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La enseñanza y el espíritu de la nación
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 19 de febrero de 2007

Ni hablar de cómo la brecha de desigualdad social está dividiendo.

Han dicho los teóricos sobre la república que la identidad de las comunidades nacionales se labra con dos símbolos (el himno y un emblema) y un proceso social (la enseñanza). Mis antiguos maestros decían que en la experiencia de construir naciones se identificaban factores de cohesión: una historia común que predecía igual destino, y un enemigo externo “entre más cerca, mejor”. Esa historia, a veces inventada, se reproduce en la escuela.

Si estamos de acuerdo con que la enseñanza es factor de identidad, vamos a encontrar, entonces, por qué su arquitectura comunicacional, las reformas sin sustento social, el atraso, la mala calidad y los sistemas educativos tan contrastantes entre colegios de élites y escuelas públicas, resultan ser el espejo de una república fracturada.

La escuela monolingüe en una nación multilingüe es la primera esclusa social. Situémonos por un momento como indígenas que hablamos kiche’ en nuestra casa y enviamos a nuestros hijos, en los primeros tres años de la primaria, a una escuela oficial, donde asisten otros niños ladinos y el maestro dicta en castellano. El rendimiento de nuestros niños generalmente estará por debajo del promedio esperado. El niño “no aprende”. Al cabo de tres años de sacrificio familiar habrá una pérdida neta y el niño quedará marcado en su autoestima, con la sensación de que es un extraño en la sociedad o casi un discapacitado.

Se argumenta que la educación bilingüe es más costosa; para qué hablar tantos idiomas “anacrónicos”; si todos somos guatemaltecos “iguales” por qué no hablamos el mismo idioma (español, claro); si queremos ser “modernos” hablemos, pues, inglés; y si a la comunidad internacional le interesa tanto “que la financie” porque “el Estado no tiene los recursos”, etcétera. Los argumentos son brutalmente pragmáticos para quien está de este lado de la barda idiomática, pero traumáticos para la apreciable proporción (más de 40 por ciento) que en el último censo nacional se autoidentificó como indígena.

Además, en los últimos 130 años ha resultado más costoso –en términos económicos y sociales–, e inútil, tratar de matar, directa o indirectamente, nuestra riqueza idiomática. Pero, ¿acaso no se trataba de edificar una comunidad nacional, inventando incluso historias heroicas y dándole cuerpo a un enemigo, pero allende las fronteras? El bilingüismo es apenas uno de los eslabones flojos de la comunidad nacional. Ni hablar de cómo la brecha de desigualdad social está dividiendo entre un primer y un tercer mundo nuestra comunidad. O de los intentos de algunos grupos de hacer de la educación otro instrumento de conquista interna. Nos queda esta alternativa: rescatar en la enseñanza el espíritu de la nación o construir inmensos muros internos, esos mismos que tanto criticamos porque los construyen otros países.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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