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El significado de la derrota de Chavez
Por Enrique Gomáriz Moraga - Guatemala, 4 de diciembre de 2007

La derrota de la propuesta de reforma constitucional de Hugo Chávez tiene un significado estratégico que hay que subrayar, por encima de otras consideraciones de política doméstica: el pueblo venezolano ha considerado que el sistema democrático tiene un valor sustantivo, que no es sacrificable por la obtención de mayores cuotas de bienestar económico y social.

Es decir, la pérdida en poco tiempo de varios millones de votos no está referida solamente a una gestión pública deficiente o los golpes que ha recibido Chávez en su imagen internacional. Se refiere directamente a la percepción del pueblo venezolano de que el sistema político que proponía Chávez aumentaba sus rasgos autocráticos y fragilizaba las libertades públicas. Es decir, la gente ha percibido que darle más poderes al presidente y cambiar concomitantemente la estructura administrativa y territorial del Estado reducía el juego democrático. Y lo ha rechazado.

Es importante captar que eso no significa tanto una victoria de las posiciones de la oposición, como un rechazo específico a la propuesta chapista de cambio político. De hecho, cada sector sociopolítico ha operado de manera distinta. Es cierto que la oposición ha ganado adeptos en esta oportunidad. Pero la mayoría de los millones de votos que ha perdido Chávez, en relación con la anterior elección presidencial, se han ido a la abstención. Es decir, esa ha sido la fórmula empleada por los votantes de Chávez que no les pareció buena la propuesta de su Presidente.

La revalorización de la democracia como un bien público sustantivo es una excelente noticia para el continente latinoamericano y un claro mentís a quienes siguen con la idea de que la emancipación solo refiere al bienestar socioeconómico de los pueblos. En la compleja situación venezolana, habrá que ver si esta revalorización se capta como una tendencia progresista y no como una victoria de la derecha. Algo que, desde luego, está estrechamente relacionado con la difícil reconstrucción de una verdadera izquierda democrática en ese país.

Por otra parte, si se coloca en el escenario regional, la noticia significa un parteaguas. El liderazgo populista del chavismo tiene ahora menos atracción para otros países encaminados en una dirección semejante. Un caso especialmente importante es la situación boliviana. Es necesario decir que una de las razones por las que Chávez no se jugó por impulsar una Asamblea Constituyente para modificar el sistema político refiere al empantanamiento de la misma en Bolivia. Meterse en un proceso constituyente sin tener garantía de algún tipo de mayoría cualificada es un camino pesado. Evo y el MAS se la jugaron optimistamente a los dos tercios y cuando descubrieron que el electorado no se los dio, se enfrentaron a una dura disyuntiva: o aceptaban que no consiguieron la mayoría establecida por ellos mismos y se disponían a la negociación o bien se olvidaban de su propia regla del juego y se iban a un conflicto en donde la oposición aparece cargada de razón. La constante oscilación entre ambas opciones forman ya el largo camino de Damasco de Evo Morales, que Hugo Chávez no estaba dispuesto a recorrer.

Ahora bien, a su vez, la revalorización de la democracia en Venezuela tendrá previsiblemente el efecto de dar ánimos a la oposición boliviana y quitar arrestos a los sectores duros que presionan a Evo para romper de una vez las reglas del juego democrático en el país andino. Ojala también suponga un referente directo para el pueblo boliviano: no hay que olvidar que Bolivia era en el 2004 uno de los dos polos en el diversificado escenario de apoyo a la democracia en la región. En efecto, según el estudio del PNUD sobre democracia de ese año, Bolivia era el país con mayor cantidad de gente que declaraba estar organizada en algún grupo social o político (algo más de la mitad), pero también el de menor apoyo a la democracia (sólo un tercio del total). Exactamente lo opuesto que sucedía en Uruguay (un tercio y tres cuartos respectivamente).

Esperemos que la derrota del proyecto chavista, lejos de suponer un fortalecimiento de la derecha en la región, pueda significar un poderoso fortalecimiento del liderazgo de la izquierda democrática uruguaya, brasilera, argentina y chilena en toda América del Sur. A eso debería jugarse toda la izquierda continental.

Hay un asunto que destaca en la situación venezolana post-referendo y es que el gobierno de Chávez ha encajado limpiamente la derrota. Las tentaciones de fraude fueron descartadas en esas interminables seis horas que tardaron en llegar los resultados, y, a partir de ahí, el reconocimiento de la derrota por parte de Hugo Chávez mantiene las decisiones internas exclusivamente en manos de los venezolanos y venezolanas. En esas condiciones, todo intento de intervención exterior debe ser radicalmente rechazado por toda la izquierda democrática regional. Algo que debería hacer reflexionar a esos exsocialdemócratas que andan mendigando soluciones mafiosas en los alrededores de la Casa Blanca. Es con el ejercicio de la conciencia democrática como se enfrentan las propuestas que recortan la democracia, como acaba de ser demostrado.

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