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Inmadurez política
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 1 de febrero de 2007

Hay países que fundaron acuerdos políticos sobre su rumbo estratégico en los que las elecciones tienen un significado meramente simbólico. En tal caso se trata de poner ciertos énfasis según la orientación ideológica de quien administra el Estado, pero existe un terreno sagrado –principios, tareas, metas- que no se cuestiona. Allí se condensa el compromiso básico de los políticos y de las fuerzas sociales. Entre esos países con procesos democráticos maduros, en Latinoamérica, sobresale Chile y cada vez más Brasil.

Hay países, en cambio, en los que las elecciones están constituyendo el canal de transformación acelerada, pacífica y democrática, del modelo económico vigente en las tres últimas décadas, la emergencia de actores políticos y sociales antes marginales, y la refundación del régimen político. En este cuadrante entran Venezuela y Bolivia, y quizá, en los próximos años, Ecuador y Nicaragua.

Hay un tercer grupo de países en los que el statu quo tiene suficiente inteligencia como para despertar las defensas naturales del sistema; es decir, se renueva desde dentro y se legitima a través de elecciones periódicas. El caso más exitoso hasta ahora había sido El Salvador (que comienza a mostrar signos de agotamiento), y lo es de manera más notable Colombia y México, aunque ahora con menos lustre.

Y luego están los países erráticos, entre los que Guatemala destaca invariablemente. Las elecciones acá no constituyen la llave para abrir la puerta a proyectos serios de reedificación estatal. Y eso seguirá siendo así en tanto la sociedad no se dote de un sistema –ni demasiado grande ni tan fragmentado, pero sí con identidad y raíces– de partidos políticos confiables y profesionales, menos volátiles y cortoplacistas. El intríngulis es que la sociedad descree de los partidos; los partidos creen que con marketing y clientelismo es suficiente para hacer política. Y todo va decayendo a un juego frívolo.

Se convoca a pactos, se firman documentos de buenas intenciones, pero al final del día cada cual sigue gobernado por la inercia. Existen amplias zonas de consenso, teórico, en seguridad, inversión social y economía, pero no se traducen en políticas públicas ejecutadas con márgenes de autonomía que les impriman eficacia y sostenibilidad, una dimensión universal y pertinente a las culturas. En tanto no tejamos el sistema político que conduce responsablemente una agenda básica de transformación, las elecciones solo serán actos onerosos: gasto de energía y dinero, descalificaciones y promesas vacuas. Ahora bien, el cambio únicamente podrá venir de los políticos. Los chances se están reduciendo, pues el tiempo social no es neutral.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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