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En el otoño de la democracia
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 24 de septiembre de 2007

De la fatiga y el susto, al hastío.

La democracia nos empezó con cierta fatiga y susto. No fue para menos: antes de firmar la paz, la sociedad había sido pacificada. Los cementerios clandestinos, sembrados por doquier, testifican la manera en que el orden fue restaurado.

La guerrilla –una vena de la izquierda necesaria- entró a la democracia diezmada, desertada, derrotada. La izquierda legal –que padeció fraudes y acoso a campo abierto- entró con el estandarte de la democracia y liberó espacios, pero no instauró la legalidad suficiente para edificar el estado de Derecho. Continuó el terror político aplicado como “técnica del cuarto oscuro”: súbitamente te dan el mazazo y nadie sabrá qué pasó.

La derecha llegó al poder y formalizó la pacificación a través de acuerdos, pero otra vez se desdeñó la construcción del estado de Derecho. Es más, los fraudes financieros que reventaron desde los 90 –y no cesan- quebrantaron el único código que más o menos se había respetado: los litigios entre particulares. Los gobiernos capturados echan pulso a favor de los accionistas defraudadores y dejan en absoluto desamparo a decenas de miles de ahorrantes y pequeños inversionistas.

Ahora, la “limpieza social” se convirtió en política de Estado y hasta en promesa electoral, de las más votadas. La foto ayer en Prensa Libre (“Vecinos agreden a presuntos asaltantes”, pág. 14) retrata otra vez nuestro sistema. Poco a poco nos acostumbramos a ver más escenas de linchamientos y cadáveres torturados, que debates en los tribunales.

La democracia pasó, tras 22 años, de la fatiga y el susto, al hastío. Una condición de anomia se va apoderando de las masas, y la complacencia autorreferencial es la atmósfera en que respiramos las élites. La acción política (sobre todo), la actividad económica y el derecho se juzgan desde el moralismo. Y, claro, es una mirada inconsistente. Por ejemplo, un gobernante es moral porque proviene de una buena familia, es practicante religioso y sin mayores vicios. Es políticamente ineficaz, pero no corrupto; él y los suyos sólo hacen buenos negocios con las facultades públicas (carreteras, aeropuerto, puertos, impuestos, mineras, ferrocarril, etcétera). A veces toma atajos de la justicia, lo cual es un hecho social consentido por necesario.

Por eso, quizá el chance que nos queda es permitir un diálogo inteligente de las élites, no como santos sino como personas falibles, con distintas convicciones y motivados éticamente, es decir, que se saben responsables de un país un poco más justo y humano. ¿Qué otras ilusiones se pueden despertar en este otoño de democracia?

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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