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Si nos quitásemos el casco
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 4 de enero de 2007

Vivimos la era de la globalización, esto es, una velocidad inusitada en la transmisión de impulsos comerciales y financieros, de la información y las comunicaciones. Sin embargo, en algunos campos Guatemala pareciera refugiada tras duras capas de aislamiento que retardan desventajosamente esos impulsos de la globalización. En otros campos, en cambio, quedamos inevitablemente expuestos.

Me refiero ahora a los primeros campos, los del aislamiento gravoso. Hay dos que me llaman la atención en el último tiempo: el económico y el de las ideas. Latinoamérica, por ejemplo, ha celebrado en los últimos tres años el período más importante en el último cuarto de siglo de acelerado crecimiento económico, gracias, especialmente, a los buenos precios de las materias primas en el mercado internacional. Nosotros hasta en 2006 comenzamos a subirnos al tren del crecimiento, en parte por la venta anticipada a precios más bajos que hicieron algunos notables exportadores –entre ellos los azucareros- y en parte por las dificultades de medianos y pequeños inversionistas de tener acceso a capital de trabajo con tasas razonables, no obstante el sostenido aumento del consumo gracias a las remesas. Ahora que pareciera que tomamos el ritmo el horizonte de la demanda mundial inicia la curva descendente de la campana, con un dato ominoso para nuestra economía: el mercado de EE.UU. da señales de un pronto enfriamiento. Ya sabemos, cuando el Norte se resfría a nosotros nos da pulmonía.

El aislamiento y la pobreza en el campo de las ideas es todavía más lamentable por su larga duración, y porque como fuerza impulsora en todos los campos del desarrollo tiene consecuencias que irradian a la academia, la política, la vida social, los negocios y demás. No digo que carezcamos de personas inteligentes, creativas y preparadas (aunque estas necesitamos multiplicarlas), digo que aún seguimos pensando bajo un casco de duro metal y captando las “novedades” del mundo exterior con superficialidad, sin procesarlas ni tomarnos el trabajo de adaptarlas al medio.

El ingenio, la originalidad suelen emplearse y celebrarse como la picardía para supervivir o sacar ventaja furtivamente, o sea, para aprovechar debilidades del sistema no para transformarlo. Son ideas fértiles en terrenos cortos y dinámicas a veces perversas. Cuando se trata de imaginar la casa donde queremos habitar como país, que requiere el diseño sólido del ingeniero y la distribución armoniosa de ambientes del arquitecto, solemos divorciar las funciones o suplantarlas con poco arte. Viene esto a cuento en un año de elecciones donde aparte de la extraordinaria fluidez de las campañas, ojalá pudiésemos asistir a debates coherentes y escuchar propuestas razonables. Que nuestros candidatos no nos coloquen, otra vez, la carreta antes que los bueyes.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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