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El valor de un niño
Por Edwin J. Asturias- Guatemala, 29 de mayo de 2007

Rechazar la inscripción de Ríos Montt.

En un diario local, un abogado penalista se refirió al efecto de los controles y procedimientos de buenas prácticas de adopciones implementadas por la Procuraduría General de la Nación y dijo: “Es bueno que ganen los abogados en promover las adopciones. Mientras más trámites existan, más baratos van a ser los costos. Es igual que en La Terminal: los que venden aguacates, promueven que se coman; y más gente va a sembrarlos; más gente va a dedicarse a su producción; y estos van a ser más baratos por la oferta y la demanda. Pero si se restringe la producción, sufre todo el mercado. Si restringen la adopción de niños, quienes van a sufrir son los niños”.

Las expresiones de este jurista son muestra de la ética que hoy circula en algunos segmentos de una profesión que debiera aportar guía filosófica de la ley y moral de un pueblo. Para él, los niños en adopción parecen mercancía. Sus afirmaciones nos llevan a la pregunta, ¿cuál es el valor de la vida en esta sociedad? ¿Cómo se determina? ¿Es producto del mercado? No. La vida tiene un valor supremo, natural, por ello asume principio de derecho en cualquier constitución. Y junto a la vida surge el principio de dignidad y libertad. Pero las ideas sobre la consanguinidad y la pertenencia, lo innato y lo adquirido, la necesidad y los derechos no son el producto exclusivo de la elección individual o la libertad personal. Han sido preocupación de la sociedad desde la antigüedad y se rigen por sus leyes y su cultura. La adopción surge de la necesidad de reintegrar a un niño en orfandad a la forma básica de institución social, la familia. La adopción es una medida de protección del menor. Como lo establece la Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño, el Estado debe asegurar que durante cualquier adopción debe prevalecer el mejor interés del niño –y no del proceso–; y que la adopción entre países es permisible como una alternativa ante la falta de proveer una familia local al niño.

La legislación en materia de adopciones ha progresado en las últimas décadas, para mejorar la protección y el bienestar de los niños al clarificar los vínculos entre estos y los padres adoptivos, y agilizando el proceso para disminuir los efectos que este pueda tener sobre el desarrollo infantil. Así entonces, la vida y su destino tienen una preeminencia en el derecho. Y en el caso de los niños abandonados o dados en adopción, tienen un derecho inalienable a un nombre, a una nacionalidad y al bienestar, y subsecuentemente a una familia que deberá velar por estos principios de pertenencia y existencia. La ratificación del Convenio Internacional de la Haya, aunque tarde, viene a fortalecer esta institución jurídica civil. Las leyes del mercado no aplican a los principios sociales y naturales del hombre. El mercado solo es la forma de intercambiar para satisfacer esos principios, y por tanto, aquellos no están supeditados a este.

Cabe cuestionarse, entonces, a qué nivel ha llegado el valor de la vida y la ética para este penalista, ¿será mercancía regida por la oferta y la demanda? Y si así es, ¿que pasa con los “aguacates” que no están tan buenos? ¿Los abandonamos? ¿Los descartamos? Para unos cuantos abogados, un ser humano es comparable con un aguacate; no es extraño que en Guatemala juristas como él sean del canasto de los que ya están podridos.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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