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Democracia empobrecida
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 16 de abril de 2007

La primera respuesta es que el cambio no está fuera de cada uno de nosotros.


El poder político legalmente establecido llega con el apoyo de las mayorías, pero gobierna con y para las minorías. Hemos caído en un círculo vicioso que empobrece las capacidades transformadoras de la democracia. Ese régimen político se ha convertido en un reflejo casi exacto de la desequilibrada relación de poder en el país, digo, con muy pocos márgenes de autonomía.

Las elecciones expresan una fórmula democrática del régimen político, pero están básicamente mediadas por el dinero. Esa es la trampa en la que, tempranamente en este período democrático, cayeron los partidos políticos y han arrastrado a los electores. Por eso los partidos ya no son expresiones de acuerdos sociales y populares, son maquinarias –desechables, a juzgar por los breves períodos que tienen de vigencia– de publicidad que lanzan cada cuatro años al mercado sus productos.

Pero hay una diferencia: el consumidor, en este caso el elector, no tiene que sacar un billete del bolsillo y comprar. Va a ser disuadido, a través de diferentes técnicas, y se le arrancará una promesa –incierta hasta el “día d”– de compra a través de un voto, de otra promesa –aún más incierta– de Gobierno. Entonces, ¿quién paga? El Estado quizá una décima, al final de la campaña. La TV abierta, accesible a todos los candidatos, se ha convertido por eso y sin que medie fuerza legal, en un bien público. Pero ahí pare de contar. Todo lo demás es dinero contante y sonante.

Si el lenguaje de la política es dinero, entonces la política democrática no tiene misterio y la empobrecimos, insospechadamente, al límite. El dinero lo pondrán los candidatos y sus patrocinadores, y las tarifas serán acordes al chance de ganar. ¿Quiere usted ser diputado por tal o cual distrito? Aporte Q1 millón o Q2 millones. Considérelo una inversión que recuperará con creces a través de un Pacur o proyectos similares. Ahí está el quid de la democracia capturada y sus previsibles y, por lo general, lamentables resultados.

Lo que digo no es noticia para muchos. Y lo peor es que no resulta una lógica exclusiva de los partidos ni de las elecciones. En diferentes escalas es como un cáncer que se ha extendido a varios organismos de la sociedad. Por eso la pregunta es, ¿cómo se puede cambiar? La primera respuesta es que el cambio no está fuera de cada uno de nosotros.

No está en los políticos ni en los gobiernos, ni siquiera en la gente adinerada. Es una transformación cultural y se refiere al ejercicio de un poder personal que debemos asumir haciendo a un lado las excusas de siempre: “soy pobre”, “soy ignorante”, “no tengo poder”. No escribo sobre superación personal, hago otro abordaje de la política y de su búsqueda de sentido.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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