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A todas las comunidades que dicen NO y que construyen democracia
Por Edras Juan - Guatemala, 13 de abril de 2013

Pensé en escribir sobre otro tema; sin embargo, era inminente mi necesidad de escribir sobre algo que me preocupa de manera mucho más inmediata por la dinámica que ha tomado en el país y es el tema de la inversión del sector privado (nacional e internacional) en las comunidades más recónditas de Guatemala.

Estas comunidades han estado históricamente olvidadas por la gran mayoría de nosotros que les hemos dado la espalda, me incluyo dentro de ellos porque yo no pude comprender, como capitalino “clasemediero”, realmente las dinámicas sociales, políticas y culturales que dentro de ellas se desarrollan, hasta que por azares del destino me ha tocado desde hace algunos años trabajar de manera mucho más cercana a ellas.

Así, pude conocer el hambre que se padece en municipios de oriente del país, como Jocotán y Camotán; o bien, la realidad que se vive en el occidente, donde destaca con un cariño especial el departamento de Huehuetenango y su gente. Esa gente que le dijo no a la industria extractiva y a las hidroeléctricas, que no le apuestan al modelo de desarrollo que explota literalmente los recursos naturales, sino a quienes legítimamente desean convivir en y con su entorno.

La verdad, me resulta un poco difícil comprender cómo un gobernante puede dar apoyo tácito mediante la militarización y la protección de los cuerpos represivos del Estado a este tipo de industrias, repito, nacionales y extranjeras, para violentar a estas comunidades que todos hemos tenido en el olvido, poniéndoles atención únicamente cuando pueden llenar los bolsillos de unos pocos.

Que si las consultas comunitarias cumplen o no con el Convenio 169, que si son legítimas pero no vinculantes, eso no debería ni siquiera ser argumento para cuestionarlas. Son un verdadero ejercicio democrático, surgido no desde ese Estado que los ha marginado y excluido de las bondades del “crecimiento económico”; tampoco han surgido de la Comunidad Internacional, que va poniendo temas en la agenda pública de acuerdo a sus particulares intereses. Es resultado de los propios afectados, de quienes han tenido que sobrevivir por sus propios medios a ese olvido histórico, quienes han buscado métodos, estrategias, puesto dinero de su bolsa y han articulado a sus miembros para, democráticamente, decir “NO” a este tipo de industrias.

Con el paso del tiempo y las experiencias de la vida me he dado cuenta de que el dinero no es realmente significativo con respecto a cuestiones que son mucho más importantes para otorgar felicidad. No sé por qué tendemos a ver el hecho del lucro como la mayor ventaja que se puede generar para el individuo y para la colectividad. Hay dinámicas que nos rebasan, sobre todo en cuanto la comprensión de otras realidades, nos cuesta entender los por qué del otro, por qué piensan distinto, sobre todo en un escenario tan desigual y discriminatorio como el guatemalteco.

Las democracias como sistemas políticos parecen no tener concordancia con los sistemas económicos nacionales, a menos que entendamos que las democracias surgen desde pequeños colectivos, de los afectados, no son procesos impulsados por un organismo internacional o fuentes cooperantes. Las democracias son los sistemas donde el bienestar de la mayoría prima sobre el bienestar de un agente individual, llámese Hidro Santra Cruz, Minera San Rafael, Gold Corp., o tantas otras que le dicen no a los ejercicios democráticos locales.

No es que la gente “prefiera morirse de hambre” a recibir las dádivas del empleo, que por cierto es bastante limitado, o las regalías para el desarrollo municipal, que también es ínfimo. El daño generado a ellas es, sobre todo en el tema de la industria extractiva, irreversible. El “no es no”, si la gente no quiere mineras o hidroeléctricas, eso es democracia. ¿Cómo puede actuar legítimamente el Estado para impulsar el desarrollo solamente para unos pocos? ¿Cómo puede poner a disposición de estos pocos a convoyes militares o policiacos? ¿Pasaría lo mismo si usted o yo recibe “intimidaciones” en su pequeña empresa, tienda de barrio o tortillería?

Es bastante contradictorio también hablar de terrorismo en acciones de legítima defensa del territorio y es que desde que a alguien en el norte del continente se le ocurrió que este concepto podría ser utilizado bajo una amplia gama de acusaciones, el mismo sufre de evaporización constante para solidificarse en el momento más oportuno.

¿Por qué, si el Estado lo que quiere es impulsar el desarrollo no otorga opciones a sus pobladores? ¿por qué tiene que ser la opción menos legítima? No lo entiendo, si lo más elemental de la democracia es buscar el consenso y no la imposición. Pero como decía un grupo de rock mexicano “si le das más poder al poder…”

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