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Gerardi en la profecía
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 26 de abril de 2007

Anuncios velados preparan la atmósfera del crimen.

Con su habitual barba de Zeus y las súbitas expresiones vociferantes que le retrataban, José García Bauer se detuvo en el umbral de la Conferencia Episcopal y lanzó esta frase de sonoridad profética: “Solo cuando se derrame la sangre de un obispo, Guatemala iniciará su transformación”. Esto ocurrió a inicios de los noventa y el auditorio –atónito- de este fiel y tozudo católico, eran justamente los obispos de Guatemala, entre ellos monseñor Juan Gerardi.

Menos de una década después mataron con crueldad insólita a un obispo, Gerardi. No fue un crimen casual ni arrebatado. Había sido preparado con sigilo, como los magnicidios en la historia. Conspiraciones en los altos poderes. Ardides para tejer complicidades entre grupos fácticos y sus líderes decisivos. Tendidas de planificación durante tediosos meses en que nada ocurre, salvo aparentes inocentadas y movimientos inútiles. La calma que precede la tormenta. Pequeñas celadas, como movimientos de ajedrez.

Incluso anuncios velados que preparan la atmósfera del crimen y su inevitable impunidad. Así, un viejo conservador de la aristocracia rancia afirma en una nota de un diario local, varias semanas antes del asesinato, que Gerardi es causa de males y desórdenes intolerables en el país. Y, más cerca del 26 de abril de 1998, fecha del atroz crimen, un general advierte a sus colegas de Centroamérica, en una reunión a puerta cerrada, sobre religiosos comprometidos en actos que amenazan la paz recién lograda. Se refiere al Remhi, sin nombrarlo.

No son poderes ocultos los que conspiran. Siguiendo la tradición, son poderes visibles y legales con doble vida, que emplean vías clandestinas e ilegales para alcanzar sus propósitos. Son, eso sí, gérmenes de hermandades que quieren soldar sociedades secretas con pactos de sangre e impunidad, como modo de trascender y manipular sociedades enteras. Por eso matar a Gerardi, para ellos, no era un fin en sí mismo.

La madrugada del 27 de abril de 1998, de los cuarteles, el Palacio Nacional y la “gente informada” del statu quo salió la interpretación que dominaría por meses, y que el fiscal anotó como hipótesis toral de su investigación: lo de Gerardi fue crimen pasional. Las cosas se salieron un poco de control por rencillas exacerbadas entre grupos militares y estratagemas de inteligencia que salieron mal. Para limpiar la historia, un par de años más tarde, contrataron mercenarios corresponsales de diarios extranjeros, uno de ellos su viejo colaborador desde inicios de los noventa en Ginebra. Eran dos los propósitos del libelo: arrojar más confusión sobre el caso y presentar a Arzú (el responsable político de Gobierno) como víctima; ahora él se sometía con gusto –cofinanciando- la última etapa del chantaje para lavar imagen.

A pesar de la confusión y los vaivenes ocurridos desde hace nueve años, la profecía de García Bauer sigue vigente, aunque a simple vista no parece.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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