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Desastres, lo previsible
Por Erwin Pérez - Guatemala, 14 de octubre de 2005

En la década de los noventa comenzó el ascenso de un pico en la cadena de huracanes, que de acuerdo a estudios científicos, podría extenderse por varias décadas. 1994 ha sido el año que reporta la mayor cantidad de huracanes en los últimos 50 años. Por lo tanto ha sido y seguirá siendo previsible que las áreas costeras al mar atlántico se vean envueltas en fenómenos naturales, que pueden ir desde tormentas tropicales como Stan, hasta huracanes de grado cinco como Katrina, ahogando ciudades completas.

Con ese panorama, conocido desde hace tiempo, podría resultar incomprensible cómo los países que están en el área, no tomaron medidas preventivas. Sin embargo, esto tiene una explicación bastante simple que, en realidad, no es otra cosa más que la pobreza. Y no nos referimos a la pobreza exclusiva de sus habitantes que de por sí es ya muy grave debido a las políticas neoliberales, sino también a la pobreza de los mismos Estados, que ahora se muestran incapaces e insuficientes para atender a los damnificados de los “mal llamados desastres naturales” como lo aclaró ayer Adrián Zapata, columnista de Siglo Veintiuno, quien explica que “lo natural es el fenómeno, lo desastroso es la realidad social donde ocurren”.

Guatemala y los países centroamericanos están en el camino que naturalmente toman los huracanes, y para mayor intranquilidad, nuestro territorio es altamente proclive a los sismos y terremotos; a las erupciones volcánicas y a otros ‘fenómenos’ de la naturaleza, que sabemos van a ocurrir, aunque no sepamos cuando. A pesar de ello, no se tienen las condiciones institucionales para prevenir, ni para reducir los efectos y atender inmediatamente los daños.

Después de la tormenta Stan, –y tómese en cuenta que fue una tormenta, no un huracán siquiera de grado uno- no solo se ha desnudado la incapacidad e insuficiencia del Estado, sino la pobreza y la desigualdad que tiene a nuestro país en los primeros lugares de la lista de las naciones más desiguales. Ahora esa debilidad estatal nos tiene con efectos seriamente graves para la endeble economía del Estado y la precaria situación de las familias pobres. Los escolares han terminado su ciclo lectivo de una forma abrupta y con altas probabilidades de reprobar sus materias, en el peor de los casos se han quedado sin maestros y sin escuela.

En la rama productiva debe asumirse como posibilidad real que habrá efectos en la tasa de desempleo y de subempleo; las migraciones tendrán un incremento, sobre todo a las ciudades y hacia los Estados Unidos; en la parte agro exportadora la situación no es alentadora porque grandes tramos de carretera han quedado destruidos y puentes derribados o al punto del colapso; desde el Estado se tiene ya previsto modificar el presupuesto lo que repercutirá seriamente en varios rubros de la economía y las finanzas públicas. El país está muy mal y su futuro inmediato es desalentador.

Pero nuestro caso no es único y particular. En Estados Unidos también tienen las mismas amenazas y las devastaciones han sido mayores, el huracán Katrina es el ejemplo más reciente; el terremoto del sábado pasado en Cachemira también es algo terrible. Pero ¿qué hay de común entre katrina, Stan y el terremoto en Pakistán? lo que hay es la incapacidad del Estado para atender estos problemas, y que evidencia que no importa el tamaño de país y tampoco de su economía, todos los Estados han sido incapaces de generar protección a la sociedad. El adelgazamiento del Estado trae consecuencias muy graves.

La imagen y las reacciones de un Estado con instituciones fuertes son diametralmente distintas. Porque ¿cuál es la diferencia entre los desastres mencionados y los fuertes huracanes que pasan por la isla de Cuba? El contraste es la participación fuerte del Estado. En Cuba las autoridades tienen la capacidad de poner en resguardo a millones y millones de ciudadanos, con alimentos, frazadas y agua garantizados mientras dura la emergencia. Los ciudadanos tienen muy claro que están en un área sumamente peligrosa, estar en medio del mar atlántico y con el peso de más de cuarenta años de bloqueo económico ‘no es fácil’ como ellos mismos lo reconocen. Sin embargo, la protección de la persona, que debería ser el fin supremo del Estado, está garantizada. Entonces preguntémonos, ¿de qué nos sirve un libre mercado, si la persona es lo más desamparado?

La enorme diferencia estriba en la fortaleza del Estado, y ello aplica no solo para los ‘fenómenos naturales’ sino para el crecimiento económico, la participación de la sociedad en las políticas públicas y en el enriquecimiento de la democracia. Porque esta debilidad a la que hacemos mención trae consigo consecuencias. Sino que otra explicación tiene que en todos los Estados el abandono de la responsabilidad civil, provoquen que sean las fuerzas armadas las que (con dispares respuestas) asuman el rol de bomberos y rescatistas, de ingenieros y médicos, o bien de coordinadores de otras tareas. Lo que sucede es que el Ejército es de las muy pocas –por no decir la única- institución que se mantiene fuerte en lo institucional y presupuesto, al menos para el caso guatemalteco, porque en Estados Unidos con Katrina y la devastación de Nueva Orleáns, el Ejército tardó días en llegar. Y su papel no debe ser visto como una virtud, sino como una desviación del rol que debiera tener el Estado.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 837


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