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Poitevin
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 14 de mayo de 2007

Todavía lo veo alto y delgado, como la representación del Quijote.

A René Poitevin aprendí a conocerlo a través de dos momentos vitales para mí. En septiembre de 1990 un comando del EMP asesinó a Myrna Mack, y el pequeño centro de estudios que ella y el antropólogo Jorge Solares habían ideado, tambaleaba. René dirigía entonces la Flacso, y con Gabriel Aguilera y Elfidio Cano, me brindó una solidaridad que no era solo afectiva sino de una cobertura política eficaz y cooperativa para el crecimiento académico.

El segundo momento ocurrió una década después. Esta vez yo enfrentaba el reto de la función de Gobierno con la meta de labrar la inteligencia estratégica civil ajustada al orden jurídico y abierta a la observación ciudadana. Ahí estuvo otra vez René, accesible y sabio, franco al compartir sus puntos de vista, y efectivo a la hora de construir los soportes técnicos para las políticas públicas, lo cual tampoco era ajeno al mandato de Flacso.

Nunca se lo dije: cuando en 2001 un experto me entregó –al cabo– el más comprehensivo diseño del Consejo Asesor de Seguridad (CAS), mi primer candidato a integrarlo era René, como parte de un selecto grupo de intelectuales y hacedores de políticas públicas con estatura de estadistas. Estaba capacitado para imaginar las rutas y estaciones de la gobernabilidad democrática, y sugerir herramientas para procesar los desafíos, riesgos y amenazas.

Poitevin fue un intelectual sólido y coherente. Sobrio, disciplinado, riguroso. Defensor vehemente del laicismo, rasgo del demócrata moderno. Hombre de diálogo, tolerante, y bajo esas premisas luchaba por su ideario. Durante más de 40 años de fecunda tarea académica no abandonó su vocación de obrero (inmenso e ilustrado) de la investigación social. Siempre volvía a interrogar y analizar la realidad con el asombro de quien la ve por primera vez. Fue el arquitecto lúcido que trazó las líneas fundamentales de la agenda nacional de la investigación social. Procuró abrir corredores que comunicaban entre sí a las disciplinas, a las generaciones de intelectuales, a los pensamientos y las ideologías.

El rol histórico que René cumplió en este período consistió en llevar la academia en Guatemala desde el naufragio de los años ochenta hasta un puerto reconocible en los albores del siglo XXI. Y una vez allí soltó la barca –como corresponde a un demócrata practicante, no solo vociferante– no sin antes dejar escuela y sugerir una agenda esencial de exploración científica. Todavía lo veo alto y delgado, como la representación del Quijote, con el movimiento acompasado de sus manos y su voz con los énfasis del pedagogo: la Ciencia Social –me decía– no ofrece verdades absolutas; su llama permanente es la curiosidad y su arte consiste en interrogar y leer entre líneas la realidad. El pasado martes 9 la llama de 64 años de René se apagó repentinamente, para transformarse en un soplo de inspiración permanente.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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