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Mario Robles
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 15 de enero de 2007

Descubrí actores anónimos de la guerra. Él era uno.

Leo un correo de Edgar Celada en el cual informa que Mario Robles, conocido como Juan (Bruja), falleció el viernes 12 pasadas las 4:00 de la madrugada. A las 9:00, mientras salía de una estación radial, me llamaron Pancho y Óscar para avisarme. Pero hasta ahora, a media mañana, asimilo que Mario ya no está. Exploro el pasado para rescatar, más que postales suyas, lecciones de vida. Sin suerte trato de fijar el momento en que lo vi la primera vez.

Por asuntos familiares viajo con frecuencia a México, pero desde mediados de los 90, trabajando el informe Guatemala Nunca Más del Remhi, me propuse estadías más prolongadas con el ánimo de tomar contacto con exiliados políticos. Así armé muchas historias de la vida política del país desde los cincuenta. Conocí personajes impresionantes como José Manuel Fortuny y Ernesto Capuano. Y descubrí actores anónimos de la guerra, con historias tan vitales y destinos sin aureola. Eran combatientes, mandos medios o incluso dirigentes guerrilleros provenientes del pueblo, quienes huían de los reflectores, la vida de oropel y los juegos de guerra de salón. Mario era de ellos.

En las entrevistas que le hice no se abrió de primas a primeras, pero poco a poco fuimos más allá del interés profesional y trabamos amistad. Fue cuando me contó eventos de fondo. Para Remhi ya no eran relevantes, pues llegaban fuera de tiempo, pero me develaron a un personaje de hondo valor humano. Me invitó a visitar su familia, en un apartamento muy humilde y digno, en la periferia de la Ciudad de México. ¿Quién era ese Mario Robles, Juan, un desconocido? Un desconocido que conocía toda Guatemala por sus caminos ocultos: durante 20 años no transitó por las carreteras oficiales. Hombre digno, tenaz, incorruptible, franco y directo al hablar y al actuar. No desmayaba ni bajaba la frente. Según él, el mundo siempre le tenía un proyecto esperándole, una tarea por hacer, una causa que abrazar. No descansaba.

Un mediodía, atravesando la Plaza Central, lo noté abatido. Poco antes se habían firmado los Acuerdos de Paz. Grave, se detuvo y me dijo: “Mirá mano, la peor derrota del movimiento revolucionario es que estos niños (de la calle) se multiplican en el desamparo, la pobreza ha crecido a niveles que no imaginamos, los valores se han perdido y la convivencia de nuestra gente es cada día más fregada… Estamos peor que cuando iniciamos la guerra, que era para cambiar todo esto… la guerra sólo tenía sentido si conmovíamos sobre la necesidad del cambio… nuestro esfuerzo, nuestra sangre, nuestra vida se consumieron en esta ruina que es ahora el país”. Mario hizo una pausa y volvió Juan el combatiente: “¿Por qué no hacemos algo por el medio ambiente… qué planeta estamos heredando a nuestros hijos?” Vio hacia el horizonte y siguió la marcha.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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