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La tarea en la democracia
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 10 de agosto de 2007

Construir el Estado de Derecho.

Ayer la ciudadanía hizo otra apuesta por la democracia. La delegación del poder en los políticos democráticos debería traducirse en la tarea central de construir el Estado. No importa si unos lo quieren con muchas funciones u otros promueven un Estado acotado. A estas alturas ni siquiera ese es el dilema ni la esencia de la discusión. El tema es edificar un Estado con la fuerza de la autoridad que descansa en la legitimidad.

Las élites, de una u otra manera, y aun con las mejores intenciones, hemos contribuido a conformar el Estado ornitorrinco que anda por ahí; un Estado de papel que hace un poco de clientelismo de vez en cuando –por ejemplo en época electoral– como único recurso de legitimidad, y que está capturado por corporaciones y mafias –de cuellos elegantes o desaliñados– que hacen operar las dependencias para sus propios intereses, los cuales excepcionalmente coinciden con el interés nacional de desarrollo equilibrado.

¿Dónde empieza la construcción del Estado? Sin duda, en el Estado de Derecho. Sin ley efectiva no hay comunidad que sobreviva; como diría Weber, nos acabaremos matando unos a otros. El propio Milton Friedman dijo, en una entrevista en 2001, “hace diez años me preguntaron qué deberían hacer los países emergentes y mi consejo fue: tres cosas, privatizar, privatizar y privatizar. Pero me equivoqué. Seguramente el Estado de Derecho es más importante”.

Poco a poco nuestras instituciones democráticas que pudieron acercarnos a ser un país ordenado, estable y solidario se fueron degradando sin aires de renovación. Tuvimos una Corte Suprema prestigiosa bajo la dirección de Edmundo Vásquez; un Tribunal Electoral intachable con Arturo Herbruger; una Corte de Constitucionalidad independiente con Héctor Zachrisson; hasta un Ministerio Público bueno por impredecible con Acisclo Valladares. De esas instituciones solo quedan vagos recuerdos.

Si las próximas autoridades se proponen ese único objetivo de reiniciar la construcción del Estado, habiendo aprendido las lecciones de estos 22 años de democracia, habrán cumplido su tarea histórica. Mi buen amigo Edelberto Torres–Rivas está en desacuerdo con mi apreciación sobre que estamos atravesando el umbral hacia el Estado fallido. Más allá de los indicadores hay un rasgo inconfundible de los Estados fallidos: carecen de capacidad o de voluntad para proteger a sus ciudadanos de la violencia y probablemente incluso de la destrucción, y se sustraen del alcance del derecho. Si eso nos describe no hay tarea más importante que enfrentar la amenaza con las mejores herramientas de la política democrática.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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