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Dinero matavergüenza
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 3 de diciembre de 2007

Con atuendo de país civilizado.

Cada cuatrienio, muchos partidos cortejan o se dejan cortejar por empresarios emergentes y ya establecidos, del interior y la capital, y por políticos capaces de atraer financiamiento. Dime cuánta plata mueves y te diré qué chance tienes para el Congreso. En partidos punteros la nominación costó este año unos Q2 millones, más publicidad, concentraciones, y unos Q100-Q200 por voto el 9 de septiembre.

Así, la curul sale en no menos de Q3 millones. Los diputados no recuperan esa “inversión” con salarios, dietas y otras prerrogativas. En cualquier caso, su incentivo han sido los negocios. Hay una relación proporcionalmente inversa entre el poder del Ejecutivo y la composición del Congreso. Las “aplanadoras” básicamente demandan al Ejecutivo ceder negocios a su bloque para asegurar el “voto disciplinado”. Cuando el Congreso es de minorías, la cuestión se complica un poco.

La debilidad legislativa del ex presidente Jorge Serrano y las demandas desproporcionadas de negocios de algunos diputados capaces de boicotear al Ejecutivo, rompieron la pita por lo más delgado, precipitando un golpe de Estado en 1993. Óscar Berger lidió con el segundo Congreso de minorías, pero contó con la oligarquía, los medios y, en parte, la comunidad internacional. Aún así hubo un costo directo de gobernabilidad, conocido como PACUR: alrededor de Q2,500 millones que la Secretaría Ejecutiva trasladó sin falta a la OIM, para obras encargadas a empresas, firmas consultoras y ONG de los diputados. A eso se agregaron, en algunos casos, tajadas de otros fondos sociales, fideicomisos como Covial y varios programas ministeriales.

Les llaman “fondos de gobernabilidad” porque es la manera efectiva como el Ejecutivo aquieta al Congreso. Pero, ¿habrá algo rescatable en la Cámara de diputados? Por su fragmentación y los intereses disímiles que lo atraviesan, éste es el único Poder del Estado que no ha sido enteramente capturado por la oligarquía. Al volver la vista hacia los demás Poderes, por ejemplo, al Ejecutivo –donde anidan otros “inversionistas de la democracia”–, el paisaje se diferencia en escala –ahí, los repudiados congresistas son “minoristas”– y grado de concentración de beneficios. Es este –no otro– el sistema político que hemos labrado y que, con atuendo de país civilizado, renovamos cada cuatro años. Irresistiblemente, el dinero derrota la vergüenza, es decir, la política. El tercer Congreso de minorías está por instalarse, y ahí se asoma un nuevo trance de gobernabilidad.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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