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Elecciones en la cancha chica
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 5 de julio de 2007

La izquierda fallida es un riesgo para la democracia.

En 1995 la izquierda, electoralmente hablando, era una incógnita: ¿podría reconquistar el páramo?

En 1999 parecía una promesa alcanzable, a pesar de un cierre poco heroico de los Acuerdos de Paz. En 2003 abrió una rendija electoral y pudo proyectarse, pero no administró bien su gobernabilidad interna y se precipitaron otras rupturas. Ahora, en 2007 esa izquierda enfrenta el riesgo de caer de las ligas mayores, si acaso no sustenta el piso legal de votos.

A estas alturas, a juzgar por su programa y alianzas, la izquierda está en la urng–Maíz y, de acuerdo a sus postulados –aunque más pragmática en sus alianzas– en la ann. Hay vetas de izquierda por desarrollar en el frente, la dcg y la une. Encuentro por Guatemala, si nos atenemos a su discurso de campaña, estaría en el centro, nutrido con cierta militancia de calidad.

Si es así, ¿dónde queda el contraste de proyectos políticos en unas elecciones que, se supone, tienen condiciones razonables de competencia? Para vivir en democracia no es forzosa la alternativa ideológica y política. Las democracias maduras se refieren a coaliciones organizadas en partidos estables y no radicales. Aunque nuestro electorado, como en muchos lugares, se bifurca equilibrado entre centro izquierda y centro derecha, la representación política no está claramente orientada en ese espectro. Es volátil y reniega de las identidades ideológicas.

Por otro lado, la polarización –mejor dicho: las fronteras internas– acá están en todos lados: en la cultura política y en las pirámides social y económica. Por eso el sistema político será manco sin una izquierda renovada capaz de batirse en la disputa democrática de las parcelas del poder político. Y es que sin una izquierda estable y coaligada no parece que haya manera de procesar las demandas sociales e incorporar las agendas progresistas de un Estado nacional en la globalización. Una izquierda fallida es riesgosa para el sistema democrático.

Digámoslo de otro modo: la representación débil de la izquierda debilita, a la vez, el desarrollo democrático, y refuerza la tendencia a erigir el dinero y las redes corporativas en factores políticos decisivos de la vida democrática, en desmedro de la organización ciudadana y popular, y de los símbolos legítimos de la disidencia.

Debemos concluir, entonces, que mientras ese cuadro permanezca inalterable esta no será época de juego en la cancha grande, aquella que convoca equipos con identidad y porterías separadas, es decir: instituciones estables, reglas que se aplican, autonomía de la política y, en un sentido weberiano, políticos responsables. Mientras, seguiremos en la cancha chica, donde los jugadores van de particular, no hay árbitros o son de ocasión, se tuercen las reglas, la hinchada no es real y, lo peor, los goles se hacen a la misma portería. Así, estamos haciendo de la democracia una chamusca.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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