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Izquierda y democracia
Por Enrique Gomáriz Moraga - Guatemala, 30 de noviembre de 2007

Es interesante comprobar el extenso uso que hace la izquierda guatemalteca del término democracia. Con frecuencia, sus propuestas políticas, por dispares que sean, se hacen para lograr el rescate de la democracia o la defensa de la democracia. Sin embargo, esas mismas personas o fuerzas políticas defienden proyectos en la región, como por ejemplo el de Hugo Chavéz, que buscan un profundo debilitamiento de la democracia. ¿Y entonces? Todo indica que es urgente una clarificación de qué queremos decir cuando usamos el término, y si la democracia tiene un valor sustantivo en relación con las señas de identidad de la propia izquierda.

Los principales teóricos de la democracia participativa ya están de vuelta de su intento durante los noventa de sustituir la democracia representativa por la participativa. Es decir, hay cada vez más consenso en la región de que no se trata de ayudar al derrumbe de los fundamentos y mecanismos de la representación, sino que el horizonte emancipatorio necesita de la democracia representativa como base y de la participativa como nutriente. Boaventura Santos me lo acaba de confirmar en el XII Congreso del CLAD.

Los enemigos de izquierda de la democracia representativa son cada vez menos importantes. Es cierto que todavía hay quienes siguen hablando de la democracia formal o de democracia burguesa. Pero eso es una simple reminiscencia de una vieja confusión histórica. Es cierto que la democracia burguesa existió, pero no es menos cierto que su conversión en democracia de masas fue uno de los principales logros del movimiento obrero en todo el mundo, desde fines del siglo XIX hasta mediados del XX. El historiador del movimiento comunista Fernando Claudín dejó esto claro hace tiempo. La democracia representativa es hoy una conquista de toda la humanidad, que articula como sistema político los derechos humanos fundamentales.

Dicho de otra forma, la democracia tiene valor sustantivo en cualquier proyecto emancipatorio y no sólo instrumental, como se la quiso ver muchas veces en el pasado. Ya no se trata de utilizar la democracia para lograr un cambio hacia la justicia social, sin importar si en ese esfuerzo por lograr la segunda se nos cae la primera. Hay que insistir en que el desarrollo humano es una moneda de dos caras: el bienestar socioeconómico del pueblo y el desarrollo de sus libertades políticas. O como dice la frase analítica: la emancipación es algo muy oral, consiste en poder comer y poder hablar. Y la historia del siglo XX nos demuestra que cuando se cae uno de los dos elementos del binomio el otro pierde sostenibilidad.

Es cierto que no sólo desde la izquierda hay restos de una visión instrumental de la democracia. El proyecto neoliberal ha reverdecido esa perspectiva desde la derecha. En realidad, la propuesta neoliberal es el intento de hacer compatible una propuesta económica creadora de desigualdad, utilizando en el plano político una democracia de baja intensidad. Se trataría de separar lo más posible el sistema político de la ciudadanía, para que el primero pueda decidir autónomamente respecto de la segunda. Ello requiere de una democracia apenas electoral, basada en una ciudadanía de baja calidad. Este proyecto ha fracasado en América Latina, donde la democracia representativa de masas ha acabado virando en otra dirección.

Todo lo anterior significa algo decisivo: una izquierda emancipadora debe captar a fondo el valor sustantivo de la democracia, representativa y participativa, porque de lo contrario estaría dejando de responder cabalmente a esa identificación. En el siglo XXI la izquierda será democrática o no será.

Es por eso que el proyecto político de Hugo Chavez no es de izquierda. No importa si aprovecha el barril de petróleo a cien dólares para mitigar la pobreza en Venezuela o para crear grupos anti-imperialistas en toda América Latina; sucede que su propuesta de sistema político no es liberadora. Esa propuesta tiene dos elementos principales: uno, aumentar las características autocráticas del régimen (mediante el aumento extraordinario del poder presidencial, en sustancia, espacio y tiempo); el otro, que articula con el primero, se basa en la creación de ciudadanía cautiva y no sustantiva (es decir, sólo considera ciudadano pleno al que simpatiza con el régimen). Para tal propuesta, una ciudadanía que piensa por si misma es desconfiable y peligrosa, por lo que hay que crear un sistema político autocrático. Puede discutirse qué tipo de neopopulismo se trata, pero una propuesta de ese tipo no es emancipadora y, en consecuencia, no es de izquierdas.

Ciertamente, la pregunta es si una propuesta de este tipo puede convertirse en gobierno a través de unas elecciones limpias. Sería desconocer la historia no aceptar ese hecho. En la derecha eso ha sido mas que frecuente. Hitler ganó las elecciones con toda la intención de destruir la democracia, pero sería ocultar la verdad ignorar que efectivamente recibió el poyo del electorado.

Ahora bien, el hecho de que Chavez gane las lecciones tiene un significado preciso: está negado cualquier tipo de intervención unilateral externa. El gobierno de Estados Unidos debe tener claro que esa opción es moral y políticamente inviable. Es completamente legítimo discutir la propuesta chavista dentro y fuera del país, pero las decisiones políticas les corresponden a los venezolanos y venezolanas. La única posibilidad de una intervención legal multilateral debería partir de dos hechos graves: uno, que hubiera fraude electoral así reconocido mundialmente y el otro, que tras el referendo, se produjera una violación repetida de los derechos humanos fundamentales. Venezuela ha aceptado parámetros internacionales para medir ambas cosas y debe cumplir con sus compromisos. En eso consiste el mandato mundial de proteger a los pueblos sin violar la soberanía de las naciones. Algo que, desafortunadamente, la Administración Bush ha dado muestras de no entender.

Ahora bien, el caso del chavismo es únicamente un ejemplo ilustrativo de esa pérdida del valor sustantivo de la democracia, como condición emancipadora imprescindible. Pero en la izquierda guatemalteca hay necesidad de clarificar de forma amplia y rigurosa que se quiere decir cuando se habla de la democracia y su defensa. Y ya no sólo como algo externo, sino como algo que define la propia naturaleza de la izquierda. El reconocimiento del valor sustantivo de la democracia es hoy un fundamento esencial de la propia izquierda.

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