Escapar del sofisma
Por Edgar Gutiérrez - Guatemala, 24 de noviembre de 2008
Acá ocurren cosas bárbaras. Hasta hace dos décadas, de manera extremadamente cruel mataron y sacrificaron por montones y por gusto. Pisotearon la dignidad humana al derecho y al revés.
Eso sigue ocurriendo contra mujeres y niños secuestrados a diario; gente que sufre extorsiones o es asesinada a sangre fría por robarles el celular. Entre aquel pasado y este presente, se mudaron las razones (fueron políticas, ahora es el lucro), pero la atrocidad no cambia ni la impunidad que la estimula. La barbarie atravesó la guerra fría y lo anega todo.
Cuando un país queda fracturado por un conflicto social inmenso, la memoria suele convertirse en materia política canjeable: olvido a cambio de futuro, ver hacia delante pues la vida no debe conducirse a través del retrovisor. ¿Se puede prohibir el recuerdo? Los antiguos romanos creían que esa era una sanción más grave que la pena de muerte. Y como se ve, ambas ineficaces. Está por publicarse un estudio de Impunity Watch (IW), Reconociendo el pasado: desafíos para combatir la impunidad en Guatemala, el cual demuestra que un mal trato del pasado se transforma en una horrible pesadilla del presente, que sabotea la paz y la instauración del Estado de derecho.
La legislación internacional establece varios principios para un buen tratamiento de pasados atroces como el nuestro: verdad, justicia, reparaciones y medidas de no repetición. En nuestro caso, la investigación de IW indica que se han emprendido iniciativas notables algunas en cada uno de esos campos, pero ninguna concluye ni ata con fuerza la tragedia con el compromiso de construir un mejor presente por parte de quienes integramos la sociedad.
Son demasiados los hilos sueltos –o cortados– de un pasado que no concluye y nos sigue atormentando con sus demonios iracundos. Es claro que un Estado debe abrigar todos los campos que conducen a la reconciliación, aunque su ruina sea justamente causa de la no reconciliación. Pero más inmediato aún: las elites están obligadas a asumir el compromiso de construir códigos e instituciones de civilización. Este es el dilema: civilización o barbarie.
Igualdad o no ante la ley; respeto o no a la condición humana. Cometiendo actos bárbaros (porque los sufrimos) no se defiende la civilización, pero sí se legitima y perpetúa la barbarie, mientras nos envilecemos. Escapar de ese sofisma es el verdadero desafío y, la única manera de cambiar el presente y aprender a acomodar el pasado.
Fuente: www.elperiodico.com.gt
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