger– tendrá múltiples efectos en la lucha política futura. Algunos militares querrán aplicarles la analogía a “los privados”; otros reivindicarán raíces revolucionarias. ¿Cómo se decantarán los “dinosaurios” que han alentado la alianza entre la manu militari y la llamada mano invisible del mercado?

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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