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“El cielo no existe”
Por Irmalicia Velásquez Nimatuj/elPeriódico - 16 de enero de 2005

Una característica que subyace en la sociedad guatemalteca es la carencia de un debate sin demagogia y concienzudo sobre temas que traspasan la vida de los pueblos.

Una característica que subyace en la sociedad guatemalteca es la carencia de un debate sin demagogia y concienzudo sobre temas que traspasan la vida de los pueblos. El vacío se siente en los diversos núcleos sociales. Si bien existen más espacios y publicaciones: ¿éstos en realidad nos motivan a asumir una postura crítica o su tendencia es buscar el conformismo frente a la realidad?

En 2005 se cumplen 35 años de la publicación Guatemala: una interpretación histórica-social. Escrito por Carlos Guzmán Böckler y Jean-Loup Herbert, el libro generó caldeadas posturas, debates y artículos, e inmediatamente se contrapuso a La Patria del Criollo de Severo Martínez Peláez. No me referiré a esa discusión, me limito a mencionar algunos aportes del primer libro.

El trabajo académico y político de Guzmán y Herbert hizo presencia primero, porque más que plantear la contradicción indio-ladino -como se simplificó- presentaron el racismo guatemalteco como una opresión histórica, que en 1970, excluía a más del 90 por ciento de la población de los servicios básicos, de espacios de representación política y los condenaba a ser mano de obra barata. Segundo, desde la academia desafiaron a la izquierda ortodoxa, que argumentaba que la única contradicción en el país era entre ricos y pobres. La postura fue valiente y abonó los caminos reflexivos de esos pueblos. Tercero, sin ser antropólogos, su análisis racial no fue sólo producto de lecturas o influencias teóricas de Europa y África sino resultado de convivir con mayas del occidente, norte y centro. Lo que les permitió observar la crudeza del racismo que enfrentaban. En todas las esferas sociales del mundo maya, en que trabajaron, encontraron un patrón similar: la exclusión racial. Y cuarto, reconfirmaron que las ciencias sociales no son objetivas sino que toda investigación o publicación responde a intereses específicos. Ellos, por convicción y evitando el paternalismo, decidieron que su trabajo respondería a una lucha, que para entonces acumulaba 450 años.

Herbert continuó acompañando a comunidades indígenas de los Andes, México y Asia. Guzmán, después de años de exilio, volvió para apoyar la formación, en diversos niveles, de hombres y mujeres mayas. Con o sin presupuesto, su compromiso se mantiene y también mantiene agudas críticas a quienes, dentro del Pueblo Maya, anteponen intereses individuales por sobre las luchas colectivas.

Tiempo atrás, luego de una discusión con intelectuales rurales, sobre cosmogonía maya, uno de ellos se le acercó a Guzmán y le dijo: hoy aprendí, que si en el universo están las estrellas, entonces: “el cielo no existe”, por lo tanto, el límite de las luchas indígenas depende de nosotros. Hoy, la situación miserable de la mayoría de mayas rurales apenas se ha modificado, por eso, en épocas de crisis económica, de fragmentaciones y de urgencia de modelos, la producción de ambos autores debe ser revisitada. Y en el caso de Jean-Loup Herbert se reafirma que los verdaderos aliados no se marchan y nunca dicen adiós, sólo se adelantan.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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