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Nostalgia
Por César A. García E./elPeriódico - 21 de enero de 2005

El crimen no paga, la hipocresía reina y los valores pasaron de moda.

Me despierto y siento el frío intenso de enero que invita a no abandonar la cama; pero es lunes y hay que levantarse, de modo que hago el esfuerzo, encaminándome al corredor –de la vieja y amplia casa de la zona uno– hacia el único baño de ésta (además, claro, del de servicio que en aquel entonces se conocía como el de la muchacha), Finalmente llego y tomo un baño con agua “quitadita del hielo” proveniente de un viejo calentador de gas que no funciona muy bien y que cuando falla por completo, hay que recurrir a poner un poco de agua en una jarrilla y calentarla en la estufa. Finalmente vuelvo al cuarto, me visto, corro a comer algo y a la calle…un viaje a pie de unas 11 cuadras al colegio, un viaje agradable, sin más de diez centavos en el bolsillo que valen mucho y no gasto en la camioneta para comprar algo en la tienda del colegio… un viaje sencillo y sin peligros, bajo un hermoso cielo, y admirando los carros de los 60. A mediodía de vuelta a casa, quizá parando en alguna tienda a comprar un helado de a dos len, luego a casa, a comer algo para volver por la tarde al colegio y otra vez a casa. Por la tarde a hacer deberes, la obligada refacción, luego ver la serie de televisión que toca, por supuesto en blanco y negro; tal vez Tierra de Gigantes, La dimensión desconocida o Perdidos en el Espacio, somatando a ratos la vieja televisión Westinhouse que se rebela e insiste en pasar la imagen de forma vertical sin detenerse. Aunque si no hay nada bueno y la televisión se rehúsa a funcionar… excusa perfecta para lo preferido: salir a jugar pelota con los amigos de la cuadra, y si no hay pelota, hacerlo con tapitas utilizando como porterías los tragantes, o eventualmente emprender una “aventura” en bicicleta en el barranco de Lo de Bran, o a lo mejor hacer una larga travesía hasta el centro comercial Montúfar, que resulta, a los diez años, una hazaña; luego la cena con mi padre en la cabecera y un imperioso respeto que, de acuerdo al humor del jefe de la casa, se convierte por ratos en sepulcral silencio.

La vida de mis hijos es bastante diferente, son presos de su casa, a Dios gracias un hogar que les brinda muchas comodidades a cambio de libertad, baño contiguo a sus habitaciones, agua caliente garantizada y una refrigeradora y alacena con los gustos de cada quien, televisión moderna que no falla, con DVD, VHS, cable y sonido Surround. Pueden, si quieren, usar su bicicleta, dar tediosas (para mí) vueltas en el garaje, resultando por supuesto impensable que puedan hacerlo fuera de la casa, así como una locura cavilar que se transporten por sus propios medios al colegio, o vayan en la bicicleta a un centro comercial cercano. En mi amada tierra todo ha cambiado; la vida carece de valor, el respeto es obsoleto, el trabajo es para los bobos, el crimen no paga, la hipocresía reina y los valores pasaron de moda. Estoy pensando todo esto mientras mis pequeños se suben al carro y salimos de casa ganándole al sol para no encontrar tanto tráfico; de pronto aclara y veo al cielo…algo no ha cambiado… nuestro Dios nos regala el mismo y bello cielo…si fuésemos capaces de alcanzarlo, lo hubiésemos también arruinado.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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