Algo podría estar muriendo
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 21 de diciembre de 2006
Me quedo con los Acuerdos como inspiración, no como letanía.
Hay ciertas ideas o postulados en nuestra historia reciente que no resultaron tanto “ideas fuerza” como camisas de fuerza en un sentido ideológico y estratégico. Lo fue a inicios de los años ochenta el postulado de revolución que condicionaba a realizarla de una determinada manera instrumental, la lucha armada. Quien no la abrazaba era cualquier cosa –reaccionario, reformista, diletante– menos revolucionario.
La noción de democracia, más tarde, se asoció al pacto pétreo, y conforme este se firmaba sobre sucesivos papeles mojados asumió la forma blandida como estribillo por medio mundo, el “consenso”. Todo debía pasar una suerte de ritual que consistía en “consensuar”.
De ahí vinieron los Acuerdos de Paz. Como estos expresaban un consenso, incluso internacional, cuidadito se les criticaba o se emprendían acciones no encuadradas en su institucionalidad, porque entonces se corría el riesgo de caer en la peligrosa categoría de enemigo de la paz. Criticar, por ejemplo, el gobierno de Arzú era criticar la paz, como si se tratase de la misma cosa. En las monedas de un quetzal que se acuñaron por esos años simbólicamente se quiso fundir una paloma con la palabra paz y el apellido del gobernante.
¿Qué estoy diciendo? Que nociones positivas asociadas al progreso, la igualdad, la tolerancia, el bien común y la convivencia respetuosa, tendemos a asumirlas trasladándolas al terreno de la práctica política de una manera equívocadamente dogmática. El nuestro es un modelo de cultura política que sigue fluyendo a través de una antigua vena autoritaria y no vive la utopía que no sea mediante cierta actitud religiosa.
Ahora llegamos a los diez primeros años de la firma de los Acuerdos de Paz y casi todas las evaluaciones hablan de su incumplimiento y reconocen que eran una buena idea, que de haberse cumplido de manera sustantiva nos hubiese hecho más demócratas y desarrollados. Lástima porque ya son muy pocos los que consideran que los Acuerdos son, razonablemente, una hoja de ruta y convergencia nacional. Parece que se agotó su energía antes de haber dado de sí.
A mí en lo particular me parece que eso es sano en la medida que nos libera de una suerte de receta –casi decálogo– que distorsionaba la lucha política. Me quedo con los Acuerdos como inspiración, no como letanía. Y me inclino por la política democrática entendida como conciliación temporal e inestable para ir identificando objetivos estratégicos de desarrollo. Que cada fuerza social y política construya su propio programa en debate libre y aprenda a sostener la esencia de su misión en las negociaciones y convergencias. Si hacemos de la política una actividad más creativa y menos burocrática, algo fundamental habremos ganado en este poco fértil período de 20 años de democracia y diez años de paz.
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